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Rita Nakashima Brock, Ph. D.: La cuestión de la cruz en el Viernes ‘Santo’

5. abril. 2010

La FBI recién irrumpió en un local de un grupo terrorista cristiano de origen nacional, la milicia cristiana Hutaree, en Michigan. ¿Cómo puede ser que los que se dicen seguidores de quien ofreció la otra mejilla y amó a sus enemigos hayan incubado semejante odio y violencia? Desdichadamente, el cristianismo occidental ha apoyado guerras santas por un milenio y esto está profundamente incrustado en lo que se predicará a los cristianos este Viernes ‘Santo’.

Muchos cristianos participarán en servicios en los que se resaltarán las palabras del Jesús agonizante durante su crucifixión. En un Viernes ‘Santo’, en 1095, los peregrinos de la Primera Cruzada —que se dirigieron a Jerusalén para recuperar para Cristo la ciudad— hicieron una pausa en su camino, en Renania, para la matanza de 10,000 judíos por ser ‘asesinos de Cristo’. Este enfoque en el genocidio de todos los ‘infieles’ se sustentó en la nueva idea que proclamaba que la crucifixión de Jesus habría salvado al mundo. Esta nueva idea se presenta en dos formas principales: una, impulsada por los evangelicalistas conservadores, y otra, por los cristianos más liberales.

En el año 1098 el Arzobispo Anselmo de Canterbury (1033-1109) resumió la idea evangelicalista de la salvación: proclamó que la crucifixión de Jesús habría sido querida por Dios para salvar al mundo. Su idea, ahora llamada ‘teología de la satisfacción substitutiva o expiación vicaria‘ proclamaba que la naturaleza pecaminosa de la humanidad había deshonrado a Dios y que había acarreado consigo una magnitud de deuda de pecado que era imposible pagar. Por ello Dios había enviado a Jesús en substitución nuestra como el único sacrificio sin pecado con la capacidad de redimir el pecado. Anselmo también enseñó una piedad de un crudo terror al infierno para hacer más persuasiva su visión —que, en mi opinión, sustenta la fe en una abnegación de la responsabilidad ética personal y en la cobardía.

El oponente de Anselmo, Abelardo, se preguntaba quién podría perdonar a Dios por asesinar a su propio hijo. Abelardo, el pensador preferido de los liberales, pensaba que el Dios de Anselmo no sería digno de adoración. Propuso una idea basada en el amor de Jesús demostrado en su disposición a morir. Jesús reconcilió a la humanidad con Dios a través de revelar la horrible magnitud de los pecados que lo mataron. Nos perdonó, a sus asesinos, incluso a la muerte. Al reconocer esto, nuestros corazones son transformados y llegamos a amar a Dios tan profundamente como Jesús nos amó. Estamos unidos en un amor autosacrificial. Esta versión de la expiación confunde la pasividad y la ausencia con el amor.

Semejantes interpretaciones de los hechos cristianos que recordamos este Viernes ‘Santo’ sustentan la idea de que Dios requeriría de la violencia para salvar al mundo. Si la gente cree que Dios usa la tortura y el asesinato, ¿cómo disuadirla de hacer lo mismo? O erróneamente responden al uso abusivo del poder con una abnegación hacia el poder. Confunden la resistencia no-violenta al mal con su aceptación.

Muchos cristianos de hoy se rehusan a asumir una fe que exija de nosotros estar agradecidos por la tortura y muerte de Jesucristo. Se nos acusa de querer un cristianismo ilusamente optimista sin la cruz. Y yo pregunto ¿cuál cruz? Las primeras imágenes de la cruz —que se remontan a mediados del siglo IV— simbolizan la resurrección, el árbol de la vida, el paraíso en este mundo y la transfiguración de la palabra por el Espíritu. Estas cruces no son sobre el sacrificio, ni la amortización de las deudas del pecado.

El cristianismo que es fiel hacia la vida de Jesucristo relata su muerte como una historia de resistencia ante el Imperio Romano, no como una historia de cómo el Imperio habría cumplido la voluntad de Dios. Roma usó la crucifixión contra los no-ciudadanos, los pobres y los esclavos. Más como un linchamiento que como una ejecución formal, comenzaba con formas de tortura horribles diseñadas para prolongar la dolorosa agonía por días. Una muerte rápida habría sido misericordiosa. Los cuerpos eran dejados expuestos a los elementos y eran devorados como carroña y se pudrían. No tenían lugar los entierros en esta forma de muerte. Era una muerte tan horrible que los escritores antiguos, con la excepción de Séneca, permanecieron en silencio al respecto, y las familias de las víctimas nunca volvían a mencionar los nombres de los muertos así.

Los evangelios construyeron una resistencia innovadora de resistencia a la crucifixión. Rechazaron el terror que producía la crucifixión y contaron la historia de otra manera, contra el principio del hecho histórico y con el principio del amor y la resistencia. Relataron que Jesús no había padecido rotura de huesos y habría muerto pronto. Que sus amigos habrían bajado su cuerpo intacto el día de su muerte le habrían dado un entierro apropiado. Que lo habrían vuelto a encontrar en el jardín, junto a la orilla, al partir el pan y decirles que prosiguieran su ministerio. Lo experimentaron como mucha gente y culturas experimentan a los que mueren, como todavía presentes en visiones, sueños y rituales. Estos detalles amorosos contaban que Roma había sido impotente para borrar a Jesús de la memoria, para negar su humanidad, o para terminar su trabajo por la justicia, sanación y paz.

Los primeros cristianos contaron el relato de la muerte de Jesús como una lamentación y una remembranza que resistió a Roma. Los escritores de los evangelios usaron la lamentación de los salmos para vincular su muerte con matanzas imperiales anteriores que habían acontecido a su gente. El Salmo 22, en labios de Jesús, evocaba vívidamente los amargos lamentos que incluye. Al usar literatura sagrada para exponer lo que la tortura le hizo a él y a su pueblo, los escritores de los evangelios trajeron su testimonio ante una más elevada corte de apelaciones que la de los semejantes a Pilatos y entretejieron a Jesús en una historia de violencia contra todos los que abogan por la justicia. Su relato afirmó la presencia divina en la carne humana, en el Jesús que les mostró cómo vivir antes de su muerte y les reveló un amor más fuerte que la muerte, la tortura y el sufrimiento. En el Nuevo Testamento, el apostol Pablo sostuvo que Jesús habría muerto una vez para derrotar a los poderes de la muerte, que no tenían poder sobre él, pero los cristianos adoraron al Jesús resucitado.

La crucifixión fue pensada y realizada para salvar al Imperio —pero hubo quienes dieron testimonio del amor encarnado de Dios y quienes testificaron que la resurrección salvó a la iglesia. Si los cristianos rechazaron el propósito imperial de la crucifixión, hemos de romper el silencio siempre que la violencia se use para avergonzar, producir temor, fragmentar a la comunidad humana, o suprimir nuestro trabajo por la justicia económica, el cuidado de la salud y la paz. Debemos ofrecer un camino para sostener esta vida con sabiduría sobre el mal, con pena por todo lo que destruye y con un muy profundo amor por la vida.

La teología de la redención dice: “Jesús murió para que pudiéramos vivir”. Esto sugiere que la tortura y el asesinato lamentados en este Viernes ‘Santo’ habrían sido ‘buenos’. Los cristianos que sustentan su poder en el duelo divino amoroso del Viernes, mantienen la vigilia hasta el amanecer del Domingo, y dicen con alegría, “Jesús vivió para que todos pudiésemos vivir”.

Algún material para esta reflexión fue tomado de mi libro: Saving Paradise: How Christianity Traded Love of This World for Crucifixion and Empire, en coautoría con Rebecca Parker (Beacon, 2008, savingparadise.net).

Tomado de:
http://www.huffingtonpost.com/rita-nakashima-brock-ph-d/on-good-friday-did-god-us_b_519347.html