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Humanidad: El matrimonio de Mythos y Logos

2. diciembre. 2008

Una reflexión de Francisco Javier Lagunes Gaitán




Dos visiones, dos discursos simbólicos humanos

Siempre ha habido en la historia de la religión (y en otros muchos aspectos de la cultura humana) al menos dos tipos de discurso diferentes:

Mythos, es decir, los sentidos profundos que se relatan (existenciales, simbólicos, espirituales, tanto individuales, como colectivos), y

Logos, es decir, la argumentación racional, cuya máxima expresión actual es la ciencia.

No veo cómo ninguno de los dos discursos pudiera sustituir o erradicar al otro, ni siquiera me parece una meta interesante pretenderlo.



Dos ejemplos ilustrativos

Por ejemplo, suponer que la Biblia sería puro Logos, es un error de únicamente dos clases de lectores: los fanáticos fundamentalistas literalistas (que la consideran un recuento absolutamente confiable de hechos), y los ateos absolutistas (que consideran que la Biblia es una gran recopilación de hechos falsos). Ambos se equivocan radicalmente. Si bien algunas partes de la Biblia son clasificadas modernamente como pertenecientes al género literario “histórico”, incluso esos mismos libros (Deuteronomio, Josué, Reyes, Samuel) se agrupan dentro los libros “proféticos” en el canon de la Biblia hebrea. Esto es, que aunque se hace alusión a los hechos de la conquista de Palestina por los hebreos, hay un significado profundo profético (mítico) que para los lectores originales de ese libro nunca se limitó a narrar periodísticamente determinados hechos, sino que expresaba lo que ellos consideraban que sería la “revelación” de su dios en la historia.

Otro ejemplo claro de este malentendido es el presunto nacimiento virginal de Jesús. Para cualquier lector del siglo I EC, el nacimiento virginal de Jesús no era un mero hecho (cierto o falso), sino un reclamo de su caracterización como héroe o semidiós. Las leyendas sobre los héroes en la antigüedad solían reclamar para ellos un nacimiento de una mujer virgen y un dios celeste. Los mitos, al menos en antropología cultural, no son meramente ‘mentiras’ fácticas, sino más bien ideas organizadoras de la experiencia del mundo que los pueblos desarrollaban. Los mitos son como los sueños de los pueblos, no hablan de vulgares hechos, sino de visiones sistematizadoras que creaban una visión del mundo. Un sentido sobre cómo estar en el mundo.



No es cosa sólo de palabras

Los seres humanos somos, en la mirada de la antropología, seres culturales, seres simbólicos. En el mundo actual (igual que en anteriores) hemos de seguir caminando con ambos pies, el mítico y el lógico. La ciencia nos ofrece información, datos y hechos sobre la realidad. Y el mito nos ofrece una visión sobre cómo estar en el mundo.

Discutir la ‘existencia’ o ‘inexistencia’ de Dios no es una posición neutral. Simplemente entrar en semejante discusión implica que el Logos podría corregirle la plana al Mythos. Y este error es propio de la modernidad que acentuó la importancia de considerar los hechos. La crítica ingenua modernista, muy propia del Iluminismo del siglo XVIII, pretendía demostrar que los hechos relatados por la Biblia serían falsos. Como una respuesta religiosa desde la misma modernidad surge en los EUA en el siglo XIX el fundamentalismo literalista, que ingenuamente rechaza que en la Biblia haya alguna clase de Mythos, y presupone que sería una recopilación de hechos ciertos irrefutables.

Incluso la historia es más que hechos

Ambas posiciones simétricas me parecen erradas. Sin duda hay mucho que la crítica fáctica histórica puede aportar para reconsiderar el contexto y los procesos que se reflejan en la Biblia. Pero incluso la historiografía de más alcance en el siglo XX ya no es la ingenua y positivista recopilación de hechos, sino una historiografía crítica que abre espacio para analizar, no sólo las grandes gestas de los privilegiados, sino: la vida cotidiana, la historia económica o la historia de las mentalidades (más cerca del espacio del Mythos).

La teología posmoderna

Y por el otro lado, desde una teología posmoderna, el sentido actual de la religión podría bien ser ofrecernos los mejores mitos que enriquezcan nuestra vida y la llenen de sentido. Si estos Mythos se basan en hechos comprobables, o en meras visiones sistematizadoras del mundo, no tendría la menor importancia, al menos no para quienes no sean fanáticos seguidores de una clase particular de Mythos: el cientismo, quienes devotamente construyen un ingenuo y poco reflexivo culto a la ciencia (aunque construir cultos no sea una tarea científica, sino radicalmente ajena al Logos, lo que parece no perturbarlos mucho).


Conclusión

No nos confundamos con meras palabras. ¿Qué sentido tienen estas frases?: ‘Dios existe’ o ‘Dios no existe’. Ambas proposiciones están mal planteadas. La ciencia tiene como objeto conocer obejtivamente la realidad del mundo. Si ‘Dios’ no es una mera colección de hechos, investigar su facticidad no es una tarea científica. Hay definiciones inteligentes de ‘Dios’ que no requieren ni siquiera postular algo como una ‘existencia’ comprobable (para indignación de los cientistas), e incluso no requieren de una ‘fe’ particular (para indignación de los fundamentalistas literalistas). Ambos polos prefieren seguir cómodamente instalados en oxidadas discusiones iluministas (o anti-iluministas).

Por ejemplo, para el teólogo Paul Tillich (1886-1965): “Un Dios de cuya existencia o no-existencia pueda usted arguir es una cosa detrás de otras en el interior de un mundo de cosas”; todo hombre, por el hecho de serlo, estaría “sujeto al poder de una preocupación última, sea o no sea conciente de tal poder, y lo admita o no lo admita para sí y los demás”. Para Tillich, en la vivencia de la ‘dimensión profunda’ de la vida [búsqueda de la verdad y experiencia del sufrimiento] nos encontramos enfrentados a “aquello que nos concierne incondicionalmente”, “la profundidad de nuestras vidas”, “lo que tomamos en serio sin reserva alguna”, el mismo “terreno del ser”, lo llamemos Dios, o no.

Ambos polos, tanto los cientistas, como los fundamentalistas literalistas prefieren seguir cómodamente instalados en oxidadas discusiones iluministas (o anti-iluministas). Los unos finalmente dependen de los otros y sus prácticas los legitiman mutuamente de manera implícita. Ambos parten de presuponer que no habría otra forma legítima de entender la fe y la creencia que la que enseñan en el catecismo más simplón. Juntos terminan por conspirar para mantener el monopolio de las definiciones de ‘iglesia’, ‘religión’, ‘creencia’, ‘fe’, ‘espiritualidad’ y ‘Dios’ en manos de la teología más rancia de las iglesias institucionalizadas convencionales. ¿Hasta cuando seremos cómplices de esta situación?

Una de las medidas básicas es plantearnos preguntas decisivas, no conformarnos con preguntas estereotipadas que eluden la profundidad de la experiencia humana. Si es que hemos de tener una militancia en un bando, optemos por el bando de la profundidad, con toda la luz de verdad y la obscuridad del sufrimiento que podamos asumir auténticamente en nuestra valiente incertidumbre. Dejemos de lado las falsas certezas que nos impiden conocer quiénes somos finalmente. Como lo dijo bien el poeta y ministro unitario Ric Masten: “Es sólo en la incertidumbre que la verdadera esperanza puede encontrarse”.



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One comment

  1. Hola Francisco.
    Bien pensado, gracias por compartir.
    El asunto es que para mi, la certeza es la adhesión a una idea, nada mas, aun sobre la prueba se tiene que tener fe, fe en que la prueba es cierta. Este asunto de la espiritualidad y su contraparte es irrelevante para mi, y pienso que es inalcanzable para mi propio pensamiento, de modo que sea lo que fuere debo permanecer incircunsatancial para no depender de mis propias creencias y darme asi la posibilidad de expandir mi propio criterio. Mi ser y forma de ser no estan sujetos a las circunstancias, aunque seguido es asi por mi humana debilidad. Solo por compartir.
    Saludos cordiales
    Ramon Bustamante



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