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En la casa de Dios hay muchas moradas

18. julio. 2010

Por Scotty McLennan (tomado del libro Christian Voices in Unitarian Universalism. Contemporary Essays, Kathleen Rolenz Ed., Skinner House, 2006)

Mi crianza fue como cristiano presbiteriano conservador, en el Medio Oeste. Para la época en que fui a la universidad, sin embargo, me identificaba como ateo, principalmente debido a que no podía entender cómo era que un Dios justo y amoroso podía permitir todas las cosas terribles que parecían tener lugar en el mundo, especialmente la muerte de recien nacidos y niños inocentes en desastres naturales. Éstos incluso eran llamados “actos de Dios”. Así que así los asumía.

Al llegar a la universidad como estudiante de licenciatura, a mediados de la década de 1960, sin embargo, encontré a un dinámico capellán universitario que también era presbiteriano. Ofrecía algo que llamaba “Seminario para los Descreídos Amigables”. Eso pareció describirme bastante bien; era un descreído, pero realmente no me sentía enojado por ello. Era un ateo amigable y plácido, pero al mismo tiempo, no podía evitar obsesionarme completamente con las grandes preguntas existenciales sobre el sentido de la vida. ¿Por qué estamos aquí? ¿Por qué les pasan cosas malas a las personas buenas? ¿Qué sucede luego de morir? ¿Qué sucedió con nosotros antes de que naciésemos? Así que tomé el seminario.

El capellán me abrió hacia una visión mucho más liberal del cristianismo, así como de las otras religiones mundiales como el hinduísmo y el budismo. Para fines de mi primer año me inscribí en un programa teológico de verano en la India, donde viví con un sacerdote brahmán hindú y su familia. Cada mañana me levantaba con el sonido del canto de los nombres de las 108 deidades, que podía escuchar a través de la pared de mi habitación, contigua a la habitación puja, o capilla, dentro de la casa del sacerdote. El incienso flotaba a mi alrededor y llenaba mis pulmones, así que me sentía espiritualmente transportado, incluso antes salirme del mosquitero para iniciar el día. Pasé mucho tiempo dedicado a leer y hablar en la India. Aprendí a meditar con el sacerdote y viajé a varios templos y santuarios hindúes. Escuché mucho sobre un santo hindú, Mahatma Gandhi, debido a que mi anfitrión era un activista de la no-violencia que había participado en la lucha por la liberación nacional de la India contra el dominio imperial británico.

Una de las mayores sorpresas de mi tiempo en la India fue que un sacerdote hindú conociera la Biblia mejor que yo; incluso tenía un ejemplar junto a su cama. También se había leído el Corán de los musulmanes de principio a fin y frecuentemente recitaba algunos de sus pasajes. El sacerdote parecía igual de familiarizado con las escrituras budistas. Hablaba de muchos avatara, o encarnaciones de la divinidad a través de la historia —entre los que incluía a Krishna, el Buda y Jesús. Al sentarme con las piernas cruzadas con mis ropas típicas hindúes, mi dhoti y kurta de algodón, comencé a pensar, “Quizás este sea el camino hacia la madurez espiritual: Estar abiertos a todas las tradiciones religiosas. Seleccionar y escoger lo que me parezca verdadero en cada una”. Aunque el sacerdote insistía mucho en que había que tomar un camino, seguir una disciplina, comprometerse con un maestro y con un conjunto de enseñanzas. “Hay muchos caminos bien marcados hacia la montaña espiritual”, decía él, “y todos llegan hacia la cima, pero has de seguir un camino, y no puedes estar en más de uno al mismo tiempo”.

Al final del verano, decidí que quería convertirme al hinduismo. La mañana en que se lo dije al sacerdote, su respuesta me sorprendió completamente. “¡No, no!”, me increpó, “No has entendido lo principal de todo cuanto te he enseñado. Te criaste como cristiano y sabes mucho sobre ese camino. Es la religión de tu familia y de tu cultura. Es tu ética y tu visión del mundo. No sabes casi nada del hinduismo. Regresa y sé el mejor cristiano que puedas ser”.

Yo estaba disgustado. “Pero no creo que Jesús haya sido más divino que Krishna o el Buda”, declaré. “Y los cristianos con los que crecí te condenarían por conocer a Jesús y no aceptarlo como tu único Señor y Salvador”. La respuesta del sacerdote fue simple: “Entonces regresa y encuentra una manera de ser un cristiano abierto y no-exclusivista, sigue los pasos de Jesús pero valora positivamente los pasos de otros en sus propios caminos”. Entre más pudiese aprender de los caminos de otros, me explicó, más progresaría en mi propio camino y profundizaría en mi entendimiento de él. Esas palabras han seguido siendo para mí como las órdenes de marcha para la vida.

A mi regreso le conté lo que había aprendido al capellán de la universidad, pero no pareció entenderme del todo. El cristianismo, me recordó, ha insistido históricamente en la divinidad única de Jesucristo. Le expliqué que yo consideraba a Jesús mi propio avatar, mi señor y salvador personal, pero que estaba convencido de que otras figuras históricas como Krishna y el Buda habían estado igualmente llenas del espíritu de Dios y fueron legítimamente señores y salvadores de mucha gente. También sentía que seguir en contacto con otras tradiciones energizaría mi fe cristiana. El capellán me recordó la afirmación de Jesús en el Evangelio de Juan de que era el camino, la verdad y la vida, y de que nadie podría llegar a Dios si no era a través de él. Yo le respondí que en el mismo capítulo de Juan Jesús insiste en que en la casa de Dios hay muchos lugares habitables. Seguramente en muchas de esas moradas habrían de alojarse Krishna, el Buda y otros avatara.

Luego de muchas discusiones en esta línea, este capellán cristiano convencional me presentó el unitarismo universalista (UU). “¡Ve y analiza esa denominación!”, casi me gritó un día de exasperación. “Al parecer ellos piensan y hablan como tú. Ese es el hogar para ti”. Dijo que era una tradición libre, que valora positivamente las religiones del mundo y que no había ningún dogma o doctrina que sus integrantes tuviesen que aceptar obligatoriamente. Es decir, que había gente que ponía diferentes adjetivos junto a su unitarismo universalista —lo que incluía a judíos, cristianos, budistas, humanistas y agnósticos. Todos eran bienvenidos en el movimiento UU.

Comencé a leer sobre el unitarismo universalista y a asistir a una iglesia UU local. Estaba tan complacido… En realidad fue evidente que había encontrado mi religión, aunque no estaba seguro de que me sostuviera más allá de mis días cuestionadores en la universidad. Y heme aquí, todavía en él casi 40 años después. Irónicamente, sin embargo, he tenido algunos problemas a lo largo de los años en que me he identificado como cristiano dentro del unitarismo universalista. “¡Cristianismo!” me han dicho algunos UU. “Eso es exactamente de lo que tratamos de huir al hacernos UU. Si lo que quieres es cristianismo ¿por qué no te vuelves como presbiteriano, o algo así?” Semejante respuesta siempre me desconcierta. “Es una larga historia”, suelo decir con cierto desfallecimiento, tentado a contarles sobre las palabras de transformación de mi capellán presbiteriano a un adolescente sobre una tradición que valora positivamente todas las religiones del mundo y que está libre de dogmas o doctrinas obligatorias para sus integrantes. En vez de ello, por lo general les comento que nuestros principios hablan de las enseñanzas cristianas como de una de las fuentes de nuestra fe y añado que en la casa de Dios hay muchos lugares habitables. Intento vivir tan plenamente como me es posible en uno de ellos, agradecido de ser parte de una tradición que reconoce cuán grande es en realidad la casa.

Scotty McLennan ha sido ministro UU desde 1975 y es el fundador del Ministerio Legal Unitario Univesalista, situado en un barrio de bajos ingresos en Boston. También es Decano de Vida Religiosa en la Universidad de Stanford, y es autor de Encontrar tu propia religión: Cuando la fe en la que creciste ha perdido su sentido, y coautor de Iglesia en domingo, trabajo el lunes: El desafío de fusionar los valores cristianos en la vida de negocios.

Este docuemtno puede descargarse gratuitamente como PDF imprimible de 3 páginas de:

http://www.docstoc.com/docs/47464073/Scotty-McLennan—En-la-casa-de-Dios-hay-muchas-moradas

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Lloyd Geering: ¿Cómo llegó Jesús a ser Dios –y por qué?

25. mayo. 2010

Por el Revdo. Dr. Lloyd Geering

The Fourth R, Volume 11,5,
September/October 1998,

Trad. Francisco Javier Lagunes Gaitán
http://westarinstitute.org/Periodicals/4R_Articles/jesus_to_god.html

Una de las figuras más conocidas de la escena mundial durante los últimos diez años, y ciertamente la mujer más fotografiada, fue Diana, la Princesa de Gales. Estaba rodeada de elogios y muestras de afecto, por una parte, y de críticas de orden moral, por la otra, especialmente provenientes de la familia real y de los tabloides sensacionalistas. Mientras Diana disfrutaba de unas vacaciones en París, en compañía de su nuevo enamorado, The Sunday Times, de Londres, publicó un artículo de plana completa en el que la sicoanalizaba, bajo el encabezado de doble sentido: “Diana en el diván”. La primera edición acababa de dejar la imprenta cuando se esparció la noticia de su muerte trágica. The Times retiró inmediatamente, de todas las ediciones posteriores, la sección completa del periódico en la que aparecía el artículo.

El público británico quedó completamente aturdido ante la noticia. Hubo un masivo y espontáneo lamento de dolor, como nunca se había visto. Incluso a pesar de que su hermano, durante el funeral, advirtió a los dolientes de que no hicieran de Diana una santa, sin embargo, fue glorificada por los meses subsiguientes como la figura central de un moderno cuento de hadas trágico. En el aniversario de su muerte los periodistas se reunieron en todos los sitios asociados a Diana, a la espera de multitudes comparables. Llegó gente, pero solo en pequeñas cantidades.

Lo que es más, algunas voces influyentes, incluso un anterior Arzobispo de Canterbury [Jerarca primado de la Iglesia Anglicana, la religión de Estado en el Reino Unido, N. del T.], comenzaron a expresar críticas sobre Diana. La deconstrucción de Diana había comenzado y su humanidad era recuperada del cuento de hadas. Esto es análogo al tema que vamos a discutir.

Mientras que la glorificación de la trágica Diana, seguida de su deconstrucción, tuvo lugar en el espacio de solo un año, el proceso de la glorificación de Jesús como la figura del Cristo, y su subsiguiente deconstrucción ha tenido lugar por espacio de dos mil años.

¿Cómo se convirtió Jesús en el Cristo?

En 1974, un erudito Católico Romano llamado Peter DeRosa publicó un libro titulado Jesús, quien llegó a ser Cristo (incidentalmente, no mucho después, Peter DeRosa, luego de una impresionante carrera académica, fue destituido como Vicerrector del Corpus Christi College, de Londres). Era éste un colegio para formar maestros Católicos, y al que la Iglesia Católica Apostólica Romana (ICAR) cerró debido a que se había vuelto demasiado radical. Empezaremos tratando de responder la pregunta que planteó Peter DeRosa –¿Cómo llegó Jesús a convertirse en Cristo?– dado que es la primera parte de la respuesta de cómo Jesús llegó a ser Dios.

Hay dos maneras de entender esta pregunta y hay una diferencia más bien sutil, pero extremadamente, importante entre las dos. Es una diferencia que se ha entendido muy poco. Podemos llamar a estas maneras el enfoque objetivo y el enfoque subjetivo.

Ilustraré primero la diferencia con respecto a la pregunta: “¿Cómo fue que la Sra. Jenny Shipley se convirtió en Primera Ministra de Nueva Zelanda?”

La respuesta objetiva a esa pregunta va más o menos así. Primero, Jenny fue electa por el gobernante Partido Nacional para competir por el asiento parlamentario correspondiente a Ashburton. Después, fue electa parlamentaria por Ashburton. El siguiente paso fue cuando el Primer Ministro Jim Bolger la designó para integrar su Gabinete Ministerial. Su capacidad le permitió ascender en la jerarquía del gabinete. Entonces, mientras Jim Bolger estaba en el extranjero, ella reunió suficiente apoyo entre la directiva del partido para que, al regresar el Primer Ministro Bolger, tuviera que enfrentarse al hecho consumado de un golpe de mano en la dirección del partido. Pero ella todavía no era Primera Ministra. De mutuo acuerdo con Jim Bolger, se le concedió a éste un mes de gracia para poner en orden sus asuntos, antes de que finalmente jurara efectivamente como Primera Ministra. Éste, entonces, es el recuento objetivo de cómo Jenny Shipley se convirtió en Primera Ministra.

¿Cuál sería el recuento subjetivo? Los recuentos subjetivos varían de persona a persona, simplemente porque son subjetivos. No hay una sola respuesta y daré dos ejemplos extremos.

En las mentes de sus mayores detractores el recuento subjetivo podría ser algo como sigue, “Jenny Shipley es Primera Ministra solamente de nombre, al haber llegado al puesto por vías indirectas y tortuosas. Ella es tan sólo la encargada del despacho del Primer Ministro hasta la siguiente elección. No ganó una elección general como líder y cabeza de lista, y no cuenta con un mandato del pueblo de Nueva Zelanda para ser su Primera Ministra, como sí lo tuvieron quienes la precedieron en el cargo”.

Por otra parte, el enfoque subjetivo de sus principales partidarios podría ser algo como esto, “Jenny Shipley es tan idónea para el trabajo de Primera Ministra que, una vez que entró al parlamento, su ascenso a la cumbre era inevitable. Había sido realmente Primera Ministra en potencia desde siempre. Es claro que mostró tal habilidad en el puesto que resulta evidente que nació para ser Primera Ministra”.

La diferencia entre la respuesta objetiva y las varias respuestas subjetivas a esta pregunta es la siguiente: La respuesta objetiva se refiere a hechos sucedidos a Jenny Shipley, hechos que están abiertos a la investigación histórica. Las respuestas subjetivas, por otra parte, son juicios de valor hechos por la gente. No están abiertos a la investigación histórica, excepto por la confirmación de que algunas personas los emitieron. Varían de persona a persona, Aunque cada respuesta particular puede ser compartida por otros.

Con esta diferencia en mente atendamos a la cuestión de cómo Jesús se convirtió en el Cristo, dado que desdichadamente ha habido, y hay aún, una real confusión al respecto. Pronto queda claro que la respuesta a esta pregunta tiene mucho más en común con las respuestas subjetivas hacia la asunción de Jenny Shipley al cargo de Primera Ministra, que con las respuestas objetivas. No había una cartera ministerial de Mesías a la cual Jesús fuera designado en cierto momento de su vida, un acto abierto al público con una confirmación neutral religiosamente. Al contrario, solamente los cristianos son quienes han afirmado que Jesús era el Cristo.

Así que, al preguntar cómo Jesús se convirtió en el Cristo, ¿nos interesa una respuesta objetiva o subjetiva? Ahora intento mostrar que la proclamación de Jesús como el Cristo se originó como una evaluación subjetiva de parte de algunas personas. Las generaciones subsiguientes, sin embargo, interpretaron las afirmaciones subjetivas como acontecimientos objetivos y omitieron la distinción entre lo subjetivo y lo objetivo. Esto puede ilustrarse claramente a partir de los datos de la Biblia.

¿Cuándo se convirtió Jesús en el Cristo?

Si revisamos los registros del Nuevo Testamento en busca de evidencia histórica del proceso objetivo por el que Jesús se convirtió en el Cristo, lo que encontramos son juicios subjetivos o proclamas que suenan simplemente como si fueran objetivas. La conclusión de que son subjetivos se confirma por el hecho de que hay varios de ellos en diferentes puntos del Nuevo Testamento y son diferentes entre sí. He aquí los más importantes:

Después de su muerte

En Hechos (2:22–36, DHH) en un discurso puesto en boca de Pedro encontramos estas palabras:

“Escuchen, pues, israelitas, lo que voy a decir: Como ustedes saben muy bien, Dios demostró ante ustedes la autoridad de Jesús de Nazaret, haciendo por medio de él grandes maravillas, milagros y señales.ustedes lo mataron, crucificándolo por medio de hombres malvados.Pues bien, Dios ha resucitado a ese mismo Jesús, y de ello todos nosotros somos testigos.“Sepa todo el pueblo de Israel, con toda seguridad, que a este mismo Jesús a quien ustedes crucificaron, Dios lo ha hecho Señor y Mesías.”.

La persona que compuso estas palabras declaraba que era por medio del levantamiento que hizo Dios de Jesús, de entre los muertos, que Jesús se convirtió en el Cristo. En otras palabras, en esta perspectiva, el hombre Jesús se convirtió en el Cristo en algún momento luego de su muerte en la cruz.

Debemos notar en este y en los siguientes ejemplos que no nos enfrentamos a acontecimientos históricos abiertos a la investigación pública para los historiadores. Estos hechos son descritos específicamente como: “actos de Dios”.Dios ha resucitado a ese mismo JesúsDios lo ha hecho Señor y Mesías.”. Cualquier cosa que los humanos juzguen como “un acto de Dios” pertenece a la categoría de un juicio humano o interpretación y no a la categoría de acontecimiento histórico.

Durante su ministerio

En el Evangelio de Marcos, sin embargo, hay un relato de Jesús en Cesarea de Filipo en el que él preguntó a sus discípulos qué es lo que la gente decía sobre él, y le dieron diversas respuestas. Cuando Jesús preguntó a Pedro qué es lo que pensaba él, recibió la siguiente respuesta, “Tú eres el Cristo”. El escritor de esta narración claramente creía que Jesús ya era el Cristo durante su ministerio y antes de su muerte y resurrección. El narrador dice después que Jesús mandó a sus discípulos que no mencionaran a nadie que él era el Cristo. Estas referencias a la secrecía en el Evangelio de Marcos son conocidas por los estudiosos modernos como el Secreto Mesiánico1 (Marcos 8:27-30)2, por el título de un libro escrito en 1901 por Wilhelm Wrede3. Wrede sostuvo que el secreto era una invención primitiva para reconciliar los dos recuentos de cómo Jesús se convirtió en el Mesías –el recuento más temprano, que acabamos de ver reflejado en los Hechos, y el ligeramente posterior, de que Jesús ya era el Cristo durante su ministerio.

En su bautismo

El autor del Evangelio de Marcos, que escribía en un momento en el que todos los cristianos aceptaban a Jesús como Mesías, fue más allá, al dar a entender que fue durante su bautismo que Jesús se convirtió en el Mesías. Leemos que cuando Jesús salió del agua vio que los cielos se rasgaban y que el Espíritu descendía sobre él como una paloma y una voz proveniente del cielo decía, “Tú eres mi Hijo amado, a quien he elegido” (Marcos 1:11).

Este relato dio pie para que surgiera en la teología cristiana lo que se llamó la “teoría de la adopción” de la “Persona de Cristo”. En resumen, Jesús nació como un ser humano ordinario hasta que Dios, en el momento de su bautismo por Juan el Bautista, lo adoptó como Hijo. Por esto no hay relatos del nacimiento en Marcos. Esta visión fue finalmente declarada herética aunque siguió surgiendo de tiempo en tiempo. Fue considerada herética por la simple razón de que la creencia de que Jesús se convirtió en el Cristo simplemente con su bautismo todavía era común cuando Marcos escribía en el 70 ec, y sería pronto dejada de lado por cambios posteriores en la tradición.

Al nacer

Las historias del nacimiento de Jesús en los Evangelios de Mateo y Lucas claramente pretendieron sugerir que Jesús era el Cristo desde el momento de nacer. Mientras que Mateo tiende a destacar que Jesús nació para ser el Rey de los Judíos, Lucas es más explícito, al poner esto en la boca de los ángeles, “Hoy les ha nacido en el pueblo de David un salvador, que es el Mesías, el Señor(Lucas 2:11).

Una diferencia adicional entre los relatos del nacimiento que hacen Lucas y Mateo es que Mateo traza la genealogía de Jesús hasta Abrahán para indicar, que Jesús fue un judío piadoso y un verdadero hijo de Abrahán. Pero Lucas, tal vez porque era gentil [=no judío], trazó la genealogía de Jesús hasta Adán, tanto para mostrar que era verdaderamente representativo del género humano, como también para decir que, siendo humano, también era el Hijo de Dios, pues en la Biblia Hebrea sólo se refieren como Hijo de Dios a Adán.

Al proyectar esta genealogía hacia atrás, a partir del momento posterior a la resurrección, y luego –consecutivamente– al ministerio, al bautizo, al nacimiento, podremos notar que también hay un cambio de intención en la terminología utilizada con relación a Jesús. Es un cambio desde ser el Mesías, hasta la divinidad, desde el estatus del Cristo, al de divino Hijo de Dios.

En la creación

Esta progresión hacia atrás no se detuvo con el nacimiento de Jesús. Cuando revisamos el Cuarto Evangelio encontramos que el proceso que discutimos se remonta hacia tan atrás en el tiempo que ya no se trata de que Jesús se convirtiera en el Cristo. Ahora la cuestión era que el Cristo se convirtiera en Jesús, el Cristo es ahora aludido como el Logos, la Palabra o el Verbo [ como alusión a la palabra creadora y a la sabiduría divina]. La razón de que el Cuarto Evangelio no tenga relato del nacimiento es que inicia con el Evangelio de Jesucristo desde la creación. Aquel que se convertiría en Jesús habría estado ahí desde el principio (sería un poco como decir que a Jenny Shipley se le habría ordenado divinamente ser Primera Ministra desde el inicio de los tiempos).

En el principio ya existía la Palabra, y aquel que es la Palabra estaba con Dios y era Dios.Por medio de él, Dios hizo todas las cosas; nada de lo que existe fue hecho sin élAquel que es la Palabra se hizo hombre y vivió entre nosotros. Y hemos visto su gloria, la gloria que recibió del Padre, por ser su Hijo único, abundante en amor y verdad.pero el amor y la verdad se han hecho realidad por medio de Jesucristo. Nadie ha visto jamás a Dios; el Hijo único, que es Dios y que vive en íntima comunión con el Padre, es quien nos lo ha dado a conocer. Juan 1:1 –18

Aquí, la cuestión de cómo Jesús se convirtió en el Cristo ha sido revertida hacia una cuestión diferente –cómo el Logos, o el único Hijo de Dios, se encarnó en la carne humana como Jesús. De aquí que la cuestión de cómo Jesús se convirtió en Dios fuese provechosamente reformulada, en el transcurso del tiempo, como la pregunta de cómo Dios se convirtió en Jesús.

Para la época de los Concilios Ecuménicos y de la formulación de la Doctrina de la Santísima Trinidad, el Evangelio Cristiano básico había sufrido cambios notables. Empezó con la simple afirmación de que Jesús era el Cristo. Ahora se trataba de la afirmación de cómo la Segunda Persona de la Santísima Trinidad llegó a encarnarse en el hombre Jesús. En efecto, por consiguiente, ahora se creía que Jesús había quedado incorporado dentro de la Divinidad.

¿Cómo pueden reconciliarse estas diferencias de evaluación subjetiva? Si leemos la Biblia con la expectativa de que sea perfectamente consistente, que toda esté escrita en un mismo nivel y por un mismo autor (y así es como solía ser leída por los cristianos hasta hace unos doscientos años), entonces, los “actos de Dios” que acabamos de delinear –la creación, la encarnación, el nacimiento, el bautismo, el ministerio, la resurrección– podrían tomarse como etapas sucesivas del proceso único por el que Jesús se convirtió en el Cristo, y el Cristo, ahora sentado a la diestra de Dios, regresará finalmente para ser nuestro Juez.

Desde hace unos dos siglos, y en especial durante los últimos 160 años, los estudiosos cristianos comenzaron a leer la Biblia históricamente. Encontraron que no está escrita en un solo nivel, ni por un solo autor. Fue compuesta por diferentes personas en momentos diferentes y refleja muchas diferencias en puntos de vista. Por ello puede verse ahora que refleja muchas inconsistencias y amplias diferencias de punto de vista. En particular, la respuesta tradicional sobre cómo Jesús se convirtió en el Cristo ha sido reemplazada por una sorprendente variedad de respuestas en conflicto. Lo que es más revelador es que cuando miramos estas respuestas en el orden cronológico en el que fueron compuestas, nos encontramos con el fascinante proceso que tuvo lugar. Dentro del espacio de unos 70 años el principal “acto de Dios” por el que Jesús presuntamente se convirtió en el Cristo fue movido desde algún momento después de su muerte, hacia atrás, hacia su ministerio, bautismo, nacimiento, y más allá, hasta la creación misma. Como dice la expresión usada finalmente en el credo “engendrado, no creado” que expresa esta visión.

La razón para las respuestas aparentemente conflictivas es que no hubo acontecimientos históricos abiertos a la investigación pública sino juicios de valor, elaborados por diferentes personas, en momentos diferentes, de una tradición que se desarrolló rápidamente. Aunque fueron proclamados en la misma clase de lenguaje que comúnmente usamos para un acontecimiento histórico objetivo, en realidad eran juicios subjetivos, o evaluaciones, de parte de aquellos que los emitieron. En otras palabras, lo que la tradición cristiana ha tratado –desde hace mucho– como recuentos objetivos de cómo Jesús se convirtió en el Cristo resulta ser una sucesión de juicios subjetivos. El recuento tradicional, y supuestamente objetivo, de cómo Jesús se convirtió en el Cristo es el recuento de cómo Jesús, paso a paso, llegó a ser evaluado subjetivamente en las mentes de las generaciones sucesivas de aquellos que lo adoraron y, así entonces, lo concebían como el Cristo.

¿Cómo surgió la Fe Pascual?

Este proceso no se detuvo con el último libro del Nuevo Testamento, sino que continuó adelante en el pensamiento de la iglesia a través de los siguientes siglos. Regresaremos a la situación actual. Pero primero repasemos lo que condujo a lo que se proclamó como el primer “acto de Dios” en ese proceso, principalmente, la resurrección. Esto es esencial para la respuesta a nuestra pregunta. Al día de hoy, los cristianos interpretan este “acto de Dios” como si se tratara de un acontecimiento objetivo público, abierto a la investigación histórica. Encontraremos que esto también es parte del mismo desarrollo subjetivo que he descrito aquí.

¿Cómo llegaron a creer los cristianos que el Jesús que fue crucificado había resucitado de entre los muertos? Hoy se llama frecuentemente a esta creencia la Fe Pascual. ¿Cómo surgió esta Fe Pascual? La respuesta tradicional es muy clara: Al tercer día de su muerte en la cruz o, más estrictamente hablando, dentro de un espacio de 36 horas desde el momento en que el cuerpo se habría colocado en la tumba, Jesús se levantó de entre los muertos en un cuerpo renovado o glorificado, se mostró a sus discípulos por un periodo de cuarenta días, y ascendió hacia el cielo, para sentarse a la mano derecha de Dios.

Podemos llamar a esto el recuento presuntamente objetivo de la resurrección de Jesús. Se pensó que los Apóstoles habrían sido testigos de la Ascensión y Esteban habría sido testigo de que Jesús estaría sentado a la diestra de Dios. Esto fue aceptado por los cristianos desde fines del primer siglo y por poco más de doscientos años.

Una vez más encontramos que, conforme se fueron estudiando las narraciones del Nuevo Testamento sobre las que se basaban los recuentos supuestamente objetivos, al ser estudiados cronológicamente como documentos independientes, salió a la luz una nueva versión de cómo Jesús se levantó de entre los muertos. Y aunque todavía no hay unanimidad alrededor de los detalles de esta nueva versión, dado que la vieja versión ha sido defendida vigorosamente, hay algún acuerdo en ciertos puntos.

La Ascensión de Jesús

Hay un amplio acuerdo, por ejemplo, sobre que el relato de la Ascensión es mítico y no se refiere a un acontecimiento histórico. David Strauss4, en 1843, fue el primero en sostener que ciertos relatos del Nuevo Testamento son más adecuados para ser tratados como mitos o relatos simbólicos. Él sostuvo que éstos surgieron en la iglesia primitiva y se basaban en temas, o rasgos característicos, del Antiguo Testamento. En el caso de la Ascensión de Jesús al cielo, ya había un precedente claro para ello en el Antiguo Testamento, en el relato de la ascensión de Elías al cielo en una carroza de fuego.

La razón por la que el relato de la Ascensión de Jesús fue el primero en ser ampliamente aceptado dentro de la categoría de los mitos es obvia. Mientras que parecía tener mucho sentido –tomado al pie de la letra– en la visión del mundo compartida por los antiguos y entre los medievales, no tiene ningún sentido en la visión del mundo que tenemos hoy. Afirmar que el cuerpo resucitado de Jesús se fuera hacia algún cielo especial por encima de la tierra es convertir el relato en una ridícula pieza de ciencia-ficción espacial. Consecuentemente, en el recuento tradicional de lo acaecido a Jesús luego de su muerte, este ha sido el primer elemento a desmitologizar, esto es, a interpretarlo simbólicamente y ya no de manera literal. Algunos estudiosos lo descartan como algo prescindible de todas formas, sobre la base de que se trata de un desarrollo tardío en la tradición de la resurrección.

Deseo sugerir que mientras que el relato preciso de la Ascensión de Jesús al cielo, que leemos al final de Lucas y en Hechos 1, es indudablemente tardío en su forma presente, la idea que lo generó es muy temprana y, desde luego, bien podría haber estado en el inicio mismo de la tradición de la resurrección, en vez de en su resultado final. La idea era la glorificación del Jesús crucificado. Tal como ya hemos visto, Jesús no fue probablemente aclamado como Mesías hasta luego de su muerte y, entonces, su cualidad de Mesías fue proyectada hacia tiempos cada vez anteriores. Así que la Fe Pascual, según sugiero, comenzó con una visión de la glorificación de Jesús y, de ella creció gradualmente, por etapas, hasta alcanzar tardíamente una tradición mayor que describe una procesión divina, desde la tumba vacía, hasta el trono divino.

La visión de Jesús

Hay un acuerdo general, entre los estudiosos –excepto los más conservadores–, en el sentido de que la Fe Pascual comenzó con las visiones en Galilea y no con el descubrimiento de una tumba vacía en Jerusalén. Ahora que, las visiones y los sueños, como lo registran muchas tradiciones, han sido frecuentemente la materia prima de la experiencia religiosa, especialmente en los tiempos de los orígenes de cada tradición. Antes del siglo XX no apreciábamos, como podemos hacerlo ahora, por qué sucede esto. Carl Jung y otros han descubierto y llamado nuestra atención hacia los poderes creativos del inconciente humano.

El inconciente es un área vasta de la mente humana o ‘psyche’ que se esconde bajo la superficie de la conciencia, como los 9/10 de un iceberg que están ocultos bajo la superficie. Su descubrimiento hizo posible una explicación completamente diferente de las que comúnmente han sido llamadas experiencias religiosas.

Anteriormente, cuando una persona veía visiones (que nadie más podía ver), o si escuchaba voces (que nadie más podía oír), la única explicación era que esa persona recibía revelaciones y mensajes de una fuente externa, de alguna manera divina o sobrenatural. La psicología profunda ofrece una explicación natural. Las experiencias entran en la conciencia desde otra fuente, pero esa fuente es el inconciente, de ahí que apelar a una fuente sobrenatural externa sea innecesario.

De esta forma llegamos a un nuevo entendimiento de las visiones que Mahoma tuvo del Ángel Gabriel, y de la visión que Pablo tuvo del Cristo resucitado, en el camino a Damasco, de la que surge la Fe Pascual en los Apóstoles hacia éste. De acuerdo con Pablo (y el suyo es el testimonio más temprano y de primera mano que tenemos) el primero que tuvo una visión de Jesús resucitado fue Pedro. Aunque en ninguna parte del Nuevo Testamento nos ofrece ningún registro de esa visión. Algunos conjeturan que la tradición de esa visión, si es que hubo alguna, se convirtió en algo superado y fue descartado en favor de más tardías y más convincentes tradiciones. Podría haber sido una visión similar a la que se atribuyó a Esteban antes de su martirio (Hechos 7:55–56):

“…miró al cielo y vio la gloria de Dios, y a Jesús de pie a la derecha de Dios. Entonces dijo: –¡Miren! Veo los cielos abiertos, y al Hijo del hombre a la derecha de Dios.”

Se ha sugerido que la historia de la Transfiguración de Jesús no pertenecería cronológicamente al periodo del ministerio de Jesús, donde lo colocó erróneamente el Evangelio de Marcos –que fue seguido en esto por Mateo y Lucas. Más bien, se habría originado como un relato temprano de la Resurrección. Esta sugerencia ha sido apoyada eruditos internacionalmente aclamados de la talla de Heinrich Meyer (1800–1873), Julius Wellhausen (1844–1918), Adolf Harnack (1851–1930), Alfred Loisy (1857–1940), Maurice Goguel (1880–1955) y Rudolf Bultmann (1884–1976). Desde luego, este relato podría apuntar hacia la visión más temprana que dio origen a la Fe Pascual.

Generalmente hay acuerdo en esto, con apoyo en el registro del Evangelio, que cuando Jesús fue crucificado los discípulos lo abandonaron y huyeron. Volvieron a Galilea profundamente desanimados, sufrían de ansiedad aguda y desconcierto, se preguntaban por qué Dios habría permitido que un hombre de tal calidad y poder tuviera un fin tan trágico. En condiciones tan especiales como esas las profundidades inconscientes de la psyche humana pueden demostrarse grandemente creativas. La psyche, al retomar de las experiencias previas y de símbolos básicos ya integrados ahí, crea una visión que resuelve el asunto.

Es aquí, entonces, donde los discípulos judíos cuyas mentes, como la de Elías antes que ellos en su momento de crisis, habían regresado al Sinaí, a la fuente de su fe. En la visión creada por el inconciente (posiblemente de Pedro), él y sus dos compañeros más cercanos, Santiago y Juan, fueron conducidos por el recuerdo de su Maestro a ascender la misma alta montaña. Esta es la narración como Marcos la cuenta:

Allí, delante de ellos, cambió la apariencia de Jesús. Su ropa se volvió brillante y más blanca de lo que nadie podría dejarla por mucho que la lavara. Y vieron a Elías y a Moisés, que estaban conversando con Jesús.apareció una nube y se posó sobre ellos. Y de la nube salió una voz, que dijo: “Este es mi Hijo amado: escúchenlo.” Al momento, cuando miraron alrededor, ya no vieron a nadie con ellos, sino a Jesús solo” (Marcos 9:2–8).

Hay algunos ingredientes muy significativos en esta visión.

  • Cuando Moisés subió al Monte Sinaí la gloria del Señor lo envolvió en una nube. Y cuando bajó, su rostro resplandecía.
  • Moisés y Elías fueron los principales representantes israelitas de la Ley y de los Profetas, respectivamente.
  • Elías, como hemos señalado, no muere, sino que es llevado en una carroza de fuego.
  • Moisés había muerto y había sido enterrado. Pero en una tradición judía tardía, registrada por Josefo y narrada en el libro de “La Ascensión de Moisés”, se narra que Moisés habría sido llevado por Dios al cielo.
  • Más aún, ellos eran los únicos dos israelitas de los que se creía en la tradición judía que estaban en el cielo con Dios.
  • La visión de la Transfiguración presenta a Jesús conversando con Moisés y Elías, por lo que lo coloca al mismo nivel de ellos.

Estos ingredientes de la tradición judía, sumados a la confusión de los discípulos, proveyeron de bastante materia prima para una visión apostólica. Lo principal que la visión afirmaba era que la muerte de Jesús no había sido una tragedia sin sentido. Mostraba que Jesús había sido colocado por Dios en el mismo nivel que Moisés y Elías. La resplandecencia, o transfiguración, demostraba simbólicamente que Jesús había sido glorificado.

Sugiero que esta visión de la glorificación de Jesús marcó el inicio de la Fe Pascual. De acuerdo con Pablo, hubo más de una visión, incluyendo aquella que él mismo tuvo. Pero no se describen. Sin duda fueron variadas pero tuvieron una cosa en común –el Jesús glorificado fue visto por sus seguidores y solo por sus seguidores. En el momento en que Pablo escribía, digamos en el año 50 ec, la Fe Pascual se apoyaba solamente en el testimonio de visiones.

Pero es tal la naturaleza de la inquisitiva mente humana que no fue suficiente para la comunidad cristiana, en su momento, decir simplemente que el Jesús glorificado había sido visto en visiones. ¿Cómo llego a suceder que él estuviera en el cielo con Dios, sentado a su diestra? Así que, en la segunda mitad del primer siglo, comenzaron a surgir toda clase de relatos, Tales como el de Juan 21, en el que Jesús desayunó con los discípulos después de echar la red.

La tumba vacía y la resurrección del cuerpo

La atención comenzó entonces a regresar hacia Jerusalén, donde Jesús había sido crucificado. Se asumió que su cuerpo debía haber sido enterrado en una tumba y en ese caso la tumba debería estar ahora vacía. Así que surgió un relato de cómo la tumba había sido encontrada vacía por unas mujeres. La clave de esa historia es el ángel, u hombre misterioso vestido de blanco, que dijo, “…Jesús, el que fue crucificado. No está aquí, sino que ha resucitado, como dijo.(Mateo 28:5-6). Algunos defensores modernos de la historicidad de la tumba vacía, dado que ellos mismos no creen en ángeles, sostienen que esa fue una intrusión tardía. Realmente el relato no viene al caso si se elimina la intervención angélica. Las palabras dichas por el ángel son la piedra en que se fundamenta el relato. Es la convicción de que Jesús resucitó la que da origen al relato de la tumba vacía y no al revés.

Debido a que los relatos de la tumba vacía han dominado la tradición, han dado forma a nuestra imaginación cuando escuchamos el término “levantarse de entre los muertos”. Cuando se usó por primera vez, sin embargo, no se refería a alguien que saliera de la tumba. Se refería a levantarse desde el Sheol, el sombrío lugar de los muertos, y a la ascensión al cielo. Esto se reflejó en la historia que aparece en el Evangelio de Juan sobre María Magdalena, en el que Jesús le dice, “Deja de tocarme, que todavía no he subido al padre…” (Juan 20:17). Él estaba en su jornada desde el inframundo de los muertos hacia el mundo celeste, y María se había encontrado accidentalmente con él en el camino.

Tan pronto como los cristianos se convencieron de que tenían una visión sobre la glorificación de Jesús, y dado que sabían con certeza que él había sido crucificado y se había ido al lugar de los muertos, entonces concluyeron que se había levantado de entre los muertos. Así que comenzaron a surgir las historias de cómo sucedió eso. Conforme las historias progresaron el Cristo resucitado fue descrito más y más en términos físicos, y es sobre la base de estas historias tardías de la resurrección que los cristianos conservadores de hoy defienden lo que llaman “la resurrección del cuerpo”.

Seguir el origen de la glorificación y resurrección de Jesús hacia las visiones anteriores sirve para confirmar que bregamos con un proceso subjetivo, no con uno objetivo. La afirmación cristiana de que Jesús había resucitado de entre los muertos no se refería a algo que le hubiera sucedido objetivamente al cuerpo de Jesús; se refería a un acontecimiento subjetivo en las mentes y los corazones de los seguidores de Jesús. Como Maurice Goguel lo expresa en The Birth of Christianity (El nacimiento del cristianismo): “El significado religioso de la resurrección no reside en el hecho de que el cuerpo de Jesús regresara a la vida en la tierra por un corto tiempo, sino en que fue llevado vivo al cielo. Lo que da la salvación es la glorificación del Cristo, no su resurrección entendida en el sentido de reanimación de su cuerpo. Si esta reanimación se volvió un objeto de fe, fue debido a que era vista como el símbolo, prueba y objetivación de la glorificación del Cristo”. “La resurrección de Jesús es, en realidad, la resurrección de esa fe en él que sus discípulos habían tenido durante su ministerio”. De ahí que, lo que fue originalmente una experiencia visionaria asumiese el carácter de historia. Rudolf Bultmann dijo algo similar en su famoso ensayo, “El Nuevo Testamento y la mitología” cuando escribió: “La resurrección en sí misma no es un acontecimiento de la historia pasada. No es nada más que la resurrección de la fe en la resurrección del Señor … La fe en la resurrección es realmente la misma cosa que la fe en la eficacia salvífica de la cruz”

¿Cómo y por qué llegó Jesús a ser Dios?

Ahora regresemos a nuestro tema. Primero mostré, basado en el material bíblico, que Jesús se convirtió en el Cristo a través de una serie de pasos mentales en el desarrollo del pensamiento de los cristianos del primer siglo, en la medida en que comenzaron a evaluar lo que él significaba para ellos en términos cada vez más elevados. El proceso por el que Jesús se convirtió en Dios no es un acontecimiento que le sucediera a Jesús sino un cambio en el desarrollo del pensamiento humano.

Luego regresé al surgimiento de la Fe Pascual para mostrar que también debe ser entendida subjetivamente, más que como historia objetiva. La Fe Pascual surgió parcialmente de la influencia e impacto continuado que Jesús suscitó sobre aquellos que lo conocieron, y parcialmente de la devastadora experiencia que tuvieron con su muerte.

El proceso de pensamiento religioso por el que Jesús se convirtió en el Cristo, como se muestra en el Nuevo Testamento, no se detuvo ahí, sino que continuó en el periodo postbíblico. Pues incluso a finales del primer siglo, el pensamiento de los seguidores de Jesús distaba mucho de lo que llegaría a conocerse como la enseñanza cristiana, tal como la proclamó el Concilio de Calcedonia en el año 451 ec.

Si bien ya, como lo reconoce claramente el Nuevo Testamento mismo, una ruptura comenzaba emerger como resultado de la rapidez con que se desarrollaba el pensamiento sobre Jesús. Se trata de la ruptura entre la primera generación de cristianos –los cristianos judíos– y la rápidamente creciente iglesia cristiana gentil diseminada por Pablo.

Los cristianos judíos, dirigidos por Santiago y Pedro (al menos al principio), todavía veía a Jesús a través de ojos judíos. En su visión Jesús siempre fue completamente humano como ellos. Cumplió el papel del Mesías pero no fue divino él mismo. Los cristianos judíos rechazaron las historias tardías sobre el Nacimiento Virginal y la doctrina de la Encarnación. En la Epístola de Santiago podemos tener el mejor ejemplo de su pensamiento. Fueron expulsados por los romanos de Jerusalén –su centro– junto con los judíos, y se establecieron a través del Jordán, en Pella. Fueron rechazados por los judíos debido a su lealtad a Jesús, y desairados y relegados como heréticos por los cristianos gentiles. No se escucha más de ellos después del siglo quinto.

Fue el cristianismo gentil, conformado por Pablo, el que se convirtió en la forma clásica del cristianismo. Los cristianos gentiles veían a Jesús con ojos cada vez más griegos. Incluso Pablo, aunque se vanagloriaba de ser judío, era un judío bastante helenístico. El Nuevo Testamento refleja principalmente su pensamiento, y el de la iglesia cristiana gentil, y tiende a esconder de la vista los restos del pensamiento de la iglesia judía primitiva.

La mente gentil no tenía problemas para considerar divino a Jesús. Lo veían como el Hijo de Dios por excelencia –el único Hijo de Dios. No tenían ninguna expectativa sobre la llegada de un Mesías, a diferencia de los judíos, así que la palabra el ‘Cristo’ (que traducía la palabra ‘Mesías’ al griego) terminó siendo usada como nombre propio. Jesús el Mesías se convirtió en Jesucristo, o simplemente, Cristo. Desde luego, el problema pronto fue, no cómo demostrar la divinidad de Jesús, sino cómo defender su humanidad. El ala gnóstica del movimiento cristiano sostenía que Jesús solo aparentó ser un hombre, pero que en realidad había sido completamente Dios todo el tiempo.

En su lucha por mantener simultáneamente ambas naturalezas de Jesús: la completamente humana y la completamente divina, la iglesia atravesó por una serie de controversias teológicas. Varias soluciones fueron rechazadas, la mayoría como herejías. Al principio, la iglesia trató de establecer cómo Jesús se relacionaba con Dios el Creador. La doctrina de la Santísima Trinidad fue el resultado, y Jesús fue retratado como la encarnación de la Segunda Persona de la Trinidad. Entonces la iglesia tuvo que arreglárselas para explicar cómo la naturaleza humana y divina podrían estar unidas en un único personaje histórico. El debate nunca fue universalmente resuelto. Aquellos que no aceptaron los hallazgos de los concilios ecuménicos fueron simplemente excomulgados del cuerpo principal. Así fue como los nestorianos (que afirmaban las dos naturalezas) y las iglesias cópticas (que afirmaban una naturaleza) llegaron a separarse del cuerpo principal.

Lo que llegó a ser la ortodoxia cristiana fue la siguiente fórmula a la que se llegó en el Concilio de Calcedonia, en el año 451 ec. Podría verse como el resultado final del proceso por el que Jesús se convirtió en Dios.

Siguiendo, pues, a los Santos Padres, todos a una voz enseñamos que ha de confesarse a uno solo y el mismo Hijo, nuestro Señor Jesucristo, el mismo perfecto en la divinidad y el mismo perfecto en la humanidad, Dios verdaderamente, y el mismo verdaderamente hombre de alma racional y de cuerpo, consustancial con el Padre en cuanto a la divinidad, y el mismo consustancial con nosotros en cuanto a la humanidad, semejante en todo a nosotros, menos en el pecado; engendrado del Padre antes de los siglos en cuanto a la divinidad, y el mismo, en los últimos días, por nosotros y por nuestra salvación, engendrado de María Virgen, madre de Dios, en cuanto a la humanidad; que se ha de reconocer a uno solo y el mismo Cristo Hijo Señor unigénito en dos naturalezas, sin confusión, sin cambio, sin división, sin separación, en modo alguno borrada la diferencia de naturalezas por causa de la unión, sino conservando, más bien, cada naturaleza su propiedad y concurriendo en una sola persona y en una sola hipóstasis, no partido o dividido en dos personas, sino uno solo y el mismo Hijo unigénito, Dios Verbo Señor Jesucristo, como de antiguo acerca de Él nos enseñaron los profetas, y el mismo Jesucristo, y nos lo ha trasmitido el Símbolo de los Padres.”

Hoy, esta declaración de la ortodoxia cristiana, compuesta con base en conceptos griegos que nos son extraños se ha vuelto algo casi absurdo. La mayoría de los cristianos tradicionales de hoy probablemente ni siquiera han oído esta declaración, ya no digamos que la entiendan. Desde luego, parece una sospecha válida que si uno le pidiera al feligrés promedio que explicara qué quiere decir que Jesús es divino, es muy probable que se alineara, sin darse cuenta, con alguna de las antiguas herejías, más que con la ortodoxia.

El tiempo estaba maduro para deconstruir la afirmación de Jesús como el Unigénito Hijo de Dios. Reimarus (1694–1768) inició el proceso. Pasos significativos en el proceso fueron dados por David Strauss (1808–1874), Albert Schweitzer (1875–1965), y Rudolf Bultmann (1884–1976). Más recientemente el proceso de deconstrucción de la glorificación de Jesús y de recuperación de la figura humana histórica detrás del proceso ha sido emprendido por el grupo académico interdisciplinario: Jesus Seminar.

Obras citadas

  • Bultmann, Rudolf. “New Testament and Mythology.” Kerygma and Dogma. Ed. Hans Werner Bartsch. London: SPCK, 1960.
  • Goguel, Maurice. The Birth of Christianity. London, 1953.

Este documento se puede descargar gratuitamente (previo registro) en versión PDF imprimible de 12 páginas del siguiente enlace:

¿Cómo llegó Jesús a ser Dios –y por qué?

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Lloyd Geering es una figura pública de considerable renombre en Nueva Zelanda, donde recibe múltiples peticiones como conferencista y comentarista sobre religión y materias relacionadas, tanto en TV, como en radio. En 1966 publicó un artículo “La resurrección de Jesús” y, en 1967, otro sobre “La inmortalidad del alma”, que conjuntamente desataron una polémica pública, la controversia pública concluyó con una acusación, ante la Iglesia Presbiteriana de Nueva Zelanda –de la que es un ministro ordenado–, de error doctrinal y de perturbar la paz de la iglesia. Luego de un proceso televisado de dos días, la asamblea juzgó que no se probó error doctrinal alguno, los cargos fueron desestimados y el caso se cerró. Es miembro del Jesus Seminar.

Lloyd Geering es autor de diferentes libros: Tomorrow’s God (El Dios del mañana), The World to Come: From Christian Past to Global Future (El mundo por venir: desde el pasado cristiano al futuro global), y Christian Faith at the Crossroads: A Map of Modern Religious History (La fe cristiana en la encrucijada: Un mapa de la historia religiosa moderna), Christianity without God (Cristianismo sin Dios).

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El Jesus Seminar es un equipo de investigación formado por unos setenta estudiosos del Nuevo Testamento fundado en 1985 por Robert Walter Funk, cuyo propósito es reconstruir la biografía de Jesús de Nazaret. Su trabajo se basa en una metodología triple: la antropología social, el análisis histórico y la hermenéutica textual. Este seminario se considera desvinculado de cualquier corriente religiosa o filosófica y tiene su sede en Sonoma (California). Está dirigido por John Dominic Crossan y Robert W. Funk. Publican sus conclusiones en la revista Foundations and Facets Forum.

El trabajo del Jesus Seminar se inserta en lo que se llama la Tercera búsqueda del Jesús histórico.

Presentación del Jesus Seminar según el prestigioso sitio de diálogo e investigación interreligioso ReligiousTolerance.org, (en inglés en el original):

http://www.religioustolerance.org/chr_jsem.htm

El Jesus Seminar es un grupo de teólogos académicos que estudian los escritos cristianos de los siglos I a III ec, desde una perspectiva religiosa liberal. Está compuesto por integrantes que con formación y/o afiliación “protestante, católicos romanos, judíos e independientes . Su objetivo inicial fue determinar lo que Jesús habría realmente dicho. Su segundo objetivo fue describir lo que Jesús habría realmente hecho.

En el pasado, los académicos, tanto liberales, como no-especialmente etiquetados, han dado conferencias, y escrito artículos en revistas especializadas, asistido a conferencias y debatido entre ellos. Así han formado a generaciones de estudiantes de teología y ministerio con un enfoque meramente académico, o una visión liberal. Sin embargo, sus conclusiones raramente habían alcanzado al gran público, como es la meta de los participantes del Jesus Seminar.

http://www.westarinstitute.org/Jesus_Seminar/jesus_seminar.html

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Notas adicionales:

1 Un ejemplo para entender la importancia del Jesús histórico, lo podemos tomar del Evangelio de Marcos, que relata la tradición ciertamente histórica del “secreto mesiánico”. Esta tradición pertenece ciertamente al Jesús de la historia [por contraposición al Jesús teológico]. El sentido del “secreto mesiánico”, es que Jesús no quiere ser el centro de su actividad, sino que quiere que el centro de todo sea el Reino de Dios. Son los demonios los que identifican a Jesús como Mesías. Jesús los manda callar. El Reino en todos los sinópticos se identifica con la vida del pueblo pobre (el Reino llega cuando los enfermos son sanados de sus enfermedades y los demonios son expulsados).

También hoy en el diálogo con las religiones debemos mantener el secreto mesiánico y tomar como referencia fundamental el Reino de Dios. Superar el cristo-centrismo, propio de la teología posterior al Jesús de la historia y dialogar sobre la vida en el Tercer Mundo como voluntad de Dios. Desde el punto de partida del “secreto mesiánico” no podemos partir de un cristo-centrismo sino de un biocentrismo, en la perspectiva del Reino de Dios.

Pablo Richard, El Jesús histórico y los 4 Evangelios: Memoria, credo y canon para una reforma de la Iglesia, http://www.proconcil.org/document/Richard%201.htm

2 Después de esto, Jesús y sus discípulos fueron a las aldeas de la región de Cesarea de Filipo. En el camino, Jesús preguntó a sus discípulos:

–¿Quién dice la gente que soy yo?

Ellos contestaron:

Algunos dicen que eres Juan el Bautista, otros dicen que eres Elías, y otros dicen que eres uno de los profetas.

–Y ustedes, ¿quién dicen que soy? –les preguntó.

Pedro le respondió:

–Tú eres el Mesías.

Pero Jesús les ordenó que no hablaran de él a nadie. (DHH)

3 Wilhelm Wrede. Escriturista protestante de formación racionalista. N. en Bücken el 10 mayo 1859; 1887-89 pastor; 1891 docente en Gotinga; 1893 profesor extraordinario en Breslau; 1896, prof. ordinario allí mismo; m. el 23 nov. 1906.

W. afirmó que los Evangelios no son primordialmente biografías históricas sino una expresión de la fe de la comunidad. Según él, los discípulos no reconocieron la mesianidad de Jesús hasta después de su muerte: la fe en la dignidad mesiánica de Cristo, dice, brotó de la vivencia de las apariciones pascuales. Los Evangelios, concluye, fueron escritos bajo el prisma de esa fe, de manera que la imagen de Jesús experimentó una transformación en la mente de sus discípulos en virtud de las vivencias pascuales. y esa nueva imagen es la reflejada en los escritos neotestamentarios. W. sostiene incluso que S. Pablo, al que atribuye una concepción completa sobre Cristo que sería anterior a su conocimiento de los relatos sobre el Jesús histórico, habría sido el creador del dogma cristiano. W. es un precursor de la historia de las formas y de las tendencias que postulan una primacía de la fe sobre la historia en los relatos del N. T. Raúl Gabás http://www.canalsocial.net/GER/ficha_GER.asp?id=3434&cat=biografiasuelta

4 David Friedrich Strauss (Ludwigsburg, 27 de enero de 18088 de febrero de 1874). Teólogo alemán. Discípulo de Georg Wilhelm Friedrich Hegel y Ferdinand Christian Baur. Contribuyó, desde el racionalismo alemán tardío, al movimiento de la antigua búsqueda del Jesús histórico iniciado por Hermann Samuel Reimarus

En su obra: Das Leben Jesu, kritisch bearbeitet (1835-1836), plantea la idea de que los evangelios son relatos míticos, al contener elementos que no pueden explicarse racionalmente. Pero no surgen desde la necesidad de falsificación, como exponía Reimarus, sino para expresar desde una mentalidad precientífica y prefilosófica, ideas teológicas en estilo narrativo. Por tanto, han de considerarse libros de teología y de fe, sin ningún valor histórico. Esta mitificación aparece ya en los evangelios sinópticos más antiguos, que según Strauss son los de Mateo y Lucas, y también en el de Marcos.

El fenómeno de mitificación, según Strauss, es máximo en el Evangelio según san Juan, que a partir de las aportaciones de Strauss es rechazado como fuente de acceso al Jesús histórico. http://es.wikipedia.org/wiki/David_Friedrich_Strauss

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Rita Nakashima Brock, Ph. D.: La cuestión de la cruz en el Viernes ‘Santo’

5. abril. 2010

La FBI recién irrumpió en un local de un grupo terrorista cristiano de origen nacional, la milicia cristiana Hutaree, en Michigan. ¿Cómo puede ser que los que se dicen seguidores de quien ofreció la otra mejilla y amó a sus enemigos hayan incubado semejante odio y violencia? Desdichadamente, el cristianismo occidental ha apoyado guerras santas por un milenio y esto está profundamente incrustado en lo que se predicará a los cristianos este Viernes ‘Santo’.

Muchos cristianos participarán en servicios en los que se resaltarán las palabras del Jesús agonizante durante su crucifixión. En un Viernes ‘Santo’, en 1095, los peregrinos de la Primera Cruzada —que se dirigieron a Jerusalén para recuperar para Cristo la ciudad— hicieron una pausa en su camino, en Renania, para la matanza de 10,000 judíos por ser ‘asesinos de Cristo’. Este enfoque en el genocidio de todos los ‘infieles’ se sustentó en la nueva idea que proclamaba que la crucifixión de Jesus habría salvado al mundo. Esta nueva idea se presenta en dos formas principales: una, impulsada por los evangelicalistas conservadores, y otra, por los cristianos más liberales.

En el año 1098 el Arzobispo Anselmo de Canterbury (1033-1109) resumió la idea evangelicalista de la salvación: proclamó que la crucifixión de Jesús habría sido querida por Dios para salvar al mundo. Su idea, ahora llamada ‘teología de la satisfacción substitutiva o expiación vicaria‘ proclamaba que la naturaleza pecaminosa de la humanidad había deshonrado a Dios y que había acarreado consigo una magnitud de deuda de pecado que era imposible pagar. Por ello Dios había enviado a Jesús en substitución nuestra como el único sacrificio sin pecado con la capacidad de redimir el pecado. Anselmo también enseñó una piedad de un crudo terror al infierno para hacer más persuasiva su visión —que, en mi opinión, sustenta la fe en una abnegación de la responsabilidad ética personal y en la cobardía.

El oponente de Anselmo, Abelardo, se preguntaba quién podría perdonar a Dios por asesinar a su propio hijo. Abelardo, el pensador preferido de los liberales, pensaba que el Dios de Anselmo no sería digno de adoración. Propuso una idea basada en el amor de Jesús demostrado en su disposición a morir. Jesús reconcilió a la humanidad con Dios a través de revelar la horrible magnitud de los pecados que lo mataron. Nos perdonó, a sus asesinos, incluso a la muerte. Al reconocer esto, nuestros corazones son transformados y llegamos a amar a Dios tan profundamente como Jesús nos amó. Estamos unidos en un amor autosacrificial. Esta versión de la expiación confunde la pasividad y la ausencia con el amor.

Semejantes interpretaciones de los hechos cristianos que recordamos este Viernes ‘Santo’ sustentan la idea de que Dios requeriría de la violencia para salvar al mundo. Si la gente cree que Dios usa la tortura y el asesinato, ¿cómo disuadirla de hacer lo mismo? O erróneamente responden al uso abusivo del poder con una abnegación hacia el poder. Confunden la resistencia no-violenta al mal con su aceptación.

Muchos cristianos de hoy se rehusan a asumir una fe que exija de nosotros estar agradecidos por la tortura y muerte de Jesucristo. Se nos acusa de querer un cristianismo ilusamente optimista sin la cruz. Y yo pregunto ¿cuál cruz? Las primeras imágenes de la cruz —que se remontan a mediados del siglo IV— simbolizan la resurrección, el árbol de la vida, el paraíso en este mundo y la transfiguración de la palabra por el Espíritu. Estas cruces no son sobre el sacrificio, ni la amortización de las deudas del pecado.

El cristianismo que es fiel hacia la vida de Jesucristo relata su muerte como una historia de resistencia ante el Imperio Romano, no como una historia de cómo el Imperio habría cumplido la voluntad de Dios. Roma usó la crucifixión contra los no-ciudadanos, los pobres y los esclavos. Más como un linchamiento que como una ejecución formal, comenzaba con formas de tortura horribles diseñadas para prolongar la dolorosa agonía por días. Una muerte rápida habría sido misericordiosa. Los cuerpos eran dejados expuestos a los elementos y eran devorados como carroña y se pudrían. No tenían lugar los entierros en esta forma de muerte. Era una muerte tan horrible que los escritores antiguos, con la excepción de Séneca, permanecieron en silencio al respecto, y las familias de las víctimas nunca volvían a mencionar los nombres de los muertos así.

Los evangelios construyeron una resistencia innovadora de resistencia a la crucifixión. Rechazaron el terror que producía la crucifixión y contaron la historia de otra manera, contra el principio del hecho histórico y con el principio del amor y la resistencia. Relataron que Jesús no había padecido rotura de huesos y habría muerto pronto. Que sus amigos habrían bajado su cuerpo intacto el día de su muerte le habrían dado un entierro apropiado. Que lo habrían vuelto a encontrar en el jardín, junto a la orilla, al partir el pan y decirles que prosiguieran su ministerio. Lo experimentaron como mucha gente y culturas experimentan a los que mueren, como todavía presentes en visiones, sueños y rituales. Estos detalles amorosos contaban que Roma había sido impotente para borrar a Jesús de la memoria, para negar su humanidad, o para terminar su trabajo por la justicia, sanación y paz.

Los primeros cristianos contaron el relato de la muerte de Jesús como una lamentación y una remembranza que resistió a Roma. Los escritores de los evangelios usaron la lamentación de los salmos para vincular su muerte con matanzas imperiales anteriores que habían acontecido a su gente. El Salmo 22, en labios de Jesús, evocaba vívidamente los amargos lamentos que incluye. Al usar literatura sagrada para exponer lo que la tortura le hizo a él y a su pueblo, los escritores de los evangelios trajeron su testimonio ante una más elevada corte de apelaciones que la de los semejantes a Pilatos y entretejieron a Jesús en una historia de violencia contra todos los que abogan por la justicia. Su relato afirmó la presencia divina en la carne humana, en el Jesús que les mostró cómo vivir antes de su muerte y les reveló un amor más fuerte que la muerte, la tortura y el sufrimiento. En el Nuevo Testamento, el apostol Pablo sostuvo que Jesús habría muerto una vez para derrotar a los poderes de la muerte, que no tenían poder sobre él, pero los cristianos adoraron al Jesús resucitado.

La crucifixión fue pensada y realizada para salvar al Imperio —pero hubo quienes dieron testimonio del amor encarnado de Dios y quienes testificaron que la resurrección salvó a la iglesia. Si los cristianos rechazaron el propósito imperial de la crucifixión, hemos de romper el silencio siempre que la violencia se use para avergonzar, producir temor, fragmentar a la comunidad humana, o suprimir nuestro trabajo por la justicia económica, el cuidado de la salud y la paz. Debemos ofrecer un camino para sostener esta vida con sabiduría sobre el mal, con pena por todo lo que destruye y con un muy profundo amor por la vida.

La teología de la redención dice: “Jesús murió para que pudiéramos vivir”. Esto sugiere que la tortura y el asesinato lamentados en este Viernes ‘Santo’ habrían sido ‘buenos’. Los cristianos que sustentan su poder en el duelo divino amoroso del Viernes, mantienen la vigilia hasta el amanecer del Domingo, y dicen con alegría, “Jesús vivió para que todos pudiésemos vivir”.

Algún material para esta reflexión fue tomado de mi libro: Saving Paradise: How Christianity Traded Love of This World for Crucifixion and Empire, en coautoría con Rebecca Parker (Beacon, 2008, savingparadise.net).

Tomado de:
http://www.huffingtonpost.com/rita-nakashima-brock-ph-d/on-good-friday-did-god-us_b_519347.html

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Imago Dei: ¿Qué quiere Dios de nosotros?

13. agosto. 2009

(basada en Dios en la Biblia de Jonathan Kirsch)

Sus múltiples rostrosSus múltiples rostros

A lo largo de la historia humana uno de nuestros grandes anhelos ha sido averiguar qué querría Dios de nosotros, imaginar cuál sería la Imago Dei (Imagen de Dios), atisbar el divino rostro…

Para crédito de los autores originales de la Biblia (y los editores que compilaron sus escritos), pretendieron ofrecernos una vasta antología de relatos acerca de Dios, rica y diversa, y tuvieron la suficiente entereza para invitarnos a elegir entre las varias caras de Dios que ahí encontramos. La Biblia es también un esfuerzo por colmar con literatura el vacío en forma de Dios. Nunca muestra a Dios manifestándose a sí mismo en la forma del sol o de la luna, de piedra o de árbol, de toro o de serpiente. En realidad, la Biblia condena todas aquellas expresiones simbólicas de lo divino, tan comunes y tan socorridas durante las prácticas rituales del mundo antiguo, como una “abominación”. Entonces se nos deja con el mandato de vernos a nosotros mismos en la imagen de Dios, y con el impulso de verlo a él estrechamente parecido a nosotros.

Para el profeta Elías, quien suplicó a Dios se le revelara en toda su gloria así como lo había hecho alguna vez ante Moisés, Dios se manifestó con más elegancia e, incluso, apremio. En la cima de una montaña sagrada, escondido en la hendedura de una roca, Elías esperó la aparición prometida del Todopoderoso y la Biblia describe lo que vio:

«Y he aquí que pasó el Señor, y delante de él corrió el viento fuerte e impetuoso, capaz de trastornar los montes y quebrantar las peñas a su paso, pero no estaba el Señor en el viento; y después del viento vino un temblor de tierra, pero no estaba el Señor en el terremoto; y luego de éste vino un fuego, pero el Señor no estaba en el fuego; y tras el fuego, llegó un soplo de un aura apacible y suave».

Confieso que, por una razón completamente personal, yo encuentro en la representación de Dios referida como un “soplo de un aura apacible y suave” una resonancia profunda. Si alguna vez he experimentado la voluntad de Dios, fue el día que vi a un pequeño niño cruzando distraídamente una calle en hora pico y, sin pensarlo, paré mi carro, atravesé la vía en pleno tránsito, levanté al pequeño, lo llevé a un lugar seguro, regresé a mi carro y seguí mi camino. No estoy proponiendo que actué con heroísmo. Todo lo contrario; lo hice sin reflexión o intención verdadera. De alguna manera, sin saber por qué o cómo, me encontré llamado a hacer lo que podía para salvar al niño del peligro. Para decirlo de otra forma, un “soplo de un aura apacible y suave” me instruyó a que lo hiciera.

Si la Biblia define a Dios en modo alguno, la definición debe expresarse en el vocabulario de moralidad humana: “¿Y qué es lo que el Señor pide de ti? —preguntó el profeta Miqueas—. Sólo que obres con justicia y que ames la misericordia, y que andes solícito en el servicio de tu Dios”.

Al fin, la sola noción de Imago Dei —la aspiración humana de moldearnos a nosotros y a nuestras vidas según la imagen de Dios— debe reducirse a términos puramente humanos. Nikos Kazantzakis, autor de La última tentación de Cristo, narra la anécdota de un indigente que, así como Elías, suplicó se le permitiera mirar a Dios, aunque se preguntaba cómo podría verle sin que su luz divina lo cegara.

“Entonces, Dios se convirtió en trozo de pan, en vaso de agua fresca, en túnica tibia, en cabaña, en mujer que amamanta a un infante —escribió Kazantzakis—. ‘Te agradezco, Señor —murmuró—. Te humillaste a ti mismo por mí. Te transformaste en pan, agua, en túnica tibia y en mi esposa e hijo para que yo pudiera verte. Y te vi. ¡Hago reverencia y honro tu amado rostro de múltiples rostros!”

Además de sublime —yo siempre me estremezco al leer estas palabras: “…pan, agua, una túnica tibia y mi esposa e hijo”—, el relato expresa una verdad fundamental acerca de la forma del vacío en forma de Dios en su alma y en la mía.

Ver el rsotro de Dios es tabú

Ver el rsotro de Dios es tabú

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La experiencia de la Pascua: La transformación de un gran escéptico

9. abril. 2009

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Materiales litúrgicos para el 15 de abril de 2001. Revdo Mark Belletini, Ministro de la Primera Iglesia Unitaria Universalista de Columbus, Ohio (Trad. Francisco Javier Lagunes Gaitán)
http://firstuucolumbus.org/sermons/mb20010415.htm

Palabras de apertura (lectura antífona)

Estamos aquí
para celebrar nuestras vidas y la Vida misma,

sea que florezca en delicadas flores de primavera
o brote con fuerza en mujeres, hombres y niños

que protestan a favor de la paz y por un mundo más justo.
El aleluya de esta Pascua es un llamado a un brote semejante,

una invitación a tal florecimiento.
Es un llamamiento en palabra, signo y música

a rehusarnos a sentir vergüenza por nuestro gozo y nuestro amor
Y así mismo, a todo lo largo de nuestro tiempo de adoración

(unísono) Que nuestra razón y nuestra pasión nos mantengan veraces hacia nosotros mismos, auténticos los unos hacia los otros, y fieles hacia aquellas visiones compartidas de lo que podemos llegar a ser juntos…

Afirmación

Regocijo pascual, tomado de “Sermons of the Big Joy”, James Broughton, 1994:

Sacúdete los escrúpulos.
Organiza tus sueños.
Profundiza tus raíces.
Extiende tus ramas.
Confía en las aguas profundas
y pon rumbo hacia la apertura,
aun si tú visión
te hunde.

Deja tu adicción
a la mofa y a la queja.
Abre un puesto de observación.
Baila en el borde.
Corre con tu fuego arrasador.
Estás más cerca de la gloria
al saltar un abismo
que al tapizar un bache.

Nada de pachorras.
Nada de dudas
Con toda intrepidez
Camina hacia la claridad.
En cada encrucijada
Prepárate
a toparte con lo asombroso.
Sólo el amor prevalece.

En ruta hacia el desastre
persiste en los cánticos.
Eleva tu aquello inefable
fuera de lo mundano.
¡Nada perece;
nada sobrevive;
todo se transforma!
¡Luna de miel con el Gran Gozo!

adoratrices

Llamado al gran silencio

La gloria silenciosa del amanecer
por el borde del bosque verde obscuro
se entreteje con cantos de pájaro.
El silencio de la rosa roja que florece
se entreteje con los gritos de los niños que juegan cerca.
El silencio de la luz de las estrellas tras las nubes
se entreteje con el zumbar de un avión detrás de ellas.
El silencio de la página blanca
se entreteje con las negras notas de un himno coral,
y así permite llevar la música de generación en generación.
El silencio de quien sufre se entreteje con lágrimas.

El silencio y el ruido están entretejidos para siempre.
El universo entero se tensa al tejer lo que no puede ser rasgado.

Ahora la quietud se entremezcla con el alboroto, la vida con la muerte,
la caída con el ascenso, todo opera en conjunto para hacer una integridad,
una maravilla, los emblemas del Gran Gozo mismo.

Bendito sea entonces el silencio que sigue a estas palabras, y que precede a otras palabras. Sin él, el todo estaría arruinado, las canciones serían mero ruido, la trama de la creación estaría hecha jirones. Por lo tanto, ofrezco acoger al silencio como presencia, no como ausencia, pues no habría universo sin él.

(Sonido de campana)

Algunos en esta congregación viajan esta semana.

Otros reciben a familiares y amigos en su casa. Otros, como Lisa Cox, yacen en camas de hospital, llevados y traídos entre el sueño y la angustia. Algunos tendrán una cena especial esta tarde, otros darán paseos, otros podrían leer solos, contentos por unos pocos momentos de recuerdo y soledad. Sea lo que sea que hagamos, todos estamos conectados, entretejidos en un todo, e incluso la ausencia es una presencia para nosotros. Por lo tanto nos sentamos juntos esta vez para traer a nuestra mente la muy real comunión de la que somos parte, nombrando en nuestros corazones, o en voz alta ante la comunidad, como lo deseemos, a todos aquellos que están presentes para nosotros en nuestros afectos, nuestros recuerdos, y nuestras luchas.

(momento para nombrar a personas significativas a las que les agradecemos o que nos preocupan)

La primavera también es un tejido de recuerdo y esperanza, de verde y rosa, de alabanza y anhelo. La Pascua es un tejido que despilfarra aleluyas con flores increíbles, brisas fragantes, y la sangre que se derrama en la fiebre primaveral.

Hoy es la primavera del espíritu, el cambio del corazón prófugo hacia la vida, el canto, el canto y el canto del Gran Gozo en el corazón de todas las cosas.

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Primera lectura

La lectura de hoy proviene de la autobiografía del ganador del Premio Nobel y destacado filósofo, matemático y autor, Bertrand Russell (1872-1970), escrita en 1946. Cabe hacer notar que cuando Lord Russell usa la frase “educación de la escuela pública” se refiere al sistema británico que conoció en su tiempo.

“…Cuando llegamos a casa, encontramos que la Sra. W. experimentaba un ataque de dolor inusualmente severo. Ella parecía aislada de todos y de todo por paredes de agonía, y la sensación de la soledad de cada alma humana me abrumó súbitamente. Prácticamente desde mi matrimonio, mi vida emocional había sido calma y superficial. Me había olvidado de todas las cuestiones profundas, y me contentaba con alguna agudeza poco seria. Repentinamente el suelo debajo de mí pareció desplomarse, y me encontré en una región completamente diferente. En cinco minutos, atravesé por reflexiones tales como las siguientes: la soledad del alma humana es insoportable; nada puede penetrarla, excepto la más elevada intensidad del tipo de amor que los maestros religiosos han predicado; cualquier cosa que no surja de este tema recurrente es dañina o, en el mejor de los casos inútil; se sigue que la guerra es errónea, que la educación de la escuela pública es abominable, que el uso de la fuerza debe desaprobarse, y que, en las relaciones humanas, uno debe penetrar el núcleo de la soledad de cada persona y hablarle a eso. Al final de esos cinco minutos, me había convertido en una persona completamente diferente. Por un momento, una especie de iluminación mística me poseyó. Sentí que conocía los pensamientos más íntimos de toda la gente que encontraba en la calle, y aunque se trataba, sin lugar a dudas, de una figuración, de hecho logré un contacto más estrecho del que había tenido previamente con todos mis amigos y muchos de mis conocidos. Habiendo sido un partidario del Imperio, me convertí por esos cinco minutos en… un pacifista. Durante años sólo me habían importado la exactitud y el análisis, de repente me encontré lleno de sentimientos semi místicos sobre la belleza, y con un intenso interés en los niños y un deseo casi tan profundo como el del Buda por encontrar alguna filosofía que hiciera soportable la vida humana. Me poseyó una extraña excitación, que contenía un inmenso dolor pero también algún elemento de triunfo a través del hecho de que podía dominar el dolor, e hice, conforme lo pensaba, una entrada hacia la sabiduría. La visión mística que imaginé que poseía en ese momento se ha desvanecido casi completamente, y el hábito del análisis se restableció. Pero algo de lo que pensé que vi en ese momento ha permanecido siempre conmigo, y fue la causa de mi actitud durante la primera guerra, de mi interés en los niños, de mi indiferencia hacia los pequeños infortunios, y de un cierto tono emocional en todas mis relaciones humanas.”

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Segunda lectura

Un maravilloso poema de Rosario Castellanos (Ciudad de México 1925-Tel Aviv 1974), escrito en 1960: Presencia

Algún día lo sabré. Este cuerpo que ha sido
Mi albergue, mi prisión, mi hospital, es mi tumba.

Esto que uní alrededor de un ansia,
De un dolor, de un recuerdo
Desertará buscando el agua, la hoja,
La espora original y aun lo inerte y la piedra.

Este nudo que fui (inextricable
De cóleras, traiciones, esperanzas,
Vislumbres repentinos, abandonos,
Hambres, gritos de miedo y desamparo
Y alegría fulgiendo en las tinieblas
Y palabras y amor y amor y amores)
Lo cortarán los años.

Nadie verá la destrucción. Ninguno
Recogerá la página inconclusa.
Entre el puñado de actos
Dispersos, aventados al azar, no habrá uno
Al que pongan aparte como a perla preciosa.
Y, sin embargo, hermano, amante, hijo,
Amigo, antepasado,
No hay soledad, no hay muerte
Aunque yo olvide y aunque yo me acabe.

Hombre, donde tú estás, donde tú vives.
Permaneceremos todos.

Sermón: La experiencia de la Pascua: La transformación de un gran escéptico

Mi abuelo, Nazzareno (‘Nazareno’) Belletini, habría sabido valorar el poema de Rosario Castellanos, esto es, si hubiera aprendido a leer poesía, lo que nunca hizo. Estaba demasiado ocupado con su jardín y su bodega de vinos como para hacer alguna lectura, demasiado ocupado creando la poesía de los tomates rojos, el verde obscuro del romero, el verde brillante de la espinaca, el rosado azuloso de los arbustos bola de nieve y el rubí profundo del vino, para encontrar alguna vez gran satisfacción en la clase de poesía hecha sólo con palabras. “Este cuerpo que ha sido mi albergue, mi prisión, mi hospital, es mi tumba”, escribe Castellanos. ¿Por qué le habría gustado a mi abuelo este poema? Porque recuerdo un día de Pascua, cuando yo tenía diez años, cuando sin querer lo escuché hablarle a mi padre sobre todas las cosas, sobre la muerte. “Oh, la muerte no me preocupa”, dijo él. “Como yo la veo, la vida es en mucho como pasar el día arreglando el jardín. Excavas, y azadonas, y podas, y deshierbas. Hueles los botones que florecen e imaginas cuán dulces sabrán los tomates en tu plato. Entonces, al final del día, yaces en tu lecho, satisfecho. Jalas la colcha por sobre tus hombros, y sientes que el sueño se posa cálido y pesado sobre ti”.

Nadie sabe realmente si se levantará por la mañana, pero sin embargo estamos contentos de dejar atrás nuestros achaques y dolores, y nos abandonamos lentamente al sueño para descansar y dormir.Cuando me llegue mi turno de morir, algún día”, siguió mi abuelo, “será lo mismo. Excepto que el día en que yazga en la misma tierra en la que crecen mis tomates, y deje que la tierra misma sea mi cobija. Estaré feliz de quedarme dormido, sin pensar, como siempre, en levantarme –o no– por el clima, simplemente satisfecho de que viví, creé y amé”.

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Recuerdo cómo me sorprendió que dijera eso. Quedé aturdido hasta el centro de mi ser de diez años. Después de todo, en mi escuela dominical de la iglesia se nos enseñaba que la muerte era algo de lo que había que preservarnos. Se nos enseñaba que la muerte daba un ‘aguijonazo’, como un alacrán y que todos los seres humanos estarían felices de tener la oportunidad de vivir para siempre. Mi abuelo, sin embargo, no parecía querer vivir para siempre. Y eso simplemente me asombró.

Ahora que, debo decirles que mi abuelo nunca leyó un libro, en especial ningún libro de filosofía de Bertrand Russell. Estoy seguro de que él nunca escuchó siquiera la palabra ‘filosofía’. Nunca asistió a una escuela un sólo día de su vida. Creció con gran pobreza en la comarca montañosa de Modena, Italia, en una pequeña villa llamada Fannano.

Cuando era él todavía un niño, dejó Italia y trabajó con su hermano Pipa en una mina de carbón en Córcega. Los dos hermanos se arrastraban sobre su vientre diariamente por un pasadizo de menos de medio metro de alto. Ellos hicieron esto por años, a cambio de ganar unos cuantos centavos. Él inmigró a los EUA cuando joven, a los 17 años, sólo para terminar trabajando acá en peligrosas minas, también. Sus pulmones quedaron negros como el alquitrán por toda una vida de ese trabajo. Frecuentemente estaba enfermo debido a su trabajo. Incluso perdió uno de sus ojos.

Pero fue más que un hombre de trabajo. Él fue un hombre de penas. Miren, cuando vino a este país dejó a sus padres y nunca volvió a verlos o a hablar con ellos. Sin estudios, tuvo que abrirse camino en un país con un idioma y costumbres extraños. Él y mi abuela siempre fueron muy pobres. Pienso que probablemente se den cuenta de que su vida no fue fácil. Y aun así, a pesar de esto, no pasó sus días a la espera de otra vida, de ser indultado de la muerte, de una resurrección salvadora prometida para algún día. Y esto me asombró. Mi abuelo no había terminado de hablar con mi padre. Parecía haber supuesto, de alguna forma, que Jesús debía haber sido un campesino pobre de las montañas, más o menos como él. Esta es la razón, supongo, por la que terminó su conversación con mi padre ofreciéndole esto: “Estoy seguro de que Jesús debe haber sido un muy buen hombre. Pero cuando lo asesinaron”, dijo él, “su cuerpo también lo pusieron bajo la cobija de la tierra, y ahí es donde terminó”. Obviamente, el relato tradicional de la Pascua no tenía sentido para él.

No tiene sentido para mucha gente moderna, como ustedes lo saben bien. Para nosotros, los modernos Unitarios Universalistas tampoco aunque con frecuencia somos mucho más educados y afortunados que mi abuelo ya que hemos compartido la opinión de mi abuelo sobre la Pascua por muchos años.

Oh, ha habido algunas excepciones, lo sé. Siempre ha habido una amplia variedad de creencias entre nosotros sobre tales cosas. Y sí, algunos individuos encuentran importante afirmar que algo bueno le sucede a la gente luego de morir, como lo mantuvieron tan elocuentemente nuestros antepasados Universalistas[1] por cientos de años [preconizaban que un Dios de amor era garantía de la salvación universal de todas las almas].

Pero tengo claro, por lo menos, que la gran mayoría de nosotros no dedicamos mucho tiempo a imaginar una vida después de esta, como quiera que sea concebida. Parece que nos enfocamos principalmente en este lado —antes de la tumba— sin que nos importe tanto lo que suceda finalmente a los individuos después de morir. Y yo, al menos, considero que esta es una posición profundamente espiritual, y sí, incluso religiosa.

Ahora que, cuando pienso personalmente en Jesús, el hombre cuyo nombre se asocia tanto al día de Pascua, tiendo a no pensar en su triste y cruel muerte, o en su sospechosamente escandaloso y altamente fabulado nacimiento. Como mi abuelo, imagino su vida, sus horas diarias, no su muerte perturbadora. Pienso en su pasión ética. Pienso en su vida deliberadamente pacífica. Pienso en su llamado a todos los que lo escuchaban, en su invitación a transformar así la sociedad, las penurias de la pobreza, la enfermedad, y para que la crueldad cultural ya no llevara la voz cantante y distorsionara la poderosa y central realidad del amor… un amor que se refleja principalmente en amabilidad y compasión. Y con todo y mi típica visión Unitarios Universalistas atípica sobre el domingo de Pascua, siempre me intrigó el relato de la transformación que representa la Pascua.

¿Lo ven? Así como mi abuelo, no encuentro personalmente que mi muerte deba ser remediada con la resurrección, como sea que la definamos. Como la mayoría de los Unitarios Universalistas modernos, mis experiencias de vida me han vuelto receloso de aceptar relatos con resonancias fuertemente teológicas como si fueran alguna clase de historia sensata, lo que es esencial para mi bienestar personal y espiritual.

Pero no puedo negar que bajo todos los asombrosos relatos de la Pascua, con sus contradicciones y desaciertos, hay un registro auténtico de una asombrosa transformación que te cambia la vida.

No que transforme un cuerpo crucificado en algo reluciente.

No de una tumba ocupada que se haya quedado vacía. Sino de la transformación de un grupo de campesinos sin estudios en un grupo de predicadores pacifistas que llegarían a desafiar el poder y las convicciones de un imperio basado completamente en la esclavización incuestionada de al menos la mitad de la población de esa época.

Como la mayoría de los estudiosos modernos, no tengo duda sobre que Jesús fue un maestro, uno amado por sus estudiantes. Debo señalar, sin embargo, que los estudiosos cristianos modernos como John Dominic Crossan[2], por ejemplo, sugieren que este maestro maravilloso fue asesinado súbita e inesperadamente. Fue asesinado, no debido a algún veredicto repentino o a una traición, sino simplemente debido a la ordinaria, anticlimática y bien engrasada maquinaria burocrática del gobierno, que no toleraba oposición alguna. No hubo nada heroico sobre la muerte de este maestro. La suya fue una típica, si bien completamente injusta, crucifixión de un no-ciudadano de las provincias del Imperio Romano, ejecutada por un gobernador particularmente inflexible y malhumorado.

Para sus estudiantes que lo amaban, desde luego, se trató de un drama. Quedaron absolutamente devastados.

Pienso que puedo imaginar cómo se habrá sentido esta devastación en parte, debido a que no puedo creer que haya sido muy diferente de la que sentí luego de que mi mejor amigo Esteban, en California, murió luego de un terrible periodo de un sufrimiento completamente increíble[3]. Él era algo como un maestro para mí también, y para Ricardo, su compañero de vida.

Luego de su muerte quedé casi paralizado. Apenas pude levantarme de la cama durante semanas, incluso meses. El hecho de que predicara los domingos durante ese periodo podría considerarse honestamente un milagro.

Un día, algunos meses después del entierro de Esteban, al caminar por un sendero en el Parque Golden Gate con muchos pinos torcidos verde obscuro, de la especie Monterey, la sensación de la presencia de mi amigo me abrumó repentinamente. Comencé a sentir como si su vida viviera en mí, como si su notable temeridad en situaciones sociales circulara por mis venas.

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Supe en mi corazón que esta fuerza podría estar conmigo, también, durante ciertas situaciones difíciles. Sabedor, luego de todos esos años de conversación profunda, de la profunda soledad que realmente zumbaba encubierta bajo su extravagante amor por los demás, comencé a desear comunicarme con los demás y ayudarlos de nuevas maneras, al mirar lo mejor que podía en lo más profundo de su alma, no a sus caras sonrientes que dicen: “Oh, todo está muy bien”.

El sol comenzó a ponerse al oeste del parque hacia el plateado Pacífico. La primera estrella despuntó en un cielo azul violeta. Y me pareció, al ver esta estrella enmarcada por las ramas obscuras de un pino, que sería casi tan fácil para mí escoger esta estrella y sostenerla en mi mano, como sería alcanzar una piña del árbol. El universo se hizo muy pequeño por un momento. Tuve una sensación de iluminación mística, un sentimiento de que un vínculo iba de mi corazón hacia todos y todo lo demás. Me sentí infundido de una calidez y una maravilla que era puro gozo.

Me sentí como paralizado, en esa surgencia oceánica de la maravilla, por el sentido de la presencia de Esteban, mi mejor amigo.

Me di cuenta de que su amor por mí, su profunda y auténtica relación conmigo y con su pareja y compañero de vida y todos sus otros amigos, también era la mejor y más auténtica parte de mí, y que nada podría quitarnos eso.

Luego de este momento, me sentí como una persona algo diferente. Empecé a ser menos afectado por la gente que trataba de lastimarme, o por quienes intentaban usarme de alguna manera. Empecé a intentar encontrar otras maneras de responder, aparte de la ira y la arrogancia autocomplaciente. Traté de relacionarme con estas personas de manera más compasiva, más desde un sentido de paz en mi corazón, en vez de desde un deseo de venganza. No negaba que la gente me lastimara —¡háganme favor!— como hice estoicamente en otro tiempo. No, sentía el dolor profundamente y me desangraba emocionalmente por los cuatro costados. Pero entonces, con todo cuidado me rehusé a pagar con la misma moneda.

Cuando leo la sección de la Autobiografía de Bertrand Russell que escucharon esta mañana, comienzo a pensar en el significado de la Pascua bajo una luz, precisamente, la luz de mi propia experiencia mística en el parque.

Pues, se los aseguro, pese a las tontas y muy negativas definiciones de lo místico que se encuentran frecuentemente en la prensa popular, e incluso entre los religiosos liberales, la palabra ‘místico‘ tiene un sentido muy positivo. La palabra místico significa más profundamente… aceptar la sabiduría de la experiencia sin limitarla con el concepto; esto significa aceptar y ser conmovidos por la maravilla de la comunión interior antes de intentar una interpretación que necesariamente la desvirtuará. Pienso que el Dr. Einstein, lo dice bien en su famosa cita:

La emoción más sutil de la que somos capaces es la emoción mística. Aquí yace el germen de todo arte y ciencia verdadera. Todo aquel para quien este sentimiento le sea extraño, que no sea capaz de asombrarse y viva en un estado de miedo es un hombre muerto. Saber que lo que es impenetrable para nosotros realmente existe y se manifiesta como la más alta sabiduría y la belleza más hermosa y que sólo sus formas más groseras son inteligibles para nuestras pobres facultades –este conocimiento, este sentimiento… este es el núcleo del verdadero sentimiento religioso. En este sentido, y sólo en este sentido, me considero un hombre profundamente religioso”. Albert Einstein, 1947.

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Lord Russell (quien ciertamente no era cristiano, como lo deja muy claro en su famoso ensayo Por qué no soy cristiano) una vez escribió un libro titulado ‘Misticismo y lógica’ en el que critica fuerte las inexactitudes de tales sentimientos místicos.

Encomia a la lógica severa como lo mejor de ese par.

E incluso en su autobiografía, Lord Russell afirma que un solo arrebato de éxtasis místico de cinco minutos de duración, detonado por estar en presencia una persona sufriente, una cierta “Sra. W.”, transformó su vida hasta el fin de sus días.

De repente se encontró lleno de un sentido de conexión íntima con todas las cosas. Se dio cuenta de que se había transformado, en un muy breve momento de revelación mística, de ser un comprometido partidario del Imperio Británico pasó a ser un pacifista.

El pacifismo y su renuencia a apoyar la violencia, aunque no tan rigurosa como la del Sr. Gandhi (1869-1948), fue parte de su vida hasta el día de su muerte, de acuerdo con todos sus biógrafos. Las relaciones de Russell con las otras personas se volvieron más cálidas, más genuinas. Su amor por los niños se profundizó especialmente. Él, el gran agnóstico, con una actitud marcadamente negativa hacia todas y cada una de las religiones, súbitamente habla con añoranza del “amor que los maestros religiosos han predicado”. Incluso compara su revelación como algo similar al tipo de Iluminación por la que luchó el gran Buda.

Lord Russell usa una notable imaginería en su descripción de su experiencia mística. Escribe: “Repentinamente el suelo debajo de mí pareció desplomarse, y me encontré en una región completamente diferente”.

¿Debo acaso suponer que al gran genio matemático, Bertrand Russell, realmente le quitaron el suelo debajo de sus pies, o que fue transportado por un ángel hacia otra tierra? No, no, desde luego se trataba claramente de metáforas, de figuras discursivas, de formas poéticas de hablar sobre sentimientos de comunión y de transformación ética que son imposibles de describir con palabras.

Pero me parece que tal imaginería no está realmente muy lejos de la imaginería de los relatos del Evangelio sobre la Pascua, que habla de cosas igualmente concretas… la tierra que se sacude cuando Jesús muere, una gran piedra que se desplazó de la entrada de la tumba.

¿Acaso tratarán de convencerme de que quienes escribieron estos relatos de verdad usaban el lenguaje de manera completamente diferente a la de Bertrand Russell? ¿Podrán hacerme creer que cuando dijo que la tierra se hundió debajo de él, se trató solamente de una metáfora, pero cuando ellos dijeron que la tierra se sacudió, no lo era?

El “joven sentado en el lado derecho” del sepulcro en el evangelio de Marcos, dice a las mujeres dolientes que llegaron para llorar su pena que no deben buscar “algo vivo entre las cosas muertas”. El Jesús resucitado se ha ido a otra región, “hacia la Galilea”, dice el joven. “Vayan y digan a sus discípulos… que él va delante de vosotros a Galilea”.

¿Y qué hay a su regreso a Galilea? Pueden imaginárselo, ¿no es así? Sus familias, sus barcas, sus redes de pesca anudadas, sus vidas cotidianas, sus niños, los pesados impuestos del gobierno, y las ordinarias tonterías burocráticas de la época. Eso es lo que los espera en Galilea. No un cuerpo resucitado, algo más muerto que vivo, sino algo completamente vivo… ellos mismos al vivir sus vidas.

Ellos mismos se transformaron por sus meditaciones místicas y metafóricas sobre el sufrimiento de su maestro. La experiencia de Lord Russell fue también detonada por el sufrimiento de un ser humano, de una cierta Sra. W.

Mi abuelo conoció el sufrimiento, también; vio bastante de ello.

Además de la parte que le correspondió, si la mitad de los relatos con los que fui criado fue medio cierta. Pero yo solamente lo conocí como a alguien completamente vivo, vivo en su jardín, vivo en su bodega de vinos, vivo con sus nietos a quienes lanzaba por los aires, vivo en su amor por mí.

Pero él creyó que cuando muriera, su capacidad de decir, ‘Soy Nazzareno’ sería enterrada con él bajo la tierra. Y aunque no tenía ninguna duda de que yo seguiría vivo luego de su muerte, y de que mi capacidad de decir, “Soy Mark” podría y probablemente surgiría de la parte más profunda de su alma.

¿De su alma? Sí, su alma… su capacidad de amar y de sostener relaciones que nos rediman.

De una manera similar, uno de los predicadores pioneros de la idea de resurrección[4] llegó a sus conclusiones sobre lo que tal idea podría significar al perseguir (es decir, inflingir sufrimientos) sobre varios de los discípulos de Jesús. Escribió sus cartas sobre sus ideas mucho antes de que cualquiera hubiera sugerido la metáfora de la tumba vacía.

En una experiencia mística que tuvo, imagino que oía una voz que le preguntaba, “¿Por qué me lastimas así?” “No te lastimo”, dijo el predicador. “Oh sí, pero yo soy Jesús, y cuando lastimas a mis discípulos, me lastimas a mí”.

Es claro para mí que este predicador nunca entendió la resurrección como un hecho literal, sino como el reconocimiento convincente y transformador de la vida de que todos estamos profundamente conectados los unos con los otros, y de que lastimar a cualquiera es lastimar a todos.

En cualquier caso, como yo lo veo, si la sobrevivencia de mi propio ‘Yo soy’ fuese tan importante, ¿De qué ‘Yo soy’ se trataría? ¿Del incómodo de 10 años? ¿Del dudoso de 30 años? ¿Del doliente de 40 años? ¿Del trabajador dedicado de 51 años de edad? ¿Del eco vacío de mi mente desmontada por el Alzheimer a los 90 años?

No, la parte más profunda de mí no es cuando digo, ‘Yo soy’.

La parte más profunda de mí es cuando me relaciono amorosamente contigo, conmigo mismo, con los árboles, con la tierra, con el recuerdo de un amigo bienamado, con el recuerdo de un gran maestro ético.

Y ese amor, esa relación, es lo que me sobrevive, es lo que surge en el aleluya “por siempre jamás, Amén”.

Como Rosario Castellanos nos lo recuerda en su poema, “No hay soledad, no hay muerte aunque yo olvide y aunque yo me acabe. Hombre, donde tú estás, donde tú vives. Permaneceremos todos”. Sobrevive en nuestras relaciones, en nuestra comunión de relaciones, no en nuestro idiosincrásico ‘Yo soy’.

La Pascua no es para mí un domingo particular de abril o marzo. El día de la Pascua, el Gran Gozo, es cuando ya no pienso más que mi yo es más importante que la trama de la red, la red, la comunión de relaciones transformadoras entre las que vivo. Es elegir, al menos, vivir cada momento de mi vida, sentirlo todo, amarlo todo, y rehusarme a lastimar o a controlar a otros como si yo fuera más importante que ellos. Insistir en vivir de cualquier otra manera, según me temo, es no vivir en absoluto. Y como el hombre en la tumba preguntó: “¿Por qué alguien buscaría lo que está vivo entre los muertos?”

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Notas:

[1] El Universalismo fue una rama del cristianismo sobrenatural que enseñó que luego de la muerte, todos eventualmente alcanzarían a ir al cielo, que Dios era demasiado bueno para castigar a cualquiera por toda la eternidad. Conforme la gente comenzó a perder interés en el “infierno”, hace cosa de un siglo, los usamericanos también empezaron a descubrir religiones de allende los mares. Entre más religiones estudiábamos, más veíamos que, aunque eran completamente diferentes, todas parecían preocupadas con cosas similares: sentido y propósito en la vida, preocupación por la ‘vida eterna’ (en su sentido literal de ‘vivir por siempre’ o en su sentido liberal de ‘vivir en armonía con valores eternos’), y así sucesivamente. Aparentemente todos los caminos religiosos no llevaban al mismo lugar, sin embargo, conducían a lugares muy parecidos. De aquí surge el nuevo significado de ‘universalismo’, referido a esta idea de que una gran variedad de caminos religiosos son formas de vida aceptables y dadoras de vida”. Revdo. Dr. Davidson Loehr

[2] John Dominic Crossan, católico. Profesor Emérito de Estudios Religiosos, Universidad DePaul, Chicago. Ha escrito veinte libros sobre el Jesús histórico en los últimos 30 años, entre ellos: ‘El Jesús histórico’ (1991), ‘Jesús: Una biografía revolucionaria’ (1994), ‘¿Quién mató a Jesús?’ (1995), y ‘El nacimiento del cristianismo’ (1998). Fue codirector del grupo académico interdisciplinario no-denominacional Jesus Seminar, y anterior director de la Sección del Jesús Histórico de la Sociedad para la Literatura Bíblica, una asociación académica internacional para el estudio de la Biblia.

[3] La hagadá de Ricardo, por Mark Belletini, narrada por Katie Lee Crane. Este relato es una hagadá contemporánea ‘La haggadá de Ricardo’. No es fácil de escuchar, pero es importante de recordar:

Sucedió en un apartamento en la Calle de Noe, en San Francisco, en la primera noche de Pésaj, la Pascua Judía. Es el relato de una Séder —o cena ritual de Pésaj— sin comida. Había tres hombres adultos en el apartamento. Esteban acababa recién de llegar a casa después de algunas semanas en el hospital. Había sufrido una grave reacción alérgica a un medicamento, lo que le provocó que perdiera su piel. Perdió sus encías, sus uñas, sus párpados, su lengua, su cuero cabelludo —cada centímetro de piel que cubría su cuerpo se había descarapelado. Y, como parte de la respuesta alérgica, el cuerpo de Esteban se escoció a sí mismo. Fue como si toda la superficie de su cuerpo estuviera cubierta con quemaduras de segundo grado. Nadie había sobrevivido nunca a esta horrible experiencia. El caso de Esteban era el peor registrado en su tipo. Y aunque Esteban sobrevivió y estaba en casa, estaba débil y con gran dolor.

Su amante y compañero de vida, Ricardo, estaba al lado de su cama. También Mark. Mientras Esteban dormía, Marky Ricardo fueron a la cocina a tomar un descanso. Ahí, entre pilas de correspondencia sin abrir, revistas, diarios y envases vacíos de jugo, se sentaron juntos, tranquilamente. Hablaron de cualquier cosa. Entonces Mark recordó que era la primera noche de la Pascua.

Mark sabía que ambos hombres se reunían con otros amigos para la cena de la Séder de Pésaj. De repente, Mark preguntó, —“¿No vas a ir a ninguna Séder?”

Y Ricardo, quien primero abrió los ojos sorprendido sin mirar a ninguna parte por un momento, respondió suavemente: —“¿Para qué, Marcos? Ahora estamos en nuestra Séder —tú y yo— aquí, en esta mesa”.

—“¿No saboreas las hierbas amargas, y la sal en tu lengua? ¿Acaso no comprendes que el pan que comimos esta noche nunca se esponjará? ¿No te das cuenta que caminamos por un páramo desolado y que no sabemos hacia dónde vamos? ¿Acaso no sabes que esta ES la Pascua?”

¿Qué hizo que esa noche fuera diferente de otra noche?

Dos hombres, miembros integrales de la familia de Esteban, estábamos reunidos alrededor de una mesa de Formica, en un apartamento en la calle de Noe, y sollozamos … y recordamos.

Como millones que han sido separados, rechazados, torturados, oprimidos, perdidos o arruinados, como millones que no tuvieron nada qué comer, ni un lugar para la cena ritual, ellos regresaron al antiguo relato de esperanza.

Volvieron a revivir el relato de la libertad. Y se reconfortaron allí, en esa mesa.

* ‘Hagadá’ es, en el judaísmo, el cuerpo de la erudición rabínica no jurídica, que incluye leyendas, anécdotas y parábolas que sirven para ilustrar los principios religiosos y éticos de la ley tradicional compilados en el Talmud y el Midrás durante los primeros siglos de la era cristiana. El término Hagadá sirve también para designar el libro de oraciones que se utiliza en el Séder, o cena ritual de la Pascua judía.

[4] Alusión a Saulo de Tarso, luego conocido como San Pablo.

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Las cuatro caras de Jesús (V.2004)

6. abril. 2009

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Revdo. Dr. Davidson Loehr, 23 de mayo de 2004, Primera Iglesia Unitaria Universalista de Austin, Texas, (Trad. Fco. J. Lagunes G.)

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Plegaria

Oramos, no a algo, sino desde algo a lo que debemos dar voz;
no para desentendernos de nuestra vida, sino para enfocarla;
no para renunciar a nuestra mente, sino para restaurar nuestra alma.

Oramos por poder vivir con honestidad:
para que podamos aceptar quiénes somos,
y admitir quiénes no somos;
para que no nos ensordezcan el orgullo y el miedo,
y no ignoremos el suave susurro de la vocecilla dentro de nosotros,
que podría conducirnos hacia fuera de la oscuridad.

Oramos para que podamos vivir con confianza y apertura:
hacia aquellas personas, aquellas experiencias, y aquellas transformaciones
que pueden salvarnos de la estrechez de miras y la desesperación.

Y oramos a favor de estas esperanzas
con el corazón abierto, el alma honesta
y una reverencia agradecida por la vida que nos ha sido dada.

Amén.

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Sermón: Las cuatro caras de Jesús


Relato: El mago

Era un tiempo de luchas terribles. Por todas partes, la gente estaba dividida en grupos separados, como pequeños clubes. Y en todas partes peleaban contra toda la gente que no estaba en su pequeño club.

Todos decían que odiaban el enfrentamiento, desde luego. Pero todos sabían que solamente la gente en su pequeño club tenía realmente la razón. Y dado que tantos otros estaban equivocados bueno, todos ellos rezaban para que Dios les diera la victoria sobre los demás, y así terminara la lucha. Pero mientras tanto, era una época de enfrentamientos terribles.

Un día, un joven mago vino a esta región. Él no parecía pertenecer a ninguno de sus clubes, pero era un maravilloso mago y realizó algunos trucos sorprendentes. Tenía en él esa clase de ‘cualidad estelar’ que atraía a la gente. Mucha gente amaba mirarlo, aunque no les interesaba gran cosa escucharlo, debido a las cosas que les decía.

Lo que les dijo fue que si no estuvieran divididos en tantos clubes, no habría tanto enfrentamiento. Sus clubes, les dijo, eran la causa de sus guerras.

Para la gente, esta era la cosa más estúpida que nunca habían oído. Sus pequeños clubes les daban una minúscula área de paz y amistad entre gente como ellos mismos, en un mundo de otra manera hostil. A ellos les gustaban sus clubes. Así que casi nunca escucharon cuanto el mago trató de enseñarles. Pero amaban su magia, así que siguieron yendo a verlo y comenzaron a contarse historias sobre lo grandioso que era como mago.

Años después, luego de la muerte del joven mago, una cosa chistosa sucedió, aunque no le hubiera parecido graciosa al mago. La gente formó un nuevo club. Y para estar en este nuevo club, tenías que creer todos los relatos que ellos contaban sobre el joven mago. Incluso hicieron imágenes y esculturas de él, que exhibían en sus lugares de reunión, para que la gente pudiera recordar cuán grande había sido.

El club llegó a ser popular y pronto tuvo miles de miembros. Antes de que pasara mucho tiempo, se hicieron incluso con un ejército.

Fue entonces cuando finalmente decidieron que podrían usar su ejército para terminar la lucha de una vez por todas. Sus sacerdotes y generales acudieron a sus lugares de reunión —que se habían convertido en iglesias— e hicieron como que hablaban a las imágenes y estatuas del mago muerto, como pidiéndoles su bendición. Después de todo, ¿no había hablado siempre el joven mago de traer la paz?

Fueron a la guerra. Fue una guerra larga, y mucha gente murió o resultó herida. Pero su ejército era mayor y ganaron. Obligaron a mucha, mucha gente a hacerse parte de su club, debido a que querían que entraran en razón —es tan importante estar en lo correcto.

Luego de las batallas, sus sacerdotes y generales fueron a la iglesia a dar las gracias. Se pararon frente a las imágenes y esculturas del mago muerto, y le contaron su orgullosa historia de la batalla victoriosa.

Entonces sucedió el milagro. Justo cuando todos los sacerdotes y generales miraban las estatuas y les hablaban de sus guerras victoriosas, todas las imágenes y estatuas empezaron a llorar…

El jóven mago, por supuesto, era Jesús.

sanador

Tiene riesgos despojar a un hombre como Jesús de su aureola y preguntarse qué clase de hombre fue, y qué tan sabias fueron realmente sus enseñanzas. Esto ofende a la imagen popular de Jesús, sentimental y soñadora, como el Hijo de Dios y salvador sobrenatural de la raza humana. Desde hace ya más de dos siglos, los estudiosos han sabido que aquellos eran atributos míticos inventados por sus seguidores mucho tiempo después de su muerte y que el Jesús real fue 100% humano —dado que esta es la única categoría que existe para nosotros. Llamarlo ‘Hijo del Hombre‘, en el sentido de ‘Hijo de Dios’ era una expresión poética, no una afirmación biológica, ni sobre su genética. No nos agradaría vivir en un mundo construido de tal manera que la gente pudiera recibir la mitad de sus cromosomas de un humano y la otra mitad de un dios celeste, sin duda esto tampoco habría complacido a sus contemporáneos.

Quiero respetar la verdad sin rendir culto al mito esta mañana, por medio de la sugerencia de que este hombre, Jesús, tuvo por lo menos cuatro diferentes aspectos, o ‘caras’. Un aspecto fue inútil, un segundo —el más ‘mágico’— fue real, pero no sobrenatural. Un tercero simplemente erróneo. Y entonces está la cuarta cara de Jesús, que aún hoy parece mirar dentro de nuestras almas con incómoda precisión.


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1. Jesús como pensador cínico itinerante

La primera cara de Jesús se refiere a su estilo de vida, a sus valores personales, la clase de modelo a imitar que él habría sido. Esta es la dimensión de Jesús que apenas ha sido discutida, debido a que es tan estrafalaria. Por ejemplo, trata de recordar cuántos sermones has escuchado predicar sobre estas citas atribuidas a Jesús:

  • «Quien no reniegue de su padre y de su madre, no podrá hacerse estudiante mío. Y quien no rechace a sus hermanos y a sus hermanas… no está listo para mí» (Evangelio de Tomás, Logion 55, siguiendo la versión dinámica de Lynn Bauman) —¡No es precisamente un texto para un sermón convencional sobre ‘valores familiares’!

  • En otra ocasión, una mujer de la multitud, en voz alta, dijo a Jesús, “Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te criaron”. Era esta una manera convencional de hacer un cumplido a la madre a través del hijo, algo así como decir, “Tu madre debe estar muy orgullosa de ti”. Pero Jesús replicó así: «Dichosos más bien los que escuchan la enseñanza de Dios y la ponen en práctica» (Evangelio Q en Lucas 11:27-28) —¡Otro mal texto para el día de las madres!

  • Y la última cita que es la más extrema y la más famosa. Viene del Evangelio de Lucas. En el que Jesús dice «¿Creen ustedes que he venido a traer paz a la tierra? Les digo que no, sino división. Porque de hoy en adelante, cinco en una familia estarán divididos, tres contra dos y dos contra tres. El padre estará contra su hijo y el hijo contra su padre; la madre contra su hija y la hija contra su madre; la suegra contra su nuera y la nuera contra su suegra.» (Evangelio Q en Lucas 12: 51-53) —¡Nunca se escucha a la derecha cristiana predicar este fragmento tampoco!

Estos dichos no se corresponden con la imagen tradicional del Jesús dulce que habría predicado valores familiares, así que casi nunca son mencionados. Nos muestran algunos de los valores personales de Jesús y de su estilo de vida, aunque lo hacen parecer muy extraño y ajeno, por no decir fastidioso. Porque la mayoría de los estilos de vida que Jesús ejemplificó nunca han tenido muchos seguidores.

Este es el perfil de alguien en el margen de cualquier cultura, en cualquier época. Los estudiosos reconocen este perfil, no obstante. Era un estilo marginal pero bien conocido de vivir en el mundo antiguo. Desde cerca del cuarto siglo AEC (antes de la era común), hasta aproximadamente el siglo sexto EC (de la era común), había un nombre para este estilo de vida ejemplificado por Jesús. Estos personajes fueron llamados los ‘cínicos’[1].

Algunos estudiosos consideran a Jesús un ‘pensador cínico itinerante’. El nombre en sí mismo es desdeñoso, fue dado a los ‘cínicos’ por sus detractores (de esa forma se originaron muchos nombres). Viene de la palabra griega para ‘perro’, y quería decir que los cínicos vivían como perros. No tenían casa, ni propiedad, ni consortes, ni un círculo fijo de amigos, ni trabajo, ni amor por la sociedad en la que vivieron. Los cínicos no ofrecieron una reforma de la sociedad, tanto como ofrecieron una alternativa a la sociedad.

Los mejores de entre los cínicos fueron críticos sociales astutos: fueron una especie de versiones seculares de los profetas del Antiguo Testamento, manteniéndose por fuera del orden de cosas aceptado, mientras trataban de subvertirlo.

Alguien que pudiera vivir una vida de esta manera tenía que estar, entre otras cosas, extremadamente enfocado y dedicado a su visión particular. Para el cínico más famoso de la historia, Diógenes[2] de Sínope (404AEC-323AEC) , la visión fue una de autonomía personal, de libertad de las exigencias innecesarias de la sociedad. Un viejo relato lo ilustra:

“El mensajero del rey llegó a ver a Diógenes, quien estaba sentado en cuclillas en la calle para comer un simple plato de lentejas. ‘El rey lo invita a vivir en su castillo’, dijo el mensajero, ‘y a ser uno de sus asesores en la corte’.

“‘¿Y por qué debiera hacerlo?’, preguntó Diógenes.

“‘Bueno, por una cosa’, dijo el mensajero, ‘si aprendiera a ganarse el favor del rey, no tendría que comer lentejas’.

“‘Y qué si uno aprende a disfrutar las lentejas’, replicó Diógenes, ‘así no tendría que aprender a ganarse el favor del rey'”.

El mensaje de los cínicos fue siempre extremo, y estuvieron dispuestos a sacrificarlo todo por él. Más aún, siempre se mostraron convencidos de que todos los demás estarían mejor también si abandonaran la visión de la vida prevaleciente en la sociedad y adoptaran su visión cínica. Su mensaje fue para individuos. No pertenecieron, ni se ocuparon de una comunidad real. No fueron reformadores sociales. Pensaron que la sociedad estaba fundamentalmente equivocada, y que la gente debería ‘ponerse en onda, prenderse y desertarse’ para recuperar el famoso lema de los años ‘jipitecas’ (jipis, o hippies).

Jesús cuadra muy bien dentro de esta concepción del pensador cínico. No tenía hogar, propiedad o trabajo. No daba por buenas las imágenes aceptadas de ‘la buena vida’ o las expectativas normales que sobre la gente se tenían en una sociedad civilizada —las reglas culturales y religiosas que daban a la gente sus identidades sociales, por ejemplo. Su visión del “Reinado de Dios” era, para Jesús, la única cosa digna de vivir por ella. Sus parábolas presentaron al ‘Reinado’ de esta forma extrema, una y otra vez. Era una “perla de gran valor”, un “tesoro enterrado en el campo” por el que el afortunado descubridor lo venderá todo.

Lo que debe notarse sobre los cínicos, incluido Jesús, es que su mensaje nunca es fácilmente escuchado, o seguido, excepto por personas extremadamente marginales —otros cínicos. Los esposos, esposas, niños, el gozo del trabajo, hacer una contribución a la sociedad, el nacionalismo, el orgullo de identidad étnica o religiosa —todo esto no era nada para los cínicos en comparación con su singular visión. En el caso de Jesús, su familia entera fue tratada como si no contara nada en comparación del “Reinado de Dios”. Esto no convirtió a Jesús en excepcionalmente frío, insolidario, o indiferente, simplemente lo identifica como uno de los grandes cínicos de la historia —y un pensador cuya visión era, a veces, demasiado extrema para resultar útil, o sabia, para la abrumadora mayoría de la gente que ha vivido jamás, entonces o ahora.

Así que la primera cara de Jesús fue la de un estilo de vida cínico. Constituyó una gran parte de quién fue él y de lo que valoró. Para casi todos en la historia, excepto para los cínicos, sin embargo, este no fue un camino sabio a seguir, sino una inútil aberración [= grave error del entendimiento, que se aparta de lo lícito].

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2. Jesús, el sanador por la fe

Prácticamente todos los estudiosos bíblicos están de acuerdo en que Jesús fue un hombre con un gran carisma y una señalada habilidad para lo que hoy llamaríamos ‘sanación ritual‘. Aunque casi todos los estudiosos aceptan que los relatos fueron grandemente exagerados, y que las escenas como ‘caminar sobre el agua’, levantar a Lázaro de entre los muertos, o alimentar a 5,000 personas con unos pocos pescados, son todos mitologización cristiana, el hecho duro sigue siendo que Jesús fue fundamentalmente conocido, en su tiempo y en los primeros siglos, como un curandero de gran talento. Era este poder casi mágico lo que realmente atrajo gente hacia él, aun cuando no entendían, o no querían escuchar, las cosas que él quería enseñar. Sus seguidores también compartieron este poder curativo, aunque no en la misma medida en que lo tenía Jesús.

Sin intención de desacreditar, hay que hacer notar que esta clase de poder carismático no implica necesariamente que el curandero sea bueno, o sabio. Todavía hay muchos curanderos hoy en día, desde Oral Roberts (1918-), hasta Bennie Han. Además, el principio de la curación por la fe está detrás de los placebos —esas píldoras de azúcar que muchas veces pueden hacer desaparecer tus síntomas, si crees que pueden hacerlo. Es fácil pensar en algunas otras figuras históricas que también tuvieron un carisma inmenso y un gran poder personal sobre la gente, pero que no fueron sabios, o que incluso fueron malvados. Rasputin (1869-1916), Hitler (1889-1945), Jim Jones (1931-1978), Marshall Applewhite (1931-1997), y David Koresh[3] (1959-1993) son ejemplos que me vienen rápidamente a la mente. No todos los sabios son magos, ni todos los magos sabios. Aún así, Jesús fue uno de los curanderos rituales más brillantes de la historia.

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3. El joven idealista sin el concepto de ‘Sangha

La tercera cara de Jesús muestra un límite severo de su visión, uno que casi sin duda lo habría relegado al basurero de la historia, de no ser por las contribuciones de San Pablo. Esta afirmación por sí sola es suficiente para perturbar o enfurecer a muchos que aman a Jesús y no pueden soportar a Pablo.

La enseñanza ética que más se asocia con Jesús es la Regla de Oro [«Así pues, hagan ustedes con los demás como quieran que los demás hagan con ustedes; porque en eso se resumen la ley y los profetas.» Mt 7.12]. Aunque se afirma que Jesús dijo que el significado de la Regla de Oro es “Trata a los otros como quisieras que te trataran”, por más de 20 siglos se ha dado por hecho que la Regla de Oro para Jesús también sería equivalente a otro de sus dichos: «Si alguien te pega en una mejilla, ofrécele también la otra…» Lucas 6.29. Algunas sectas cristianas radicales, como el grupo cátaro de la Francia del siglo XIV, o los menonitas de la Alemania del siglo XVI, tomaron esto literalmente y se rehusaron completamente a resistir la violencia de otros. Esto condujo a la matanza de miles o decenas de miles de cátaros, y al exterminio de la mayor parte de la primera generación de menonitas [y otros anabaptistas].

No era una enseñanza nueva. Había estado presente por ahí por lo menos 500 años antes de la llegada de Jesús. Sabemos esto porque tenemos el relato de uno de los seguidores de Confucio (551 AEC-479AEC) que le preguntó —cinco siglos antes— qué es lo que pensaba de la idea de retribuir al mal con el perdón. Confucio pensaba que era una idea estúpida. «¿Con qué entonces [preguntó Confucio] retribuirías la bondad?» En cambio, Confucio enseño que debemos retribuir al mal con la justicia, y retribuir al bien con el bien. Confucio vivió para llegar a ser mucho más viejo de lo que Jesús vivió; tal vez esta solo sea una muestra de la gran sabiduría de un hombre mucho más viejo.

Otros dicen que si quieres ver un lugar en el que la gente ha llevado a la práctica en su vida la regla de poner la otra mejilla, ve a un refugio para mujeres golpeadas. Fue una enseñanza muy idealista, pero no una enseñanza sabia, a menos que estés en una comunidad en la que todos sean tratados con respeto.

Y esa es la segunda y más importante limitación de las enseñanzas de Jesús. Todas sus enseñanzas fueron dirigidas hacia individuos. No vino a reformar el judaísmo; no vino a iniciar una nueva religión, ni a fundar una nueva iglesia. No tenía casa, ni trabajo, ni comunidad y nunca planteó en sus enseñanzas la necesidad de una comunidad saludable.

Una mirada rápida al budismo puede ayudar a entender lo que Jesús omitió. Los budistas dicen que debes contar con tres cosas para llegar a despertar, a alcanzar la iluminación. Debes tener [algo como las 3 joyas del budismo:] buddha, dharma, y sangha[4]. Buddha significa un centro, una fuente de autoridad e inspiración. Dharma significa el trabajo personal que debes hacer. Jesús, podría decirse, enseño que debías tener Dios y dharma: debes vivir como Dios quiere que vivas. Pero no tuvo ninguna palabra sobre la sangha. La sangha es la comunidad apoyadora dedicada a servir estos altos ideales, como una buena iglesia. Y los budistas tienen razón: no parece probable que logremos el crecimiento y el despertar que necesitamos por nosotros mismos. Necesitamos una comunidad que nos brinde apoyo, una comunidad de fe, una iglesia. Jesús nunca mencionó esto.

Es irónico —especialmente para la gente a la que le agrada Jesús, aunque le desagrada Pablo— pero el interés por la comunidad fue lo que Pablo aportó, con lo que hizo posible la creación de una religión a partir de los recuerdos, mitos y enseñanzas de Jesús. Sin Pablo, Jesús sería tan solo otro maestro que destacó los deberes individuales, pero que omitió discutir la necesidad de ser parte de una comunidad de fe.

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4. El subversivo de las identidades artificiales

Es difícil saber cómo llamar a esta cuarta cara de Jesús. Como los estudiosos bíblicos saben, la principal preocupación de Jesús era lo que llamó el Reinado de Dios. Lo que Jesús entendió por Reinado de Dios fue fundamentalmente diferente de lo que la mayoría de los cristianos han entendido por esta frase. Entendido propiamente, fue la enseñanza más radical de Jesús. Fue también la más profunda y perdurable, y es su cuarta “cara”.

La frase ‘Reinado de Dios‘ no fue exclusiva de Jesús. Era una frase popular en los primeros dos siglos, usada por mucha gente. Significaba el mundo ideal, la clase de mundo que podría brindar la mayor compasión y justicia. Juan el Bautista, quien fue maestro de Jesús, dijo que el mundo había ido demasiado lejos para ser salvado, que deberíamos esperar a que Dios lo destruyera todo y volver a empezar con la clase apropiada de personas —aquellos que creyeran lo que Juan el Bautista creía.

Luego de que Juan el Bautista fue asesinado y de que no llegó el fin del mundo, Jesús emergió como líder carismático, y muchos de los seguidores de Juan empezaron a seguirlo. Pero el mensaje de Jesús era muy diferente. El “reino” de Juan sería sobrenatural; para Jesús, el reinado de Dios era existencial, aquí y ahora, no en un mundo por venir.

Para Jesús, el Reinado de Dios nes algo que vendría a la sazón. Ya estaba aquí, al menos potencialmente, dentro y entre nosotros. O como lo dijo él mismo en otro lugar: el reino está extendido sobre la tierra, y la gente no lo ve [Evangelio de Tomás, Logion 113: «Sus discípulos le dicen: ¿Cuándo vendrá la soberanía? || (Yeshúa dice:) No vendrá por expectativa. No dirán, “¡Miren aquí!” o “¡Miren allá!”. Sino que la soberanía del Padre se extiende sobre la tierra y los humanos no la perciben.» ; Lucas 17.20-21].

¿Cómo renovar un mundo hostil? Esta ha sido casi siempre la pregunta que enfrentamos. Para Juan el Bautista, así como para muchos predicadores apocalípticos[5] de hoy, debemos esperar a Dios para actuar. Para Jesús, Dios esperaba que actuáramos. Y actuamos, creamos el Reinado de Dios, o el mejor mundo posible, simplemente al tratar a otros como nuestros hermanos y hermanas, como hijos de Dios. Lo que Jesús hizo fue atacar y subvertir las identidades excluyentes, identidades que nos hacen sentir especiales o ‘escogidos’ al precio de dejar a los otros en una situación como de segunda clase.

Esto suena agradable y dulce, sin embargo, es una cosa peligrosa de enseñar. Por ejemplo, las leyes de alimentación de los judíos los separan de sus vecinos. Así que las instrucciones de Jesús a sus seguidores fueron que comieran lo que les sirvieran: puerco, mariscos, cabras, cualquier cosa que sirviera el anfitrión. Los judíos odiaban a los samaritanos, con cuyo reino limitaban al norte, más de lo que odiaban a casi cualquiera. Así que Jesús contó una historia sobre un judío golpeado que yacía a un lado de la carretera, cuando pasaron unos sacerdotes judíos a su lado, y la única persona que lo socorrió fue un samaritano. Durante sus principales días santos, los judíos solo comían pan ácimo (sin levadura). Así que Jesús dijo que el reino de Dios es como la levadura que pones en la masa para expandirla. Una y otra vez, él desdeñó las identidades artificiales que nos separan de los demás. Sólo había una identidad posible para nosotros en el Reino de Dios: tratarnos mutuamente como hermanas y hermanos.

¿Ves todo lo subversivo que resulta esto? Este es un mensaje que podría amenazar cualquier forma de gobierno, todas las ideologías, y todas las identidades religiosas y raciales. El mundo está en un caos, hemos perdido un centro compartido, así que creamos cientos de centros artificiales, o ‘clubes’, de los que obtenemos nuestras identidades. El problema es que son demasiado pequeñas, todas excluyen a quienes creen o viven de manera diferente a nosotros, y por ello son precisamente las estructuras que mantienen al mundo como un lugar hostil.

Hoy en día, su mensaje podría ser ¡Dejen de unirse a clubes! Dejen de identificarse con su nación, su raza, su religión, o su sexo. Todas estas identidades son finalmente divisivas y hacen así imposible un mundo pacífico. ¿Quieres un reinado de Dios? ¿Quieres un mundo de paz y justicia? Está en tus manos y sólo en tus manos. Te ha sido dado todo lo que necesitas, ahora es tiempo de actuar.

Este es un mensaje que todavía haría que mataran al mensajero que lo portara, casi en cualquier parte del mundo. Imagina haber ido a Irlanda del Norte, hace algunos años, a decirles a los combatientes que ninguno de sus bandos era cristiano, que ambos eran agentes del mal, y que debían dejar de pensarse a sí mismos como protestantes y católicos, porque tales identidades serían ellas mismas el problema. La única cosa en la que ambos bandos habrían estado de acuerdo sería en lincharte colgándote del árbol más cercano.

Imagina intentar vender el mensaje a los judíos y palestinos, y decirles que la única forma de parar la lucha asesina es dejar de pensarse a sí mismos meramente como judíos y palestinos, y comenzar a verse mutuamente como hermanos y hermanas, como hijos de Dios. ¡Te dispararían!

No quiero sugerir que Jesús fuera la única persona en la historia en contemplar esta visión de un mundo que sigue mezquino y hostil debido a nuestras identidades artificiales y nuestros impulsos territoriales. Puedes encontrar esta idea de que todos somos hermanos y hermanas en muchas religiones y culturas. También la encuentras en culturas que nunca tuvieron contacto directo con la civilización occidental. Recuerda estas líneas del hombre de medicina Lakota Siux, Alce Negro:

“Y vi que ese aro sagrado de mi pueblo era uno de muchos aros que formaban un círculo, amplio como la luz del día y la luz de las estrellas. Y en el centro creció un poderoso árbol floreciente para resguardar a todos los hijos de una madre y un padre. Y vi que era
bendito”.

Estas cosas no son verdad porque las hayan dicho Jesús, Alce Negro u otros. Son verdaderas porque ellos han atisbado la esencia de lo que significa ser humanos, con una claridad que poca gente en la historia había logrado jamás. No conozco ninguna forma de alegar contra esta noción precisa. Parece honda, profunda y eternamente correcta. Nuestras tendencias humanas o animales a crear identidades artificiales para nosotros mismos son el pecado original de nuestra especie. Nos sentimos mayores y más merecedores de consideración como parte de una familia, una nación, una raza, una cultura. Así que naturalmente nos unimos a pequeños clubes y ondeamos nuestras banderas, y esperamos la segunda venida de Jesús para que pueda haber paz en el mundo.

La tragedia real de un hombre como Jesús no es que hayan arrumbado tanta fantasía tonta sobre él a través de las épocas pasadas —aunque Dios sabe que así ha sido. La tragedia es que lo ascendimos a hombre-Dios, luego lo anexamos a la religión de Juan el Bautista que esperaba que ese hombre-Dios viniera para salvar el mundo para nosotros, mientras nos sentábamos en silencio a recitar cualesquier credos que nuestros pequeños cultos religiosos, políticos o sociales hayan declarado como la ortodoxia vigente. Tomamos al hombre que vivió y murió predicando contra las identidades divisivas y creamos un club alrededor de su nombre. Es un cruel e irónico destino para el simple judío de Galilea.

La tragedia es que este hombre extraño, este judío marginal sin familia, amigos, propiedad o trabajo realmente tenía algo que ofrecernos, y nadie lo quiere. Es demasiado duro. Pide demasiado de nosotros. Así que encontramos una ruta más simple. Hicimos miles de estatuas de este hombre, Jesús, a quien convertimos en un Hijo de Dios. Y oramos para que, a través de su infinito poder, traiga la paz a este mundo en el que hacemos la guerra al identificarnos con nuestra irrelevante religión, nación, raza o territorio. Entonces decimos amén, salimos, y nos preparamos para los días de batalla contra los infieles de la iglesia de junto, del pueblo de junto, de la nación de junto.

Y entonces imagino el resto de la historia. Imagino que por todo el mundo, conforme la gente sale de sus iglesias, dan la espalda a las imágenes y estatuas de Jesús que han hecho. Y luego de que todos se han ido, por todo el mundo, en la fría obscuridad de las iglesias vacías, todas las imágenes y estatuas empiezan a llorar…

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NOTAS DEL TRADUCTOR

[1] La creencia (expresada por Diógenes de Sinope) de que todo el sentido de la vida humana es la satisfacción de nuestras necesidades naturales más elementales, sin ningún respeto por las convenciones sociales. Por ello, los cínicos practicaron la autodisciplina, con el objeto de evitar la infelicidad que invariablemente resulta de cualquier esfuerzo de seguir las obligaciones artificiales. Los cinicos rechazaron las ideas convencionales sobre la moralidad y la buena vida, bajo el argumento de que el único bien es aquel que sea racional (y por lo tanto virtuoso). La mayoría de los cínicos también rechazaron la propiedad, el matrimonio y el estado. Para los cínicos la sobriedad y la moderación eran el medio de la liberación humana, su visión no consistía tanto en la gratificación de los apetitos naturales, como en la no—gratificación de los artificiales.

El cinismo pretendía dar una respuesta individual a la incertidumbre que se vivía en este periodo de crisis cultural, manifestando su malestar y descontento, y también librarse de los caprichos de la fortuna, guiando al individuo hacia la felicidad. Este camino no era fácil así que se necesitaba un entrenamiento, una disciplina para a conseguir una plena autonomía moral y a ser posible también física. Era característico de los cínicos la transgresión continua, tanto de los valores tradicionales, como de las normas sociales. http://www.cinicos.com/cinicos.htm

[2] La figura de Diógenes de Sinope (aprox. 413—327 AEC) enseguida pasó a ser una leyenda de provocación y la imagen del sabio cínico por excelencia, de aspecto descuidado, burlón y sarcástico. Vivía en un tonel, buscaba a plena luz del día con un candil, nada menos que al hombre, se masturbaba en público, comía carne cruda, escribía libros a favor del incesto y del canibalismo. Su padre era banquero y cuenta Diógenes Laercio que un buen día decidió consultar al oráculo y recibió como respuesta “invalidar la moneda en curso”, que como todas las respuestas de los oráculo era enigmática, dicha respuesta tenía al menos tres sentidos: falsificar la moneda, modificar las leyes o transmutar los valores. Diógenes no quiso elegir e hizo las tres cosas, el resultado fue la expulsión y el destierro de Sinope. “Ellos me condenan a irme y yo les condeno a ellos a quedarse”, fue su irónico comentario.

Forzado por estas circunstancias, deambuló por Esparta, Corinto y Atenas, en esta ciudad frecuentó el cinosarges y se hizo discípulo de Antístenes, optó por llevar una vida austera y adoptó la indumentaria cínica, como su maestro. Desde sus comienzos en Atenas mostró un carácter apasionado, llegando Platón a decir de él, que era un Sócrates que se había vuelto loco. Pone en práctica de una manera radical las teorías de su maestro Antístenes. Lleva al extremo la libertad de palabra, su dedicación es criticar y denunciar todo aquello que limita al hombre, en particular las instituciones. Propone una nueva valoración frente a la tradicional y se enfrenta constantemente a las normas sociales. Se considera cosmopolita, es decir, ciudadano del mundo, en cualquier parte se encuentra el cínico como en su casa y reconoce esto mismo en los demás, por lo tanto, el mundo es de todos. La leyenda cuenta que se deshizo de todo lo que no era indispensable, incluso abandonó su escudilla cuando vio que un muchacho bebía agua en el hueco de las manos. Conoció a algunos de los filósofos y gobernantes de la época, se cuenta la anécdota de que estando un día en las afueras de Corinto, se le acercó Alejandro Magno y ofreció concederle lo que quisiera, a lo que el filosofo respondió simplemente: “Hazte a un lado que me quitas el sol”. Esta anécdota pretende reflejar claramente que el sabio no necesita nada de los poderosos, que está por encima de las riquezas materiales y de la ambición del poder. http://www.cinicos.com/ci03.htm

[3] El pasado 18 de noviembre de 1998 se cumplió el veinte aniversario del suicidio colectivo de casi mil personas en Jonestown, Guyana. Esa fatídica tarde, cientos de personas, incluidos niños, obedecieron la orden del reverendo Jim Jones de beber cianuro de potasio disuelto en refresco. Aquéllos que se negaron fueron asesinados por la guardia paramilitar de Jones. El resultado fueron 914 muertos de la secta Templo del Pueblo, incluido el propio líder (Tobias y Lalich, 1994).

El evento de Jim Jones inauguró la era moderna de los suicidios rituales colectivos que se vienen suscitando con mayor incidencia conforme se acerca el próximo fin de milenio. Quince años más tarde, el 19 de abril de 1993, David Koresh, dirigente de los davidianos se autoinmoló junto con más de 80 seguidores (Samples et al., 1994). Semanas antes, Koresh y 528 de los suyos habían protagonizado un enfrentamiento a tiros con la policía que dejó seis agentes federales y cuatro miembros de la secta muertos además de 20 heridos. El lugar de los hechos fue el rancho Monte Carmelo, en Waco, Texas.

En octubre de 1994, la sociedad esotérica secreta conocida como Orden del Templo Solar sorprendió a los analistas socio—religiosos. Luc Jouret, homeópata de profesión, efectuó, junto con sus seguidores, suicidios diferidos en Suiza y Canadá. 48 individuos murieron en el primer país y desde entonces hasta la fecha se han añadido más de 18 personas a la lista (Abanes, 1998). Las investigaciones más recientes indican que no todos los casos fueron realmente suicidios. Varios fueron homicidios y además, previamente, se han documentado casos de ejecuciones de disidentes (Harris, 1977).


[4] Buda no era un dios, ni un enviado, ni un profeta. Buda era un hombre, un ser humano, que a través de su esfuerzo y perseverancia consiguió liberarse del sufrimiento de forma definitiva, consiguió la felicidad absoluta y una comprensión total de la realidad, realidad que está más alla de todo concepto Divino y Humano. Los budistas consideran a Buda como la personificación viva de la verdadera naturaleza fundamental e inmutable que está presente en todos los seres. Toda su vida y sus actos son considerados una enseñanza y se dice que todos los budas que aparezcan llevaran a cabo los mismos actos.

El Dharma, es la experiencia de la realidad que adquirió Buda la transmitió a través de sus enseñanzas, el Dharma. La palabra Dharma tiene muchos significados, pero básicamente significa ‘lo que es’ o ‘las cosas tal y como son’.

La Sangha se encarga de mantener vivo el Dharma. Buda estableció una comunidad monástica para que sus enseñanzas se mantuvieran vivas y puras. Esta comunidad de practicantes es la Sangha, especificamente son la comunidad monástica y los maestros, que laicos o célibes dedican su vida a la práctica del Dharma. Ellos son los encargados de mantener viva la enseñanza de Buda con su propia comprensión y a traves de las distintas escuelas y linajes. En la actualidad y en un sentido general Sangha se refiere también a los pacticantes budistas.

[5] Apocalíptico (Proviene de la palabra griega ‘apokalypsis’ que significa ‘levantamiento del velo’ o ‘revelación’) 1. Estilo literario judío (y luego cristiano) de naturaleza revelatoria, que generalmente implica elementos tales como sueños, visiones, ángeles, y un enfoque hacia la destrucción delas fuerzas cósmicas de la maldad y de la restauración del Pueblo de Dios (Israel o el Nuevo Israel). Esta literatura es altamente simbólica, y proviene principalmente del periodo que va del 250 AEC al 200 EC. Ejemplos de este estilo literario son los libros de Daniel, Revelación y 2 Esdras. 2. Las tradiciones apocalípticas occidentales tienden a ser dualistas, en cuanto a que ven el fin del mundo que se aproxima como resultado inevitable de la batalla continua entre el bien y las fuerzas del mal, representados casi siempre por Dios y Satanás.

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A Jesús por su palabra

27. marzo. 2009

La sonrida de Jesús

“¿Qué clase de persona viva es Jesús? No busquen fórmulas para describirlo, aunque hayan sido reverenciadas por siglos. Yo casi me enojo el otro día cuando una persona religiosa me dijo que sólo el que cree en la resurrección del cuerpo y en el cuerpo glorioso del Cristo resucitado puede creer en el Jesús viviente… Déjenme explicárselos de esta manera: el cuerpo glorioso de Jesús se encuentra en sus palabras.”

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Albert Schweitzer (1875-1965)

Médico, filósofo, teólogo y músico. Franco-alemán y luterano-unitario.
Premio Nobel de la Paz 1952
De un sermón predicado en la Iglesia de St. Nicolai,
domingo 19 de noviembre de 1905.

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