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La experiencia de la Pascua: La transformación de un gran escéptico

9. abril. 2009

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Materiales litúrgicos para el 15 de abril de 2001. Revdo Mark Belletini, Ministro de la Primera Iglesia Unitaria Universalista de Columbus, Ohio (Trad. Francisco Javier Lagunes Gaitán)
http://firstuucolumbus.org/sermons/mb20010415.htm

Palabras de apertura (lectura antífona)

Estamos aquí
para celebrar nuestras vidas y la Vida misma,

sea que florezca en delicadas flores de primavera
o brote con fuerza en mujeres, hombres y niños

que protestan a favor de la paz y por un mundo más justo.
El aleluya de esta Pascua es un llamado a un brote semejante,

una invitación a tal florecimiento.
Es un llamamiento en palabra, signo y música

a rehusarnos a sentir vergüenza por nuestro gozo y nuestro amor
Y así mismo, a todo lo largo de nuestro tiempo de adoración

(unísono) Que nuestra razón y nuestra pasión nos mantengan veraces hacia nosotros mismos, auténticos los unos hacia los otros, y fieles hacia aquellas visiones compartidas de lo que podemos llegar a ser juntos…

Afirmación

Regocijo pascual, tomado de “Sermons of the Big Joy”, James Broughton, 1994:

Sacúdete los escrúpulos.
Organiza tus sueños.
Profundiza tus raíces.
Extiende tus ramas.
Confía en las aguas profundas
y pon rumbo hacia la apertura,
aun si tú visión
te hunde.

Deja tu adicción
a la mofa y a la queja.
Abre un puesto de observación.
Baila en el borde.
Corre con tu fuego arrasador.
Estás más cerca de la gloria
al saltar un abismo
que al tapizar un bache.

Nada de pachorras.
Nada de dudas
Con toda intrepidez
Camina hacia la claridad.
En cada encrucijada
Prepárate
a toparte con lo asombroso.
Sólo el amor prevalece.

En ruta hacia el desastre
persiste en los cánticos.
Eleva tu aquello inefable
fuera de lo mundano.
¡Nada perece;
nada sobrevive;
todo se transforma!
¡Luna de miel con el Gran Gozo!

adoratrices

Llamado al gran silencio

La gloria silenciosa del amanecer
por el borde del bosque verde obscuro
se entreteje con cantos de pájaro.
El silencio de la rosa roja que florece
se entreteje con los gritos de los niños que juegan cerca.
El silencio de la luz de las estrellas tras las nubes
se entreteje con el zumbar de un avión detrás de ellas.
El silencio de la página blanca
se entreteje con las negras notas de un himno coral,
y así permite llevar la música de generación en generación.
El silencio de quien sufre se entreteje con lágrimas.

El silencio y el ruido están entretejidos para siempre.
El universo entero se tensa al tejer lo que no puede ser rasgado.

Ahora la quietud se entremezcla con el alboroto, la vida con la muerte,
la caída con el ascenso, todo opera en conjunto para hacer una integridad,
una maravilla, los emblemas del Gran Gozo mismo.

Bendito sea entonces el silencio que sigue a estas palabras, y que precede a otras palabras. Sin él, el todo estaría arruinado, las canciones serían mero ruido, la trama de la creación estaría hecha jirones. Por lo tanto, ofrezco acoger al silencio como presencia, no como ausencia, pues no habría universo sin él.

(Sonido de campana)

Algunos en esta congregación viajan esta semana.

Otros reciben a familiares y amigos en su casa. Otros, como Lisa Cox, yacen en camas de hospital, llevados y traídos entre el sueño y la angustia. Algunos tendrán una cena especial esta tarde, otros darán paseos, otros podrían leer solos, contentos por unos pocos momentos de recuerdo y soledad. Sea lo que sea que hagamos, todos estamos conectados, entretejidos en un todo, e incluso la ausencia es una presencia para nosotros. Por lo tanto nos sentamos juntos esta vez para traer a nuestra mente la muy real comunión de la que somos parte, nombrando en nuestros corazones, o en voz alta ante la comunidad, como lo deseemos, a todos aquellos que están presentes para nosotros en nuestros afectos, nuestros recuerdos, y nuestras luchas.

(momento para nombrar a personas significativas a las que les agradecemos o que nos preocupan)

La primavera también es un tejido de recuerdo y esperanza, de verde y rosa, de alabanza y anhelo. La Pascua es un tejido que despilfarra aleluyas con flores increíbles, brisas fragantes, y la sangre que se derrama en la fiebre primaveral.

Hoy es la primavera del espíritu, el cambio del corazón prófugo hacia la vida, el canto, el canto y el canto del Gran Gozo en el corazón de todas las cosas.

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Primera lectura

La lectura de hoy proviene de la autobiografía del ganador del Premio Nobel y destacado filósofo, matemático y autor, Bertrand Russell (1872-1970), escrita en 1946. Cabe hacer notar que cuando Lord Russell usa la frase “educación de la escuela pública” se refiere al sistema británico que conoció en su tiempo.

“…Cuando llegamos a casa, encontramos que la Sra. W. experimentaba un ataque de dolor inusualmente severo. Ella parecía aislada de todos y de todo por paredes de agonía, y la sensación de la soledad de cada alma humana me abrumó súbitamente. Prácticamente desde mi matrimonio, mi vida emocional había sido calma y superficial. Me había olvidado de todas las cuestiones profundas, y me contentaba con alguna agudeza poco seria. Repentinamente el suelo debajo de mí pareció desplomarse, y me encontré en una región completamente diferente. En cinco minutos, atravesé por reflexiones tales como las siguientes: la soledad del alma humana es insoportable; nada puede penetrarla, excepto la más elevada intensidad del tipo de amor que los maestros religiosos han predicado; cualquier cosa que no surja de este tema recurrente es dañina o, en el mejor de los casos inútil; se sigue que la guerra es errónea, que la educación de la escuela pública es abominable, que el uso de la fuerza debe desaprobarse, y que, en las relaciones humanas, uno debe penetrar el núcleo de la soledad de cada persona y hablarle a eso. Al final de esos cinco minutos, me había convertido en una persona completamente diferente. Por un momento, una especie de iluminación mística me poseyó. Sentí que conocía los pensamientos más íntimos de toda la gente que encontraba en la calle, y aunque se trataba, sin lugar a dudas, de una figuración, de hecho logré un contacto más estrecho del que había tenido previamente con todos mis amigos y muchos de mis conocidos. Habiendo sido un partidario del Imperio, me convertí por esos cinco minutos en… un pacifista. Durante años sólo me habían importado la exactitud y el análisis, de repente me encontré lleno de sentimientos semi místicos sobre la belleza, y con un intenso interés en los niños y un deseo casi tan profundo como el del Buda por encontrar alguna filosofía que hiciera soportable la vida humana. Me poseyó una extraña excitación, que contenía un inmenso dolor pero también algún elemento de triunfo a través del hecho de que podía dominar el dolor, e hice, conforme lo pensaba, una entrada hacia la sabiduría. La visión mística que imaginé que poseía en ese momento se ha desvanecido casi completamente, y el hábito del análisis se restableció. Pero algo de lo que pensé que vi en ese momento ha permanecido siempre conmigo, y fue la causa de mi actitud durante la primera guerra, de mi interés en los niños, de mi indiferencia hacia los pequeños infortunios, y de un cierto tono emocional en todas mis relaciones humanas.”

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Segunda lectura

Un maravilloso poema de Rosario Castellanos (Ciudad de México 1925-Tel Aviv 1974), escrito en 1960: Presencia

Algún día lo sabré. Este cuerpo que ha sido
Mi albergue, mi prisión, mi hospital, es mi tumba.

Esto que uní alrededor de un ansia,
De un dolor, de un recuerdo
Desertará buscando el agua, la hoja,
La espora original y aun lo inerte y la piedra.

Este nudo que fui (inextricable
De cóleras, traiciones, esperanzas,
Vislumbres repentinos, abandonos,
Hambres, gritos de miedo y desamparo
Y alegría fulgiendo en las tinieblas
Y palabras y amor y amor y amores)
Lo cortarán los años.

Nadie verá la destrucción. Ninguno
Recogerá la página inconclusa.
Entre el puñado de actos
Dispersos, aventados al azar, no habrá uno
Al que pongan aparte como a perla preciosa.
Y, sin embargo, hermano, amante, hijo,
Amigo, antepasado,
No hay soledad, no hay muerte
Aunque yo olvide y aunque yo me acabe.

Hombre, donde tú estás, donde tú vives.
Permaneceremos todos.

Sermón: La experiencia de la Pascua: La transformación de un gran escéptico

Mi abuelo, Nazzareno (‘Nazareno’) Belletini, habría sabido valorar el poema de Rosario Castellanos, esto es, si hubiera aprendido a leer poesía, lo que nunca hizo. Estaba demasiado ocupado con su jardín y su bodega de vinos como para hacer alguna lectura, demasiado ocupado creando la poesía de los tomates rojos, el verde obscuro del romero, el verde brillante de la espinaca, el rosado azuloso de los arbustos bola de nieve y el rubí profundo del vino, para encontrar alguna vez gran satisfacción en la clase de poesía hecha sólo con palabras. “Este cuerpo que ha sido mi albergue, mi prisión, mi hospital, es mi tumba”, escribe Castellanos. ¿Por qué le habría gustado a mi abuelo este poema? Porque recuerdo un día de Pascua, cuando yo tenía diez años, cuando sin querer lo escuché hablarle a mi padre sobre todas las cosas, sobre la muerte. “Oh, la muerte no me preocupa”, dijo él. “Como yo la veo, la vida es en mucho como pasar el día arreglando el jardín. Excavas, y azadonas, y podas, y deshierbas. Hueles los botones que florecen e imaginas cuán dulces sabrán los tomates en tu plato. Entonces, al final del día, yaces en tu lecho, satisfecho. Jalas la colcha por sobre tus hombros, y sientes que el sueño se posa cálido y pesado sobre ti”.

Nadie sabe realmente si se levantará por la mañana, pero sin embargo estamos contentos de dejar atrás nuestros achaques y dolores, y nos abandonamos lentamente al sueño para descansar y dormir.Cuando me llegue mi turno de morir, algún día”, siguió mi abuelo, “será lo mismo. Excepto que el día en que yazga en la misma tierra en la que crecen mis tomates, y deje que la tierra misma sea mi cobija. Estaré feliz de quedarme dormido, sin pensar, como siempre, en levantarme –o no– por el clima, simplemente satisfecho de que viví, creé y amé”.

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Recuerdo cómo me sorprendió que dijera eso. Quedé aturdido hasta el centro de mi ser de diez años. Después de todo, en mi escuela dominical de la iglesia se nos enseñaba que la muerte era algo de lo que había que preservarnos. Se nos enseñaba que la muerte daba un ‘aguijonazo’, como un alacrán y que todos los seres humanos estarían felices de tener la oportunidad de vivir para siempre. Mi abuelo, sin embargo, no parecía querer vivir para siempre. Y eso simplemente me asombró.

Ahora que, debo decirles que mi abuelo nunca leyó un libro, en especial ningún libro de filosofía de Bertrand Russell. Estoy seguro de que él nunca escuchó siquiera la palabra ‘filosofía’. Nunca asistió a una escuela un sólo día de su vida. Creció con gran pobreza en la comarca montañosa de Modena, Italia, en una pequeña villa llamada Fannano.

Cuando era él todavía un niño, dejó Italia y trabajó con su hermano Pipa en una mina de carbón en Córcega. Los dos hermanos se arrastraban sobre su vientre diariamente por un pasadizo de menos de medio metro de alto. Ellos hicieron esto por años, a cambio de ganar unos cuantos centavos. Él inmigró a los EUA cuando joven, a los 17 años, sólo para terminar trabajando acá en peligrosas minas, también. Sus pulmones quedaron negros como el alquitrán por toda una vida de ese trabajo. Frecuentemente estaba enfermo debido a su trabajo. Incluso perdió uno de sus ojos.

Pero fue más que un hombre de trabajo. Él fue un hombre de penas. Miren, cuando vino a este país dejó a sus padres y nunca volvió a verlos o a hablar con ellos. Sin estudios, tuvo que abrirse camino en un país con un idioma y costumbres extraños. Él y mi abuela siempre fueron muy pobres. Pienso que probablemente se den cuenta de que su vida no fue fácil. Y aun así, a pesar de esto, no pasó sus días a la espera de otra vida, de ser indultado de la muerte, de una resurrección salvadora prometida para algún día. Y esto me asombró. Mi abuelo no había terminado de hablar con mi padre. Parecía haber supuesto, de alguna forma, que Jesús debía haber sido un campesino pobre de las montañas, más o menos como él. Esta es la razón, supongo, por la que terminó su conversación con mi padre ofreciéndole esto: “Estoy seguro de que Jesús debe haber sido un muy buen hombre. Pero cuando lo asesinaron”, dijo él, “su cuerpo también lo pusieron bajo la cobija de la tierra, y ahí es donde terminó”. Obviamente, el relato tradicional de la Pascua no tenía sentido para él.

No tiene sentido para mucha gente moderna, como ustedes lo saben bien. Para nosotros, los modernos Unitarios Universalistas tampoco aunque con frecuencia somos mucho más educados y afortunados que mi abuelo ya que hemos compartido la opinión de mi abuelo sobre la Pascua por muchos años.

Oh, ha habido algunas excepciones, lo sé. Siempre ha habido una amplia variedad de creencias entre nosotros sobre tales cosas. Y sí, algunos individuos encuentran importante afirmar que algo bueno le sucede a la gente luego de morir, como lo mantuvieron tan elocuentemente nuestros antepasados Universalistas[1] por cientos de años [preconizaban que un Dios de amor era garantía de la salvación universal de todas las almas].

Pero tengo claro, por lo menos, que la gran mayoría de nosotros no dedicamos mucho tiempo a imaginar una vida después de esta, como quiera que sea concebida. Parece que nos enfocamos principalmente en este lado —antes de la tumba— sin que nos importe tanto lo que suceda finalmente a los individuos después de morir. Y yo, al menos, considero que esta es una posición profundamente espiritual, y sí, incluso religiosa.

Ahora que, cuando pienso personalmente en Jesús, el hombre cuyo nombre se asocia tanto al día de Pascua, tiendo a no pensar en su triste y cruel muerte, o en su sospechosamente escandaloso y altamente fabulado nacimiento. Como mi abuelo, imagino su vida, sus horas diarias, no su muerte perturbadora. Pienso en su pasión ética. Pienso en su vida deliberadamente pacífica. Pienso en su llamado a todos los que lo escuchaban, en su invitación a transformar así la sociedad, las penurias de la pobreza, la enfermedad, y para que la crueldad cultural ya no llevara la voz cantante y distorsionara la poderosa y central realidad del amor… un amor que se refleja principalmente en amabilidad y compasión. Y con todo y mi típica visión Unitarios Universalistas atípica sobre el domingo de Pascua, siempre me intrigó el relato de la transformación que representa la Pascua.

¿Lo ven? Así como mi abuelo, no encuentro personalmente que mi muerte deba ser remediada con la resurrección, como sea que la definamos. Como la mayoría de los Unitarios Universalistas modernos, mis experiencias de vida me han vuelto receloso de aceptar relatos con resonancias fuertemente teológicas como si fueran alguna clase de historia sensata, lo que es esencial para mi bienestar personal y espiritual.

Pero no puedo negar que bajo todos los asombrosos relatos de la Pascua, con sus contradicciones y desaciertos, hay un registro auténtico de una asombrosa transformación que te cambia la vida.

No que transforme un cuerpo crucificado en algo reluciente.

No de una tumba ocupada que se haya quedado vacía. Sino de la transformación de un grupo de campesinos sin estudios en un grupo de predicadores pacifistas que llegarían a desafiar el poder y las convicciones de un imperio basado completamente en la esclavización incuestionada de al menos la mitad de la población de esa época.

Como la mayoría de los estudiosos modernos, no tengo duda sobre que Jesús fue un maestro, uno amado por sus estudiantes. Debo señalar, sin embargo, que los estudiosos cristianos modernos como John Dominic Crossan[2], por ejemplo, sugieren que este maestro maravilloso fue asesinado súbita e inesperadamente. Fue asesinado, no debido a algún veredicto repentino o a una traición, sino simplemente debido a la ordinaria, anticlimática y bien engrasada maquinaria burocrática del gobierno, que no toleraba oposición alguna. No hubo nada heroico sobre la muerte de este maestro. La suya fue una típica, si bien completamente injusta, crucifixión de un no-ciudadano de las provincias del Imperio Romano, ejecutada por un gobernador particularmente inflexible y malhumorado.

Para sus estudiantes que lo amaban, desde luego, se trató de un drama. Quedaron absolutamente devastados.

Pienso que puedo imaginar cómo se habrá sentido esta devastación en parte, debido a que no puedo creer que haya sido muy diferente de la que sentí luego de que mi mejor amigo Esteban, en California, murió luego de un terrible periodo de un sufrimiento completamente increíble[3]. Él era algo como un maestro para mí también, y para Ricardo, su compañero de vida.

Luego de su muerte quedé casi paralizado. Apenas pude levantarme de la cama durante semanas, incluso meses. El hecho de que predicara los domingos durante ese periodo podría considerarse honestamente un milagro.

Un día, algunos meses después del entierro de Esteban, al caminar por un sendero en el Parque Golden Gate con muchos pinos torcidos verde obscuro, de la especie Monterey, la sensación de la presencia de mi amigo me abrumó repentinamente. Comencé a sentir como si su vida viviera en mí, como si su notable temeridad en situaciones sociales circulara por mis venas.

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Supe en mi corazón que esta fuerza podría estar conmigo, también, durante ciertas situaciones difíciles. Sabedor, luego de todos esos años de conversación profunda, de la profunda soledad que realmente zumbaba encubierta bajo su extravagante amor por los demás, comencé a desear comunicarme con los demás y ayudarlos de nuevas maneras, al mirar lo mejor que podía en lo más profundo de su alma, no a sus caras sonrientes que dicen: “Oh, todo está muy bien”.

El sol comenzó a ponerse al oeste del parque hacia el plateado Pacífico. La primera estrella despuntó en un cielo azul violeta. Y me pareció, al ver esta estrella enmarcada por las ramas obscuras de un pino, que sería casi tan fácil para mí escoger esta estrella y sostenerla en mi mano, como sería alcanzar una piña del árbol. El universo se hizo muy pequeño por un momento. Tuve una sensación de iluminación mística, un sentimiento de que un vínculo iba de mi corazón hacia todos y todo lo demás. Me sentí infundido de una calidez y una maravilla que era puro gozo.

Me sentí como paralizado, en esa surgencia oceánica de la maravilla, por el sentido de la presencia de Esteban, mi mejor amigo.

Me di cuenta de que su amor por mí, su profunda y auténtica relación conmigo y con su pareja y compañero de vida y todos sus otros amigos, también era la mejor y más auténtica parte de mí, y que nada podría quitarnos eso.

Luego de este momento, me sentí como una persona algo diferente. Empecé a ser menos afectado por la gente que trataba de lastimarme, o por quienes intentaban usarme de alguna manera. Empecé a intentar encontrar otras maneras de responder, aparte de la ira y la arrogancia autocomplaciente. Traté de relacionarme con estas personas de manera más compasiva, más desde un sentido de paz en mi corazón, en vez de desde un deseo de venganza. No negaba que la gente me lastimara —¡háganme favor!— como hice estoicamente en otro tiempo. No, sentía el dolor profundamente y me desangraba emocionalmente por los cuatro costados. Pero entonces, con todo cuidado me rehusé a pagar con la misma moneda.

Cuando leo la sección de la Autobiografía de Bertrand Russell que escucharon esta mañana, comienzo a pensar en el significado de la Pascua bajo una luz, precisamente, la luz de mi propia experiencia mística en el parque.

Pues, se los aseguro, pese a las tontas y muy negativas definiciones de lo místico que se encuentran frecuentemente en la prensa popular, e incluso entre los religiosos liberales, la palabra ‘místico‘ tiene un sentido muy positivo. La palabra místico significa más profundamente… aceptar la sabiduría de la experiencia sin limitarla con el concepto; esto significa aceptar y ser conmovidos por la maravilla de la comunión interior antes de intentar una interpretación que necesariamente la desvirtuará. Pienso que el Dr. Einstein, lo dice bien en su famosa cita:

La emoción más sutil de la que somos capaces es la emoción mística. Aquí yace el germen de todo arte y ciencia verdadera. Todo aquel para quien este sentimiento le sea extraño, que no sea capaz de asombrarse y viva en un estado de miedo es un hombre muerto. Saber que lo que es impenetrable para nosotros realmente existe y se manifiesta como la más alta sabiduría y la belleza más hermosa y que sólo sus formas más groseras son inteligibles para nuestras pobres facultades –este conocimiento, este sentimiento… este es el núcleo del verdadero sentimiento religioso. En este sentido, y sólo en este sentido, me considero un hombre profundamente religioso”. Albert Einstein, 1947.

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Lord Russell (quien ciertamente no era cristiano, como lo deja muy claro en su famoso ensayo Por qué no soy cristiano) una vez escribió un libro titulado ‘Misticismo y lógica’ en el que critica fuerte las inexactitudes de tales sentimientos místicos.

Encomia a la lógica severa como lo mejor de ese par.

E incluso en su autobiografía, Lord Russell afirma que un solo arrebato de éxtasis místico de cinco minutos de duración, detonado por estar en presencia una persona sufriente, una cierta “Sra. W.”, transformó su vida hasta el fin de sus días.

De repente se encontró lleno de un sentido de conexión íntima con todas las cosas. Se dio cuenta de que se había transformado, en un muy breve momento de revelación mística, de ser un comprometido partidario del Imperio Británico pasó a ser un pacifista.

El pacifismo y su renuencia a apoyar la violencia, aunque no tan rigurosa como la del Sr. Gandhi (1869-1948), fue parte de su vida hasta el día de su muerte, de acuerdo con todos sus biógrafos. Las relaciones de Russell con las otras personas se volvieron más cálidas, más genuinas. Su amor por los niños se profundizó especialmente. Él, el gran agnóstico, con una actitud marcadamente negativa hacia todas y cada una de las religiones, súbitamente habla con añoranza del “amor que los maestros religiosos han predicado”. Incluso compara su revelación como algo similar al tipo de Iluminación por la que luchó el gran Buda.

Lord Russell usa una notable imaginería en su descripción de su experiencia mística. Escribe: “Repentinamente el suelo debajo de mí pareció desplomarse, y me encontré en una región completamente diferente”.

¿Debo acaso suponer que al gran genio matemático, Bertrand Russell, realmente le quitaron el suelo debajo de sus pies, o que fue transportado por un ángel hacia otra tierra? No, no, desde luego se trataba claramente de metáforas, de figuras discursivas, de formas poéticas de hablar sobre sentimientos de comunión y de transformación ética que son imposibles de describir con palabras.

Pero me parece que tal imaginería no está realmente muy lejos de la imaginería de los relatos del Evangelio sobre la Pascua, que habla de cosas igualmente concretas… la tierra que se sacude cuando Jesús muere, una gran piedra que se desplazó de la entrada de la tumba.

¿Acaso tratarán de convencerme de que quienes escribieron estos relatos de verdad usaban el lenguaje de manera completamente diferente a la de Bertrand Russell? ¿Podrán hacerme creer que cuando dijo que la tierra se hundió debajo de él, se trató solamente de una metáfora, pero cuando ellos dijeron que la tierra se sacudió, no lo era?

El “joven sentado en el lado derecho” del sepulcro en el evangelio de Marcos, dice a las mujeres dolientes que llegaron para llorar su pena que no deben buscar “algo vivo entre las cosas muertas”. El Jesús resucitado se ha ido a otra región, “hacia la Galilea”, dice el joven. “Vayan y digan a sus discípulos… que él va delante de vosotros a Galilea”.

¿Y qué hay a su regreso a Galilea? Pueden imaginárselo, ¿no es así? Sus familias, sus barcas, sus redes de pesca anudadas, sus vidas cotidianas, sus niños, los pesados impuestos del gobierno, y las ordinarias tonterías burocráticas de la época. Eso es lo que los espera en Galilea. No un cuerpo resucitado, algo más muerto que vivo, sino algo completamente vivo… ellos mismos al vivir sus vidas.

Ellos mismos se transformaron por sus meditaciones místicas y metafóricas sobre el sufrimiento de su maestro. La experiencia de Lord Russell fue también detonada por el sufrimiento de un ser humano, de una cierta Sra. W.

Mi abuelo conoció el sufrimiento, también; vio bastante de ello.

Además de la parte que le correspondió, si la mitad de los relatos con los que fui criado fue medio cierta. Pero yo solamente lo conocí como a alguien completamente vivo, vivo en su jardín, vivo en su bodega de vinos, vivo con sus nietos a quienes lanzaba por los aires, vivo en su amor por mí.

Pero él creyó que cuando muriera, su capacidad de decir, ‘Soy Nazzareno’ sería enterrada con él bajo la tierra. Y aunque no tenía ninguna duda de que yo seguiría vivo luego de su muerte, y de que mi capacidad de decir, “Soy Mark” podría y probablemente surgiría de la parte más profunda de su alma.

¿De su alma? Sí, su alma… su capacidad de amar y de sostener relaciones que nos rediman.

De una manera similar, uno de los predicadores pioneros de la idea de resurrección[4] llegó a sus conclusiones sobre lo que tal idea podría significar al perseguir (es decir, inflingir sufrimientos) sobre varios de los discípulos de Jesús. Escribió sus cartas sobre sus ideas mucho antes de que cualquiera hubiera sugerido la metáfora de la tumba vacía.

En una experiencia mística que tuvo, imagino que oía una voz que le preguntaba, “¿Por qué me lastimas así?” “No te lastimo”, dijo el predicador. “Oh sí, pero yo soy Jesús, y cuando lastimas a mis discípulos, me lastimas a mí”.

Es claro para mí que este predicador nunca entendió la resurrección como un hecho literal, sino como el reconocimiento convincente y transformador de la vida de que todos estamos profundamente conectados los unos con los otros, y de que lastimar a cualquiera es lastimar a todos.

En cualquier caso, como yo lo veo, si la sobrevivencia de mi propio ‘Yo soy’ fuese tan importante, ¿De qué ‘Yo soy’ se trataría? ¿Del incómodo de 10 años? ¿Del dudoso de 30 años? ¿Del doliente de 40 años? ¿Del trabajador dedicado de 51 años de edad? ¿Del eco vacío de mi mente desmontada por el Alzheimer a los 90 años?

No, la parte más profunda de mí no es cuando digo, ‘Yo soy’.

La parte más profunda de mí es cuando me relaciono amorosamente contigo, conmigo mismo, con los árboles, con la tierra, con el recuerdo de un amigo bienamado, con el recuerdo de un gran maestro ético.

Y ese amor, esa relación, es lo que me sobrevive, es lo que surge en el aleluya “por siempre jamás, Amén”.

Como Rosario Castellanos nos lo recuerda en su poema, “No hay soledad, no hay muerte aunque yo olvide y aunque yo me acabe. Hombre, donde tú estás, donde tú vives. Permaneceremos todos”. Sobrevive en nuestras relaciones, en nuestra comunión de relaciones, no en nuestro idiosincrásico ‘Yo soy’.

La Pascua no es para mí un domingo particular de abril o marzo. El día de la Pascua, el Gran Gozo, es cuando ya no pienso más que mi yo es más importante que la trama de la red, la red, la comunión de relaciones transformadoras entre las que vivo. Es elegir, al menos, vivir cada momento de mi vida, sentirlo todo, amarlo todo, y rehusarme a lastimar o a controlar a otros como si yo fuera más importante que ellos. Insistir en vivir de cualquier otra manera, según me temo, es no vivir en absoluto. Y como el hombre en la tumba preguntó: “¿Por qué alguien buscaría lo que está vivo entre los muertos?”

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Notas:

[1] El Universalismo fue una rama del cristianismo sobrenatural que enseñó que luego de la muerte, todos eventualmente alcanzarían a ir al cielo, que Dios era demasiado bueno para castigar a cualquiera por toda la eternidad. Conforme la gente comenzó a perder interés en el “infierno”, hace cosa de un siglo, los usamericanos también empezaron a descubrir religiones de allende los mares. Entre más religiones estudiábamos, más veíamos que, aunque eran completamente diferentes, todas parecían preocupadas con cosas similares: sentido y propósito en la vida, preocupación por la ‘vida eterna’ (en su sentido literal de ‘vivir por siempre’ o en su sentido liberal de ‘vivir en armonía con valores eternos’), y así sucesivamente. Aparentemente todos los caminos religiosos no llevaban al mismo lugar, sin embargo, conducían a lugares muy parecidos. De aquí surge el nuevo significado de ‘universalismo’, referido a esta idea de que una gran variedad de caminos religiosos son formas de vida aceptables y dadoras de vida”. Revdo. Dr. Davidson Loehr

[2] John Dominic Crossan, católico. Profesor Emérito de Estudios Religiosos, Universidad DePaul, Chicago. Ha escrito veinte libros sobre el Jesús histórico en los últimos 30 años, entre ellos: ‘El Jesús histórico’ (1991), ‘Jesús: Una biografía revolucionaria’ (1994), ‘¿Quién mató a Jesús?’ (1995), y ‘El nacimiento del cristianismo’ (1998). Fue codirector del grupo académico interdisciplinario no-denominacional Jesus Seminar, y anterior director de la Sección del Jesús Histórico de la Sociedad para la Literatura Bíblica, una asociación académica internacional para el estudio de la Biblia.

[3] La hagadá de Ricardo, por Mark Belletini, narrada por Katie Lee Crane. Este relato es una hagadá contemporánea ‘La haggadá de Ricardo’. No es fácil de escuchar, pero es importante de recordar:

Sucedió en un apartamento en la Calle de Noe, en San Francisco, en la primera noche de Pésaj, la Pascua Judía. Es el relato de una Séder —o cena ritual de Pésaj— sin comida. Había tres hombres adultos en el apartamento. Esteban acababa recién de llegar a casa después de algunas semanas en el hospital. Había sufrido una grave reacción alérgica a un medicamento, lo que le provocó que perdiera su piel. Perdió sus encías, sus uñas, sus párpados, su lengua, su cuero cabelludo —cada centímetro de piel que cubría su cuerpo se había descarapelado. Y, como parte de la respuesta alérgica, el cuerpo de Esteban se escoció a sí mismo. Fue como si toda la superficie de su cuerpo estuviera cubierta con quemaduras de segundo grado. Nadie había sobrevivido nunca a esta horrible experiencia. El caso de Esteban era el peor registrado en su tipo. Y aunque Esteban sobrevivió y estaba en casa, estaba débil y con gran dolor.

Su amante y compañero de vida, Ricardo, estaba al lado de su cama. También Mark. Mientras Esteban dormía, Marky Ricardo fueron a la cocina a tomar un descanso. Ahí, entre pilas de correspondencia sin abrir, revistas, diarios y envases vacíos de jugo, se sentaron juntos, tranquilamente. Hablaron de cualquier cosa. Entonces Mark recordó que era la primera noche de la Pascua.

Mark sabía que ambos hombres se reunían con otros amigos para la cena de la Séder de Pésaj. De repente, Mark preguntó, —“¿No vas a ir a ninguna Séder?”

Y Ricardo, quien primero abrió los ojos sorprendido sin mirar a ninguna parte por un momento, respondió suavemente: —“¿Para qué, Marcos? Ahora estamos en nuestra Séder —tú y yo— aquí, en esta mesa”.

—“¿No saboreas las hierbas amargas, y la sal en tu lengua? ¿Acaso no comprendes que el pan que comimos esta noche nunca se esponjará? ¿No te das cuenta que caminamos por un páramo desolado y que no sabemos hacia dónde vamos? ¿Acaso no sabes que esta ES la Pascua?”

¿Qué hizo que esa noche fuera diferente de otra noche?

Dos hombres, miembros integrales de la familia de Esteban, estábamos reunidos alrededor de una mesa de Formica, en un apartamento en la calle de Noe, y sollozamos … y recordamos.

Como millones que han sido separados, rechazados, torturados, oprimidos, perdidos o arruinados, como millones que no tuvieron nada qué comer, ni un lugar para la cena ritual, ellos regresaron al antiguo relato de esperanza.

Volvieron a revivir el relato de la libertad. Y se reconfortaron allí, en esa mesa.

* ‘Hagadá’ es, en el judaísmo, el cuerpo de la erudición rabínica no jurídica, que incluye leyendas, anécdotas y parábolas que sirven para ilustrar los principios religiosos y éticos de la ley tradicional compilados en el Talmud y el Midrás durante los primeros siglos de la era cristiana. El término Hagadá sirve también para designar el libro de oraciones que se utiliza en el Séder, o cena ritual de la Pascua judía.

[4] Alusión a Saulo de Tarso, luego conocido como San Pablo.

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Las cuatro caras de Jesús (V.2004)

6. abril. 2009

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Revdo. Dr. Davidson Loehr, 23 de mayo de 2004, Primera Iglesia Unitaria Universalista de Austin, Texas, (Trad. Fco. J. Lagunes G.)

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Plegaria

Oramos, no a algo, sino desde algo a lo que debemos dar voz;
no para desentendernos de nuestra vida, sino para enfocarla;
no para renunciar a nuestra mente, sino para restaurar nuestra alma.

Oramos por poder vivir con honestidad:
para que podamos aceptar quiénes somos,
y admitir quiénes no somos;
para que no nos ensordezcan el orgullo y el miedo,
y no ignoremos el suave susurro de la vocecilla dentro de nosotros,
que podría conducirnos hacia fuera de la oscuridad.

Oramos para que podamos vivir con confianza y apertura:
hacia aquellas personas, aquellas experiencias, y aquellas transformaciones
que pueden salvarnos de la estrechez de miras y la desesperación.

Y oramos a favor de estas esperanzas
con el corazón abierto, el alma honesta
y una reverencia agradecida por la vida que nos ha sido dada.

Amén.

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Sermón: Las cuatro caras de Jesús


Relato: El mago

Era un tiempo de luchas terribles. Por todas partes, la gente estaba dividida en grupos separados, como pequeños clubes. Y en todas partes peleaban contra toda la gente que no estaba en su pequeño club.

Todos decían que odiaban el enfrentamiento, desde luego. Pero todos sabían que solamente la gente en su pequeño club tenía realmente la razón. Y dado que tantos otros estaban equivocados bueno, todos ellos rezaban para que Dios les diera la victoria sobre los demás, y así terminara la lucha. Pero mientras tanto, era una época de enfrentamientos terribles.

Un día, un joven mago vino a esta región. Él no parecía pertenecer a ninguno de sus clubes, pero era un maravilloso mago y realizó algunos trucos sorprendentes. Tenía en él esa clase de ‘cualidad estelar’ que atraía a la gente. Mucha gente amaba mirarlo, aunque no les interesaba gran cosa escucharlo, debido a las cosas que les decía.

Lo que les dijo fue que si no estuvieran divididos en tantos clubes, no habría tanto enfrentamiento. Sus clubes, les dijo, eran la causa de sus guerras.

Para la gente, esta era la cosa más estúpida que nunca habían oído. Sus pequeños clubes les daban una minúscula área de paz y amistad entre gente como ellos mismos, en un mundo de otra manera hostil. A ellos les gustaban sus clubes. Así que casi nunca escucharon cuanto el mago trató de enseñarles. Pero amaban su magia, así que siguieron yendo a verlo y comenzaron a contarse historias sobre lo grandioso que era como mago.

Años después, luego de la muerte del joven mago, una cosa chistosa sucedió, aunque no le hubiera parecido graciosa al mago. La gente formó un nuevo club. Y para estar en este nuevo club, tenías que creer todos los relatos que ellos contaban sobre el joven mago. Incluso hicieron imágenes y esculturas de él, que exhibían en sus lugares de reunión, para que la gente pudiera recordar cuán grande había sido.

El club llegó a ser popular y pronto tuvo miles de miembros. Antes de que pasara mucho tiempo, se hicieron incluso con un ejército.

Fue entonces cuando finalmente decidieron que podrían usar su ejército para terminar la lucha de una vez por todas. Sus sacerdotes y generales acudieron a sus lugares de reunión —que se habían convertido en iglesias— e hicieron como que hablaban a las imágenes y estatuas del mago muerto, como pidiéndoles su bendición. Después de todo, ¿no había hablado siempre el joven mago de traer la paz?

Fueron a la guerra. Fue una guerra larga, y mucha gente murió o resultó herida. Pero su ejército era mayor y ganaron. Obligaron a mucha, mucha gente a hacerse parte de su club, debido a que querían que entraran en razón —es tan importante estar en lo correcto.

Luego de las batallas, sus sacerdotes y generales fueron a la iglesia a dar las gracias. Se pararon frente a las imágenes y esculturas del mago muerto, y le contaron su orgullosa historia de la batalla victoriosa.

Entonces sucedió el milagro. Justo cuando todos los sacerdotes y generales miraban las estatuas y les hablaban de sus guerras victoriosas, todas las imágenes y estatuas empezaron a llorar…

El jóven mago, por supuesto, era Jesús.

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Tiene riesgos despojar a un hombre como Jesús de su aureola y preguntarse qué clase de hombre fue, y qué tan sabias fueron realmente sus enseñanzas. Esto ofende a la imagen popular de Jesús, sentimental y soñadora, como el Hijo de Dios y salvador sobrenatural de la raza humana. Desde hace ya más de dos siglos, los estudiosos han sabido que aquellos eran atributos míticos inventados por sus seguidores mucho tiempo después de su muerte y que el Jesús real fue 100% humano —dado que esta es la única categoría que existe para nosotros. Llamarlo ‘Hijo del Hombre‘, en el sentido de ‘Hijo de Dios’ era una expresión poética, no una afirmación biológica, ni sobre su genética. No nos agradaría vivir en un mundo construido de tal manera que la gente pudiera recibir la mitad de sus cromosomas de un humano y la otra mitad de un dios celeste, sin duda esto tampoco habría complacido a sus contemporáneos.

Quiero respetar la verdad sin rendir culto al mito esta mañana, por medio de la sugerencia de que este hombre, Jesús, tuvo por lo menos cuatro diferentes aspectos, o ‘caras’. Un aspecto fue inútil, un segundo —el más ‘mágico’— fue real, pero no sobrenatural. Un tercero simplemente erróneo. Y entonces está la cuarta cara de Jesús, que aún hoy parece mirar dentro de nuestras almas con incómoda precisión.


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1. Jesús como pensador cínico itinerante

La primera cara de Jesús se refiere a su estilo de vida, a sus valores personales, la clase de modelo a imitar que él habría sido. Esta es la dimensión de Jesús que apenas ha sido discutida, debido a que es tan estrafalaria. Por ejemplo, trata de recordar cuántos sermones has escuchado predicar sobre estas citas atribuidas a Jesús:

  • «Quien no reniegue de su padre y de su madre, no podrá hacerse estudiante mío. Y quien no rechace a sus hermanos y a sus hermanas… no está listo para mí» (Evangelio de Tomás, Logion 55, siguiendo la versión dinámica de Lynn Bauman) —¡No es precisamente un texto para un sermón convencional sobre ‘valores familiares’!

  • En otra ocasión, una mujer de la multitud, en voz alta, dijo a Jesús, “Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te criaron”. Era esta una manera convencional de hacer un cumplido a la madre a través del hijo, algo así como decir, “Tu madre debe estar muy orgullosa de ti”. Pero Jesús replicó así: «Dichosos más bien los que escuchan la enseñanza de Dios y la ponen en práctica» (Evangelio Q en Lucas 11:27-28) —¡Otro mal texto para el día de las madres!

  • Y la última cita que es la más extrema y la más famosa. Viene del Evangelio de Lucas. En el que Jesús dice «¿Creen ustedes que he venido a traer paz a la tierra? Les digo que no, sino división. Porque de hoy en adelante, cinco en una familia estarán divididos, tres contra dos y dos contra tres. El padre estará contra su hijo y el hijo contra su padre; la madre contra su hija y la hija contra su madre; la suegra contra su nuera y la nuera contra su suegra.» (Evangelio Q en Lucas 12: 51-53) —¡Nunca se escucha a la derecha cristiana predicar este fragmento tampoco!

Estos dichos no se corresponden con la imagen tradicional del Jesús dulce que habría predicado valores familiares, así que casi nunca son mencionados. Nos muestran algunos de los valores personales de Jesús y de su estilo de vida, aunque lo hacen parecer muy extraño y ajeno, por no decir fastidioso. Porque la mayoría de los estilos de vida que Jesús ejemplificó nunca han tenido muchos seguidores.

Este es el perfil de alguien en el margen de cualquier cultura, en cualquier época. Los estudiosos reconocen este perfil, no obstante. Era un estilo marginal pero bien conocido de vivir en el mundo antiguo. Desde cerca del cuarto siglo AEC (antes de la era común), hasta aproximadamente el siglo sexto EC (de la era común), había un nombre para este estilo de vida ejemplificado por Jesús. Estos personajes fueron llamados los ‘cínicos’[1].

Algunos estudiosos consideran a Jesús un ‘pensador cínico itinerante’. El nombre en sí mismo es desdeñoso, fue dado a los ‘cínicos’ por sus detractores (de esa forma se originaron muchos nombres). Viene de la palabra griega para ‘perro’, y quería decir que los cínicos vivían como perros. No tenían casa, ni propiedad, ni consortes, ni un círculo fijo de amigos, ni trabajo, ni amor por la sociedad en la que vivieron. Los cínicos no ofrecieron una reforma de la sociedad, tanto como ofrecieron una alternativa a la sociedad.

Los mejores de entre los cínicos fueron críticos sociales astutos: fueron una especie de versiones seculares de los profetas del Antiguo Testamento, manteniéndose por fuera del orden de cosas aceptado, mientras trataban de subvertirlo.

Alguien que pudiera vivir una vida de esta manera tenía que estar, entre otras cosas, extremadamente enfocado y dedicado a su visión particular. Para el cínico más famoso de la historia, Diógenes[2] de Sínope (404AEC-323AEC) , la visión fue una de autonomía personal, de libertad de las exigencias innecesarias de la sociedad. Un viejo relato lo ilustra:

“El mensajero del rey llegó a ver a Diógenes, quien estaba sentado en cuclillas en la calle para comer un simple plato de lentejas. ‘El rey lo invita a vivir en su castillo’, dijo el mensajero, ‘y a ser uno de sus asesores en la corte’.

“‘¿Y por qué debiera hacerlo?’, preguntó Diógenes.

“‘Bueno, por una cosa’, dijo el mensajero, ‘si aprendiera a ganarse el favor del rey, no tendría que comer lentejas’.

“‘Y qué si uno aprende a disfrutar las lentejas’, replicó Diógenes, ‘así no tendría que aprender a ganarse el favor del rey'”.

El mensaje de los cínicos fue siempre extremo, y estuvieron dispuestos a sacrificarlo todo por él. Más aún, siempre se mostraron convencidos de que todos los demás estarían mejor también si abandonaran la visión de la vida prevaleciente en la sociedad y adoptaran su visión cínica. Su mensaje fue para individuos. No pertenecieron, ni se ocuparon de una comunidad real. No fueron reformadores sociales. Pensaron que la sociedad estaba fundamentalmente equivocada, y que la gente debería ‘ponerse en onda, prenderse y desertarse’ para recuperar el famoso lema de los años ‘jipitecas’ (jipis, o hippies).

Jesús cuadra muy bien dentro de esta concepción del pensador cínico. No tenía hogar, propiedad o trabajo. No daba por buenas las imágenes aceptadas de ‘la buena vida’ o las expectativas normales que sobre la gente se tenían en una sociedad civilizada —las reglas culturales y religiosas que daban a la gente sus identidades sociales, por ejemplo. Su visión del “Reinado de Dios” era, para Jesús, la única cosa digna de vivir por ella. Sus parábolas presentaron al ‘Reinado’ de esta forma extrema, una y otra vez. Era una “perla de gran valor”, un “tesoro enterrado en el campo” por el que el afortunado descubridor lo venderá todo.

Lo que debe notarse sobre los cínicos, incluido Jesús, es que su mensaje nunca es fácilmente escuchado, o seguido, excepto por personas extremadamente marginales —otros cínicos. Los esposos, esposas, niños, el gozo del trabajo, hacer una contribución a la sociedad, el nacionalismo, el orgullo de identidad étnica o religiosa —todo esto no era nada para los cínicos en comparación con su singular visión. En el caso de Jesús, su familia entera fue tratada como si no contara nada en comparación del “Reinado de Dios”. Esto no convirtió a Jesús en excepcionalmente frío, insolidario, o indiferente, simplemente lo identifica como uno de los grandes cínicos de la historia —y un pensador cuya visión era, a veces, demasiado extrema para resultar útil, o sabia, para la abrumadora mayoría de la gente que ha vivido jamás, entonces o ahora.

Así que la primera cara de Jesús fue la de un estilo de vida cínico. Constituyó una gran parte de quién fue él y de lo que valoró. Para casi todos en la historia, excepto para los cínicos, sin embargo, este no fue un camino sabio a seguir, sino una inútil aberración [= grave error del entendimiento, que se aparta de lo lícito].

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2. Jesús, el sanador por la fe

Prácticamente todos los estudiosos bíblicos están de acuerdo en que Jesús fue un hombre con un gran carisma y una señalada habilidad para lo que hoy llamaríamos ‘sanación ritual‘. Aunque casi todos los estudiosos aceptan que los relatos fueron grandemente exagerados, y que las escenas como ‘caminar sobre el agua’, levantar a Lázaro de entre los muertos, o alimentar a 5,000 personas con unos pocos pescados, son todos mitologización cristiana, el hecho duro sigue siendo que Jesús fue fundamentalmente conocido, en su tiempo y en los primeros siglos, como un curandero de gran talento. Era este poder casi mágico lo que realmente atrajo gente hacia él, aun cuando no entendían, o no querían escuchar, las cosas que él quería enseñar. Sus seguidores también compartieron este poder curativo, aunque no en la misma medida en que lo tenía Jesús.

Sin intención de desacreditar, hay que hacer notar que esta clase de poder carismático no implica necesariamente que el curandero sea bueno, o sabio. Todavía hay muchos curanderos hoy en día, desde Oral Roberts (1918-), hasta Bennie Han. Además, el principio de la curación por la fe está detrás de los placebos —esas píldoras de azúcar que muchas veces pueden hacer desaparecer tus síntomas, si crees que pueden hacerlo. Es fácil pensar en algunas otras figuras históricas que también tuvieron un carisma inmenso y un gran poder personal sobre la gente, pero que no fueron sabios, o que incluso fueron malvados. Rasputin (1869-1916), Hitler (1889-1945), Jim Jones (1931-1978), Marshall Applewhite (1931-1997), y David Koresh[3] (1959-1993) son ejemplos que me vienen rápidamente a la mente. No todos los sabios son magos, ni todos los magos sabios. Aún así, Jesús fue uno de los curanderos rituales más brillantes de la historia.

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3. El joven idealista sin el concepto de ‘Sangha

La tercera cara de Jesús muestra un límite severo de su visión, uno que casi sin duda lo habría relegado al basurero de la historia, de no ser por las contribuciones de San Pablo. Esta afirmación por sí sola es suficiente para perturbar o enfurecer a muchos que aman a Jesús y no pueden soportar a Pablo.

La enseñanza ética que más se asocia con Jesús es la Regla de Oro [«Así pues, hagan ustedes con los demás como quieran que los demás hagan con ustedes; porque en eso se resumen la ley y los profetas.» Mt 7.12]. Aunque se afirma que Jesús dijo que el significado de la Regla de Oro es “Trata a los otros como quisieras que te trataran”, por más de 20 siglos se ha dado por hecho que la Regla de Oro para Jesús también sería equivalente a otro de sus dichos: «Si alguien te pega en una mejilla, ofrécele también la otra…» Lucas 6.29. Algunas sectas cristianas radicales, como el grupo cátaro de la Francia del siglo XIV, o los menonitas de la Alemania del siglo XVI, tomaron esto literalmente y se rehusaron completamente a resistir la violencia de otros. Esto condujo a la matanza de miles o decenas de miles de cátaros, y al exterminio de la mayor parte de la primera generación de menonitas [y otros anabaptistas].

No era una enseñanza nueva. Había estado presente por ahí por lo menos 500 años antes de la llegada de Jesús. Sabemos esto porque tenemos el relato de uno de los seguidores de Confucio (551 AEC-479AEC) que le preguntó —cinco siglos antes— qué es lo que pensaba de la idea de retribuir al mal con el perdón. Confucio pensaba que era una idea estúpida. «¿Con qué entonces [preguntó Confucio] retribuirías la bondad?» En cambio, Confucio enseño que debemos retribuir al mal con la justicia, y retribuir al bien con el bien. Confucio vivió para llegar a ser mucho más viejo de lo que Jesús vivió; tal vez esta solo sea una muestra de la gran sabiduría de un hombre mucho más viejo.

Otros dicen que si quieres ver un lugar en el que la gente ha llevado a la práctica en su vida la regla de poner la otra mejilla, ve a un refugio para mujeres golpeadas. Fue una enseñanza muy idealista, pero no una enseñanza sabia, a menos que estés en una comunidad en la que todos sean tratados con respeto.

Y esa es la segunda y más importante limitación de las enseñanzas de Jesús. Todas sus enseñanzas fueron dirigidas hacia individuos. No vino a reformar el judaísmo; no vino a iniciar una nueva religión, ni a fundar una nueva iglesia. No tenía casa, ni trabajo, ni comunidad y nunca planteó en sus enseñanzas la necesidad de una comunidad saludable.

Una mirada rápida al budismo puede ayudar a entender lo que Jesús omitió. Los budistas dicen que debes contar con tres cosas para llegar a despertar, a alcanzar la iluminación. Debes tener [algo como las 3 joyas del budismo:] buddha, dharma, y sangha[4]. Buddha significa un centro, una fuente de autoridad e inspiración. Dharma significa el trabajo personal que debes hacer. Jesús, podría decirse, enseño que debías tener Dios y dharma: debes vivir como Dios quiere que vivas. Pero no tuvo ninguna palabra sobre la sangha. La sangha es la comunidad apoyadora dedicada a servir estos altos ideales, como una buena iglesia. Y los budistas tienen razón: no parece probable que logremos el crecimiento y el despertar que necesitamos por nosotros mismos. Necesitamos una comunidad que nos brinde apoyo, una comunidad de fe, una iglesia. Jesús nunca mencionó esto.

Es irónico —especialmente para la gente a la que le agrada Jesús, aunque le desagrada Pablo— pero el interés por la comunidad fue lo que Pablo aportó, con lo que hizo posible la creación de una religión a partir de los recuerdos, mitos y enseñanzas de Jesús. Sin Pablo, Jesús sería tan solo otro maestro que destacó los deberes individuales, pero que omitió discutir la necesidad de ser parte de una comunidad de fe.

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4. El subversivo de las identidades artificiales

Es difícil saber cómo llamar a esta cuarta cara de Jesús. Como los estudiosos bíblicos saben, la principal preocupación de Jesús era lo que llamó el Reinado de Dios. Lo que Jesús entendió por Reinado de Dios fue fundamentalmente diferente de lo que la mayoría de los cristianos han entendido por esta frase. Entendido propiamente, fue la enseñanza más radical de Jesús. Fue también la más profunda y perdurable, y es su cuarta “cara”.

La frase ‘Reinado de Dios‘ no fue exclusiva de Jesús. Era una frase popular en los primeros dos siglos, usada por mucha gente. Significaba el mundo ideal, la clase de mundo que podría brindar la mayor compasión y justicia. Juan el Bautista, quien fue maestro de Jesús, dijo que el mundo había ido demasiado lejos para ser salvado, que deberíamos esperar a que Dios lo destruyera todo y volver a empezar con la clase apropiada de personas —aquellos que creyeran lo que Juan el Bautista creía.

Luego de que Juan el Bautista fue asesinado y de que no llegó el fin del mundo, Jesús emergió como líder carismático, y muchos de los seguidores de Juan empezaron a seguirlo. Pero el mensaje de Jesús era muy diferente. El “reino” de Juan sería sobrenatural; para Jesús, el reinado de Dios era existencial, aquí y ahora, no en un mundo por venir.

Para Jesús, el Reinado de Dios nes algo que vendría a la sazón. Ya estaba aquí, al menos potencialmente, dentro y entre nosotros. O como lo dijo él mismo en otro lugar: el reino está extendido sobre la tierra, y la gente no lo ve [Evangelio de Tomás, Logion 113: «Sus discípulos le dicen: ¿Cuándo vendrá la soberanía? || (Yeshúa dice:) No vendrá por expectativa. No dirán, “¡Miren aquí!” o “¡Miren allá!”. Sino que la soberanía del Padre se extiende sobre la tierra y los humanos no la perciben.» ; Lucas 17.20-21].

¿Cómo renovar un mundo hostil? Esta ha sido casi siempre la pregunta que enfrentamos. Para Juan el Bautista, así como para muchos predicadores apocalípticos[5] de hoy, debemos esperar a Dios para actuar. Para Jesús, Dios esperaba que actuáramos. Y actuamos, creamos el Reinado de Dios, o el mejor mundo posible, simplemente al tratar a otros como nuestros hermanos y hermanas, como hijos de Dios. Lo que Jesús hizo fue atacar y subvertir las identidades excluyentes, identidades que nos hacen sentir especiales o ‘escogidos’ al precio de dejar a los otros en una situación como de segunda clase.

Esto suena agradable y dulce, sin embargo, es una cosa peligrosa de enseñar. Por ejemplo, las leyes de alimentación de los judíos los separan de sus vecinos. Así que las instrucciones de Jesús a sus seguidores fueron que comieran lo que les sirvieran: puerco, mariscos, cabras, cualquier cosa que sirviera el anfitrión. Los judíos odiaban a los samaritanos, con cuyo reino limitaban al norte, más de lo que odiaban a casi cualquiera. Así que Jesús contó una historia sobre un judío golpeado que yacía a un lado de la carretera, cuando pasaron unos sacerdotes judíos a su lado, y la única persona que lo socorrió fue un samaritano. Durante sus principales días santos, los judíos solo comían pan ácimo (sin levadura). Así que Jesús dijo que el reino de Dios es como la levadura que pones en la masa para expandirla. Una y otra vez, él desdeñó las identidades artificiales que nos separan de los demás. Sólo había una identidad posible para nosotros en el Reino de Dios: tratarnos mutuamente como hermanas y hermanos.

¿Ves todo lo subversivo que resulta esto? Este es un mensaje que podría amenazar cualquier forma de gobierno, todas las ideologías, y todas las identidades religiosas y raciales. El mundo está en un caos, hemos perdido un centro compartido, así que creamos cientos de centros artificiales, o ‘clubes’, de los que obtenemos nuestras identidades. El problema es que son demasiado pequeñas, todas excluyen a quienes creen o viven de manera diferente a nosotros, y por ello son precisamente las estructuras que mantienen al mundo como un lugar hostil.

Hoy en día, su mensaje podría ser ¡Dejen de unirse a clubes! Dejen de identificarse con su nación, su raza, su religión, o su sexo. Todas estas identidades son finalmente divisivas y hacen así imposible un mundo pacífico. ¿Quieres un reinado de Dios? ¿Quieres un mundo de paz y justicia? Está en tus manos y sólo en tus manos. Te ha sido dado todo lo que necesitas, ahora es tiempo de actuar.

Este es un mensaje que todavía haría que mataran al mensajero que lo portara, casi en cualquier parte del mundo. Imagina haber ido a Irlanda del Norte, hace algunos años, a decirles a los combatientes que ninguno de sus bandos era cristiano, que ambos eran agentes del mal, y que debían dejar de pensarse a sí mismos como protestantes y católicos, porque tales identidades serían ellas mismas el problema. La única cosa en la que ambos bandos habrían estado de acuerdo sería en lincharte colgándote del árbol más cercano.

Imagina intentar vender el mensaje a los judíos y palestinos, y decirles que la única forma de parar la lucha asesina es dejar de pensarse a sí mismos meramente como judíos y palestinos, y comenzar a verse mutuamente como hermanos y hermanas, como hijos de Dios. ¡Te dispararían!

No quiero sugerir que Jesús fuera la única persona en la historia en contemplar esta visión de un mundo que sigue mezquino y hostil debido a nuestras identidades artificiales y nuestros impulsos territoriales. Puedes encontrar esta idea de que todos somos hermanos y hermanas en muchas religiones y culturas. También la encuentras en culturas que nunca tuvieron contacto directo con la civilización occidental. Recuerda estas líneas del hombre de medicina Lakota Siux, Alce Negro:

“Y vi que ese aro sagrado de mi pueblo era uno de muchos aros que formaban un círculo, amplio como la luz del día y la luz de las estrellas. Y en el centro creció un poderoso árbol floreciente para resguardar a todos los hijos de una madre y un padre. Y vi que era
bendito”.

Estas cosas no son verdad porque las hayan dicho Jesús, Alce Negro u otros. Son verdaderas porque ellos han atisbado la esencia de lo que significa ser humanos, con una claridad que poca gente en la historia había logrado jamás. No conozco ninguna forma de alegar contra esta noción precisa. Parece honda, profunda y eternamente correcta. Nuestras tendencias humanas o animales a crear identidades artificiales para nosotros mismos son el pecado original de nuestra especie. Nos sentimos mayores y más merecedores de consideración como parte de una familia, una nación, una raza, una cultura. Así que naturalmente nos unimos a pequeños clubes y ondeamos nuestras banderas, y esperamos la segunda venida de Jesús para que pueda haber paz en el mundo.

La tragedia real de un hombre como Jesús no es que hayan arrumbado tanta fantasía tonta sobre él a través de las épocas pasadas —aunque Dios sabe que así ha sido. La tragedia es que lo ascendimos a hombre-Dios, luego lo anexamos a la religión de Juan el Bautista que esperaba que ese hombre-Dios viniera para salvar el mundo para nosotros, mientras nos sentábamos en silencio a recitar cualesquier credos que nuestros pequeños cultos religiosos, políticos o sociales hayan declarado como la ortodoxia vigente. Tomamos al hombre que vivió y murió predicando contra las identidades divisivas y creamos un club alrededor de su nombre. Es un cruel e irónico destino para el simple judío de Galilea.

La tragedia es que este hombre extraño, este judío marginal sin familia, amigos, propiedad o trabajo realmente tenía algo que ofrecernos, y nadie lo quiere. Es demasiado duro. Pide demasiado de nosotros. Así que encontramos una ruta más simple. Hicimos miles de estatuas de este hombre, Jesús, a quien convertimos en un Hijo de Dios. Y oramos para que, a través de su infinito poder, traiga la paz a este mundo en el que hacemos la guerra al identificarnos con nuestra irrelevante religión, nación, raza o territorio. Entonces decimos amén, salimos, y nos preparamos para los días de batalla contra los infieles de la iglesia de junto, del pueblo de junto, de la nación de junto.

Y entonces imagino el resto de la historia. Imagino que por todo el mundo, conforme la gente sale de sus iglesias, dan la espalda a las imágenes y estatuas de Jesús que han hecho. Y luego de que todos se han ido, por todo el mundo, en la fría obscuridad de las iglesias vacías, todas las imágenes y estatuas empiezan a llorar…

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NOTAS DEL TRADUCTOR

[1] La creencia (expresada por Diógenes de Sinope) de que todo el sentido de la vida humana es la satisfacción de nuestras necesidades naturales más elementales, sin ningún respeto por las convenciones sociales. Por ello, los cínicos practicaron la autodisciplina, con el objeto de evitar la infelicidad que invariablemente resulta de cualquier esfuerzo de seguir las obligaciones artificiales. Los cinicos rechazaron las ideas convencionales sobre la moralidad y la buena vida, bajo el argumento de que el único bien es aquel que sea racional (y por lo tanto virtuoso). La mayoría de los cínicos también rechazaron la propiedad, el matrimonio y el estado. Para los cínicos la sobriedad y la moderación eran el medio de la liberación humana, su visión no consistía tanto en la gratificación de los apetitos naturales, como en la no—gratificación de los artificiales.

El cinismo pretendía dar una respuesta individual a la incertidumbre que se vivía en este periodo de crisis cultural, manifestando su malestar y descontento, y también librarse de los caprichos de la fortuna, guiando al individuo hacia la felicidad. Este camino no era fácil así que se necesitaba un entrenamiento, una disciplina para a conseguir una plena autonomía moral y a ser posible también física. Era característico de los cínicos la transgresión continua, tanto de los valores tradicionales, como de las normas sociales. http://www.cinicos.com/cinicos.htm

[2] La figura de Diógenes de Sinope (aprox. 413—327 AEC) enseguida pasó a ser una leyenda de provocación y la imagen del sabio cínico por excelencia, de aspecto descuidado, burlón y sarcástico. Vivía en un tonel, buscaba a plena luz del día con un candil, nada menos que al hombre, se masturbaba en público, comía carne cruda, escribía libros a favor del incesto y del canibalismo. Su padre era banquero y cuenta Diógenes Laercio que un buen día decidió consultar al oráculo y recibió como respuesta “invalidar la moneda en curso”, que como todas las respuestas de los oráculo era enigmática, dicha respuesta tenía al menos tres sentidos: falsificar la moneda, modificar las leyes o transmutar los valores. Diógenes no quiso elegir e hizo las tres cosas, el resultado fue la expulsión y el destierro de Sinope. “Ellos me condenan a irme y yo les condeno a ellos a quedarse”, fue su irónico comentario.

Forzado por estas circunstancias, deambuló por Esparta, Corinto y Atenas, en esta ciudad frecuentó el cinosarges y se hizo discípulo de Antístenes, optó por llevar una vida austera y adoptó la indumentaria cínica, como su maestro. Desde sus comienzos en Atenas mostró un carácter apasionado, llegando Platón a decir de él, que era un Sócrates que se había vuelto loco. Pone en práctica de una manera radical las teorías de su maestro Antístenes. Lleva al extremo la libertad de palabra, su dedicación es criticar y denunciar todo aquello que limita al hombre, en particular las instituciones. Propone una nueva valoración frente a la tradicional y se enfrenta constantemente a las normas sociales. Se considera cosmopolita, es decir, ciudadano del mundo, en cualquier parte se encuentra el cínico como en su casa y reconoce esto mismo en los demás, por lo tanto, el mundo es de todos. La leyenda cuenta que se deshizo de todo lo que no era indispensable, incluso abandonó su escudilla cuando vio que un muchacho bebía agua en el hueco de las manos. Conoció a algunos de los filósofos y gobernantes de la época, se cuenta la anécdota de que estando un día en las afueras de Corinto, se le acercó Alejandro Magno y ofreció concederle lo que quisiera, a lo que el filosofo respondió simplemente: “Hazte a un lado que me quitas el sol”. Esta anécdota pretende reflejar claramente que el sabio no necesita nada de los poderosos, que está por encima de las riquezas materiales y de la ambición del poder. http://www.cinicos.com/ci03.htm

[3] El pasado 18 de noviembre de 1998 se cumplió el veinte aniversario del suicidio colectivo de casi mil personas en Jonestown, Guyana. Esa fatídica tarde, cientos de personas, incluidos niños, obedecieron la orden del reverendo Jim Jones de beber cianuro de potasio disuelto en refresco. Aquéllos que se negaron fueron asesinados por la guardia paramilitar de Jones. El resultado fueron 914 muertos de la secta Templo del Pueblo, incluido el propio líder (Tobias y Lalich, 1994).

El evento de Jim Jones inauguró la era moderna de los suicidios rituales colectivos que se vienen suscitando con mayor incidencia conforme se acerca el próximo fin de milenio. Quince años más tarde, el 19 de abril de 1993, David Koresh, dirigente de los davidianos se autoinmoló junto con más de 80 seguidores (Samples et al., 1994). Semanas antes, Koresh y 528 de los suyos habían protagonizado un enfrentamiento a tiros con la policía que dejó seis agentes federales y cuatro miembros de la secta muertos además de 20 heridos. El lugar de los hechos fue el rancho Monte Carmelo, en Waco, Texas.

En octubre de 1994, la sociedad esotérica secreta conocida como Orden del Templo Solar sorprendió a los analistas socio—religiosos. Luc Jouret, homeópata de profesión, efectuó, junto con sus seguidores, suicidios diferidos en Suiza y Canadá. 48 individuos murieron en el primer país y desde entonces hasta la fecha se han añadido más de 18 personas a la lista (Abanes, 1998). Las investigaciones más recientes indican que no todos los casos fueron realmente suicidios. Varios fueron homicidios y además, previamente, se han documentado casos de ejecuciones de disidentes (Harris, 1977).


[4] Buda no era un dios, ni un enviado, ni un profeta. Buda era un hombre, un ser humano, que a través de su esfuerzo y perseverancia consiguió liberarse del sufrimiento de forma definitiva, consiguió la felicidad absoluta y una comprensión total de la realidad, realidad que está más alla de todo concepto Divino y Humano. Los budistas consideran a Buda como la personificación viva de la verdadera naturaleza fundamental e inmutable que está presente en todos los seres. Toda su vida y sus actos son considerados una enseñanza y se dice que todos los budas que aparezcan llevaran a cabo los mismos actos.

El Dharma, es la experiencia de la realidad que adquirió Buda la transmitió a través de sus enseñanzas, el Dharma. La palabra Dharma tiene muchos significados, pero básicamente significa ‘lo que es’ o ‘las cosas tal y como son’.

La Sangha se encarga de mantener vivo el Dharma. Buda estableció una comunidad monástica para que sus enseñanzas se mantuvieran vivas y puras. Esta comunidad de practicantes es la Sangha, especificamente son la comunidad monástica y los maestros, que laicos o célibes dedican su vida a la práctica del Dharma. Ellos son los encargados de mantener viva la enseñanza de Buda con su propia comprensión y a traves de las distintas escuelas y linajes. En la actualidad y en un sentido general Sangha se refiere también a los pacticantes budistas.

[5] Apocalíptico (Proviene de la palabra griega ‘apokalypsis’ que significa ‘levantamiento del velo’ o ‘revelación’) 1. Estilo literario judío (y luego cristiano) de naturaleza revelatoria, que generalmente implica elementos tales como sueños, visiones, ángeles, y un enfoque hacia la destrucción delas fuerzas cósmicas de la maldad y de la restauración del Pueblo de Dios (Israel o el Nuevo Israel). Esta literatura es altamente simbólica, y proviene principalmente del periodo que va del 250 AEC al 200 EC. Ejemplos de este estilo literario son los libros de Daniel, Revelación y 2 Esdras. 2. Las tradiciones apocalípticas occidentales tienden a ser dualistas, en cuanto a que ven el fin del mundo que se aproxima como resultado inevitable de la batalla continua entre el bien y las fuerzas del mal, representados casi siempre por Dios y Satanás.

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