Archive for the ‘Cristianismo unitario’ Category

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En la casa de Dios hay muchas moradas

18. julio. 2010

Por Scotty McLennan (tomado del libro Christian Voices in Unitarian Universalism. Contemporary Essays, Kathleen Rolenz Ed., Skinner House, 2006)

Mi crianza fue como cristiano presbiteriano conservador, en el Medio Oeste. Para la época en que fui a la universidad, sin embargo, me identificaba como ateo, principalmente debido a que no podía entender cómo era que un Dios justo y amoroso podía permitir todas las cosas terribles que parecían tener lugar en el mundo, especialmente la muerte de recien nacidos y niños inocentes en desastres naturales. Éstos incluso eran llamados “actos de Dios”. Así que así los asumía.

Al llegar a la universidad como estudiante de licenciatura, a mediados de la década de 1960, sin embargo, encontré a un dinámico capellán universitario que también era presbiteriano. Ofrecía algo que llamaba “Seminario para los Descreídos Amigables”. Eso pareció describirme bastante bien; era un descreído, pero realmente no me sentía enojado por ello. Era un ateo amigable y plácido, pero al mismo tiempo, no podía evitar obsesionarme completamente con las grandes preguntas existenciales sobre el sentido de la vida. ¿Por qué estamos aquí? ¿Por qué les pasan cosas malas a las personas buenas? ¿Qué sucede luego de morir? ¿Qué sucedió con nosotros antes de que naciésemos? Así que tomé el seminario.

El capellán me abrió hacia una visión mucho más liberal del cristianismo, así como de las otras religiones mundiales como el hinduísmo y el budismo. Para fines de mi primer año me inscribí en un programa teológico de verano en la India, donde viví con un sacerdote brahmán hindú y su familia. Cada mañana me levantaba con el sonido del canto de los nombres de las 108 deidades, que podía escuchar a través de la pared de mi habitación, contigua a la habitación puja, o capilla, dentro de la casa del sacerdote. El incienso flotaba a mi alrededor y llenaba mis pulmones, así que me sentía espiritualmente transportado, incluso antes salirme del mosquitero para iniciar el día. Pasé mucho tiempo dedicado a leer y hablar en la India. Aprendí a meditar con el sacerdote y viajé a varios templos y santuarios hindúes. Escuché mucho sobre un santo hindú, Mahatma Gandhi, debido a que mi anfitrión era un activista de la no-violencia que había participado en la lucha por la liberación nacional de la India contra el dominio imperial británico.

Una de las mayores sorpresas de mi tiempo en la India fue que un sacerdote hindú conociera la Biblia mejor que yo; incluso tenía un ejemplar junto a su cama. También se había leído el Corán de los musulmanes de principio a fin y frecuentemente recitaba algunos de sus pasajes. El sacerdote parecía igual de familiarizado con las escrituras budistas. Hablaba de muchos avatara, o encarnaciones de la divinidad a través de la historia —entre los que incluía a Krishna, el Buda y Jesús. Al sentarme con las piernas cruzadas con mis ropas típicas hindúes, mi dhoti y kurta de algodón, comencé a pensar, “Quizás este sea el camino hacia la madurez espiritual: Estar abiertos a todas las tradiciones religiosas. Seleccionar y escoger lo que me parezca verdadero en cada una”. Aunque el sacerdote insistía mucho en que había que tomar un camino, seguir una disciplina, comprometerse con un maestro y con un conjunto de enseñanzas. “Hay muchos caminos bien marcados hacia la montaña espiritual”, decía él, “y todos llegan hacia la cima, pero has de seguir un camino, y no puedes estar en más de uno al mismo tiempo”.

Al final del verano, decidí que quería convertirme al hinduismo. La mañana en que se lo dije al sacerdote, su respuesta me sorprendió completamente. “¡No, no!”, me increpó, “No has entendido lo principal de todo cuanto te he enseñado. Te criaste como cristiano y sabes mucho sobre ese camino. Es la religión de tu familia y de tu cultura. Es tu ética y tu visión del mundo. No sabes casi nada del hinduismo. Regresa y sé el mejor cristiano que puedas ser”.

Yo estaba disgustado. “Pero no creo que Jesús haya sido más divino que Krishna o el Buda”, declaré. “Y los cristianos con los que crecí te condenarían por conocer a Jesús y no aceptarlo como tu único Señor y Salvador”. La respuesta del sacerdote fue simple: “Entonces regresa y encuentra una manera de ser un cristiano abierto y no-exclusivista, sigue los pasos de Jesús pero valora positivamente los pasos de otros en sus propios caminos”. Entre más pudiese aprender de los caminos de otros, me explicó, más progresaría en mi propio camino y profundizaría en mi entendimiento de él. Esas palabras han seguido siendo para mí como las órdenes de marcha para la vida.

A mi regreso le conté lo que había aprendido al capellán de la universidad, pero no pareció entenderme del todo. El cristianismo, me recordó, ha insistido históricamente en la divinidad única de Jesucristo. Le expliqué que yo consideraba a Jesús mi propio avatar, mi señor y salvador personal, pero que estaba convencido de que otras figuras históricas como Krishna y el Buda habían estado igualmente llenas del espíritu de Dios y fueron legítimamente señores y salvadores de mucha gente. También sentía que seguir en contacto con otras tradiciones energizaría mi fe cristiana. El capellán me recordó la afirmación de Jesús en el Evangelio de Juan de que era el camino, la verdad y la vida, y de que nadie podría llegar a Dios si no era a través de él. Yo le respondí que en el mismo capítulo de Juan Jesús insiste en que en la casa de Dios hay muchos lugares habitables. Seguramente en muchas de esas moradas habrían de alojarse Krishna, el Buda y otros avatara.

Luego de muchas discusiones en esta línea, este capellán cristiano convencional me presentó el unitarismo universalista (UU). “¡Ve y analiza esa denominación!”, casi me gritó un día de exasperación. “Al parecer ellos piensan y hablan como tú. Ese es el hogar para ti”. Dijo que era una tradición libre, que valora positivamente las religiones del mundo y que no había ningún dogma o doctrina que sus integrantes tuviesen que aceptar obligatoriamente. Es decir, que había gente que ponía diferentes adjetivos junto a su unitarismo universalista —lo que incluía a judíos, cristianos, budistas, humanistas y agnósticos. Todos eran bienvenidos en el movimiento UU.

Comencé a leer sobre el unitarismo universalista y a asistir a una iglesia UU local. Estaba tan complacido… En realidad fue evidente que había encontrado mi religión, aunque no estaba seguro de que me sostuviera más allá de mis días cuestionadores en la universidad. Y heme aquí, todavía en él casi 40 años después. Irónicamente, sin embargo, he tenido algunos problemas a lo largo de los años en que me he identificado como cristiano dentro del unitarismo universalista. “¡Cristianismo!” me han dicho algunos UU. “Eso es exactamente de lo que tratamos de huir al hacernos UU. Si lo que quieres es cristianismo ¿por qué no te vuelves como presbiteriano, o algo así?” Semejante respuesta siempre me desconcierta. “Es una larga historia”, suelo decir con cierto desfallecimiento, tentado a contarles sobre las palabras de transformación de mi capellán presbiteriano a un adolescente sobre una tradición que valora positivamente todas las religiones del mundo y que está libre de dogmas o doctrinas obligatorias para sus integrantes. En vez de ello, por lo general les comento que nuestros principios hablan de las enseñanzas cristianas como de una de las fuentes de nuestra fe y añado que en la casa de Dios hay muchos lugares habitables. Intento vivir tan plenamente como me es posible en uno de ellos, agradecido de ser parte de una tradición que reconoce cuán grande es en realidad la casa.

Scotty McLennan ha sido ministro UU desde 1975 y es el fundador del Ministerio Legal Unitario Univesalista, situado en un barrio de bajos ingresos en Boston. También es Decano de Vida Religiosa en la Universidad de Stanford, y es autor de Encontrar tu propia religión: Cuando la fe en la que creciste ha perdido su sentido, y coautor de Iglesia en domingo, trabajo el lunes: El desafío de fusionar los valores cristianos en la vida de negocios.

Este docuemtno puede descargarse gratuitamente como PDF imprimible de 3 páginas de:

http://www.docstoc.com/docs/47464073/Scotty-McLennan—En-la-casa-de-Dios-hay-muchas-moradas

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Jesús fue humanista

28. enero. 2009

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Dado el 14 de noviembre de 2004, por la Reverenda Victoria Weinstein en la
Iglesia Unitaria Universalista de la Primera Parroquia de Norwell, Massachusetts
(Trad. Francisco Javier Lagunes Gaitán)

http://www.firstparishnorwell.org/sermons/jesus.html

Stuart Twite, la Revda. Victoria Weinstein, Mary Mercier y Deanna Rileyn

De izquierda a derecha: Stuart Twite, la Revda. Victoria Weinstein, Mary Mercier y Deanna Rileyn

Lectura: Meeting Jesus Again For the First Time [Encontrar de nuevo a Jesús, por primera vez] de Marcus Borg Adaptado de las págs. 33-36

El Jesús histórico fue una persona del espíritu, una de esas figuras en la historia humana con una conciencia basada en su experiencia personal de la realidad de Dios. La expresión más antigua, semitécnica es hombre santo, pero persona del espíritu parece mejor. Las personas del espíritu son conocidas a través de las culturas. Son gente que tiene experiencias vívidas y subjetivas de otro nivel o dimensión de la realidad. Estas experiencias implican una entrada momentánea en estados de conciencia fuera de lo ordinario y toman un número de formas diferentes. A veces hay la vívida sensación de ver momentáneamente dentro de otro estrato de la realidad; esta es la experiencia clásica del shamán. A veces hay la fuerte sensación de que otra realidad te sale al encuentro, como en la antigua expresión, ‘El Espíritu cayó sobre mí’ [hoy vertida más comúnmente como ‘El Espíritu se posesionó de mí’]. A veces la experiencia es de la naturaleza o de un objeto dentro de la naturaleza que es momentáneamente transfigurado por ‘lo sagrado’ que resplandece a través de éste.

Lo que comparten todas las personas que tienen estas experiencias de que hay algo más en la realidad que el mundo tangible de nuestra experiencia ordinaria. Las personas del espíritu son gente que experimenta lo sagrado vívidamente y con frecuencia.

…La visión moderna del mundo, derivada de la Ilustración, ve la realidad en sus términos materiales, como constituida por la materia y la energía en el continuo espacio-tiempo. La experiencia de las personas del espíritu sugiere que habría más que esto en la realidad –que habría, además del mundo tangible de la realidad ordinaria, un nivel de realidad inmaterial, real pese a su inmaterialidad y cargado con energía y poder.

Lo que es más, Esta otra realidad, es importante insisitir en ello, no sería ‘en alguna otra parte’. Sino más bien estaría todo alrededor de nosotros y nosotros estaríamos en ella. … Jesús fue una persona del espíritu.

El Evangelio según Mateo, 5:38-48 versión Dios Habla Hoy

“Ustedes han oído que se dijo: ‘Ojo por ojo y diente por diente.’ Pero yo les digo: No resistas al que te haga algún mal; al contrario, si alguien te pega en la mejilla derecha, ofrécele también la otra. Si alguien te demanda y te quiere quitar la camisa, déjale que se lleve también tu capa. Si te obligan a llevar carga una milla, llévala dos. A cualquiera que te pida algo, dáselo; y no le vuelvas la espalda al que te pida prestado.

“También han oído que se dijo: ‘Ama a tu prójimo y odia a tu enemigo.’ Pero yo les digo: Amen a sus enemigos, y oren por quienes los persiguen. Así ustedes serán hijos de su Padre que está en el cielo; pues él hace que su sol salga sobre malos y buenos, y manda la lluvia sobre justos e injustos. Porque si ustedes aman solamente a quienes los aman, ¿qué premio recibirán? Hasta los que cobran impuestos para Roma se portan así. Y si saludan solamente a sus hermanos, ¿qué hacen de extraordinario? Hasta los paganos se portan así. Sean ustedes perfectos, como su Padre que está en el cielo es perfecto.”

Estos son los dichos de Jesús.

EL SERMÓN

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Tenía como 6 años, creo, cuando fui a ver el musical “Godspell” en Broadway. La mejor amiga de mi madre, Phoebe Rizos, me llevó junto con todo su grupo parroquial. Fue totalmente confuso para mí, esta suerte de payasos circenses que brincaban y cantaban alrededor, todos ellos parecían querer ser los mejores amigos de un tipo de pelo crespo y rojo que usaba tirantes arco iris y una camisa de Supermán. Estuve sentada y muy atenta durante las canciones “Day by Day” y “O Bless the Lord My Soul”, incluso aunque no entendía las letras, que tomaron  –ahora lo sé– del Evangelio de Mateo. Nunca había escuchado el Evangelio de Mateo, ni nada de la Biblia. Era una niñita unitaria.

Me gustó bastante el espectáculo, aunque también me desconcertó, sólo al llegar el momento culminante en el que los payasos tomaron a su amigo de los tirantes arco iris y lo colgaron con los brazos abiertos sobre una especie de malla metálica. Ataron sus muñecas a la malla con una cinta roja y se le veía muy triste. Las cosas se pusieron espeluznantes y muy malas muy pronto. Cantó, Oh Dios, me muero. Oh Dios me muero.

Y sus amigos cantaron, Oh, Dios, te mueres… Y mi corazón se congeló. Entónces él cantó, Oh, Dios, estoy muerto y cantaron, también muy tristemente, Oh, Dios, estás muerto…

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Y había ese órgano que tocaba… y él dejaba caer su cabeza con flacidez, nunca había estado tan asustada en mi vida. Pero los amigos siguieron cantando. Y comenzaron a cantar esta frase, mientras lo veían hacia abajo desde la malla y cargaban su cuerpo a hombros, cantaron, “Larga vida a Dios, larga vida a Dios, larga vida a Dios (mientras caminaban con él), larga vida a Dios”.

La música incrementó su ritmo poco a poco  y algunos de los hombres comenzaron a cantar una frase con lo que habían sido las primeras palabras de la obra: “¡Preparen el camino del Señor!” Los payasos siguen entrelazando ambas frases cantadas al llevar el cuerpo flácido de su amigo por sobre sus cabezas hacia las puertas del teatro. Esta fue absolutamente la cosa más terrible que había visto en mi vida.

Todavía recuerdo lo extrañada que me sentía, me preguntaba qué estaba mal en mí, dado que todos los demás en el teatro parecían estar tan a gusto, incluso parecían ilusionados. Pero justo en ese momento las púertas del teatro se abrieron de golpe mientras el baterista aceleraba el ritmo y todos los actores bailaron alegres por el escenario mientras aplaudían y gritaban con regocijo al cantar, “¡Preparen el camino del Señor!” ¡Tambores! ¡Panderetas!

“¡Oh, Dios mío!”, pensé. “¡Esta gente está loca! ¡Mataron  a su amigo y ahora cantan y bailan!” Ni Phoebe Rizos, ni varios animadores pudieron convencerme de levantar mis manos del asiento en ese teatro, incluso mucho tiempo después de que se había vaciado y las luces estaban prendidas. Quería asegurarme de estar a salvo de esos maniacos. Me puse muy mal en el coche y regresé temblando a casa, nunca hablé de esto con nadie.

Y este fue mi primer contacto con Jesús.

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Podrán ahora imaginarse por qué mantuve mi distancia por un muy largo tiempo después de eso. Nadie en mi hogar tenía algún interés en, ni la paciencia con, aquellas historias o esa religión. Cuando mi abuela venía a visitarnos, entraba al dormitorio de mi hermana y mío para darnos el beso de las buenas noches y clandestinamente bendecirnos en la frente con agua bendita que le había dado un sacerdote ortodoxo ruso. De repente mi padre aparecía a la puerta. “Anne, no les hagas ese vudú a mis hijas”, le decía y ella apresuradamente se guardaba en el bolsillo el frasquito de agua bendita. Nunca supe, hasta muchos años después que mis abuelos ortodoxos rusos habían estado muy descontentos con mi madre por haberse comprometido con un hombre judío. Así que mamá y papá acudieron a la iglesia unitaria en Binghamton para casarse, debido a que el sacerdote de mi madre se negó a permitir semejante matrimonio en su santuario. 1

Cuando visitaba a mis abuelos maternos siempre pasaba largos ratos dedicada a contemplar al Hombre de los Sufrimientos que tenían por toda la casa. Estaba en el calendario de la cocina con una corona de espinas puesta. Estaba en una placa en el vestíbulo, vestía una toga blanca suelta y estaba rodeado de niños y corderos. Estaba encima de la cama, colgaba en la cruz, una imagen que me alteraba tanto que la quitaba de la pared cuando iba de visita. ¿Cómo podría dormirme debajo de una imagen semejante? Ocultaba cuidadosamente el crucifijo en el cajón del buró y esperaba que mi abuelita no se diera cuenta. A la mañana siguiente, antes de que hiciese la cama, ya estaría de vuelta en su lugar. Lo volvería a ocultar una y otra vez. Mi abuela nunca mencionó nuestra pequeña rutina.

Todavía siento respeto por mi reacción infantil hacia la violencia que algunas versiones del cristianismo han sentido que define la vida y el ministerio de Jesús. Todavía hoy en día no puedo pasar frente a una imagen del crucifijo sin sentirme profundamente perturbada e inquieta por ella y por lo que representa. La cruz vacía es totalmente otro símbolo, del que hablaré un poco después, pero quería decirles que mi imagen favorita de Jesús hoy cuelga de la pared de mi estudio en la casa parroquial. Se llama “El Cristo sonriente” y muestra a un Jesús guapo, saludable y lleno de vida que me mira directamente con gran alegría. Ese es mi Jesús. No creo que el Jesús real fuera tan buen mozo, ni que tuviese tan perfecta dentadura, pero amo su carisma evidente y su alegría de vivir.

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Cuando lo pienso en retrospectiva me doy cuenta de que siempre me he sentido atraída por ese personaje, Jesús, que es por lo que yo estaba tan, pero tan enfadada e indignada durante tantos años con la mayoría de las versiones de su religión, que instintivamente sentía que no podían ser congruentes con lo que vivió y sintió. Me mantuve alejada de todo lo que fuera cristiano, e incluso me ponía tensa cuando cantábamos música sagrada en los coros a los que pertenecía. Otros en mi comunidad me definían como judía, incluso a pesar de que asistía a una iglesia unitaria universalista –y eso no era una cosa buena en mi pueblo, que tenía cierta propensión al antisemitismo– y esto además de mi ira y resentimiento hacia el llamado cristianismo. Se me ponían los pelos de punta ante las varias menciones de éste y reaccionaba con apasionada indignación cuando alguien que conocía trataba de evangelizarme. Todo ese asunto me parecía estúpido.

Me tomó desprevenida, entonces, cuando una amiga mía wiccana me miró con cierto grado de impaciencia y me dijo, “¡Para ser alguien que obviamente no sabe nada sobre lo que Jesús dijo o hizo realmente, seguramente tienes un problema de actitud hacia el cristianismo!”

Tenía toda la razón. Ella me señaló la diferencia entre Jesús y el cristianismo; estar al tanto de esta diferencia es una cosa sabia. Así que decidimos encontrar un libro que me informara al respecto, pero no desde una perspectiva tradicional o conservadora. Desde luego, de habérseme ocurrido buscar ahí, podría haber encontrado un tesoro maravilloso de materiales sobre el tema en mis propias iglesias unitarias universalistas de la clase exacta de recursos que buscaba, pero no se me ocurrió preguntar entonces. ¡Nunca supe, hasta casi el momento en que consideraba entrar al seminario, que las dos denominaciones religiosas que se fusionaron para dar lugar al movimiento unitario universalista en 1961 se fundaron ambas como herejías cristianas de siglos de antiguedad! Descubrí luego esas riquezas, pero el primer libro que jamás leí que explicara a Jesús desde una perspectiva respetuosa, historica y por fuera de las ortodoxias fue For Christ’s Sake [Por el bien de Cristo] de Thomas Harpur. Publicada precisamente por nuestra propia editorial, Beacon Press.

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El libro de Harpur cambió mi vida al introducirme a los principios del cristianismo liberal, que a continuación procuro delinear para ustedes:

(1) Aunque nunca nos pongamos de acuerdo a propósito de la relativa divinidad de Jesús, vemos en el un humano ejemplar y atesoramos su humanidad. Quienes lo llamaron ‘El Cristo’ le concedían así un elevado reconocimiento honorífico, no afirmaban que fuera un igual de su Dios. “El Cristo” significa ‘el Ungido’. Se trata de un título honorífico que denota un llamado especial y una bendición. Jesús nunca afirmó que fuera Dios. Coincido con la opinión de Ralph Waldo Emerson (1803-1882) y otros pioneros del unitarismo en cuanto a que este entendimiento ortodoxo de Jesús se basa en un malentendido de su mensaje y una lectura errónea de la Escritura. Al preguntarle quién era, en realidad, Jesús frecuentemente respondía con otra pregunta, “¿Quién dicen que soy?” Era un maestro de Sabiduría, un místico y un shamán.

(2) Jesús fue un profeta del amor y la inclusión, de la justicia y la sanación. Sus reformas al judaísmo no fueron un intento por destruir al judaísmo, sino de criticar su tendencia legalista. Fue un judío fiel. Nunca se afirmó como fundador de una nueva religión ni pretendíó ser otra cosa que un hombre judío fiel con una relación de éxtasis íntimo con el Dios de Israel.

(3) Jesús predicó una religión desde lo interno, basada en la honestidad interior y el amor puro. Él pretendió animar a su gente a dejar atrás una forma vacía de piedad y de observancia de las formas externas para que adoptaran una renovación espiritual interna basada en la seguridad de que todos los seres humanos son iguales y preciosos a la vista de Dios. Incluso ellos. Tenían problemas para creer esto, dado que eran judíos que vivían bajo la Roma imperial y la mayoría eran gente pobre, completamente prescindibles para la visión romana. Todos eran oficialmente habitantes de segunda clase del Imperio Romano  –¡ni siquera eran reconocidos como ciudadanos!– y entre ellos se contaban los más bajos de lo bajo, los intocables. Jesús se ocupó especialmente de su cuidado, de extender su aceptación y de sanar a aquellos considerados ritualmente impuros para las leyes de pureza judías y romanas.

(4) Nunca sabremos lo que vieron los discípulos luego de la muerte de Jesús durante los hechos que ahora se conmemoran en la Pascua. La cuestión es que sea lo que sea lo que experimentaron transformó totlamente sus vidas. No es necesario creer en una Resurrección física milagrosa para que este hecho nos conmueva.

(5) Finalmente, el cristianismo liberal está más interesado en la religión de Jesús que en la religión sobre Jesús.

El más factible rostro de Jesús

El más factible rostro de Jesús

Luego de haber leído este libro comencé a leer muchos otros libros de cristianismo liberal. Fue como si se levantara un velo entre yo misma y algo que sentía que era bello y dador de vida, pero de lo que me habían mantenido alejada generaciones de ignorancia y error. Pienso que había sentido incluso como niña que esta religión no era sobre la muerte, la violencia y de cosas increíbles, sino que era sobre la vida, sobre la gente y sobre cómo vivimos y cómo nos amamos los unos a los otros.

Me dí cuenta de que cualquier energia que sentía zumbar en el centro de la creación y que conectara todos los seres vivientes no sería algo que yo pudiese llegar a adefinir jamás, aunque en la universidad comezba a referirme a esa energía como a la Diosa y luego eventualmente como a ‘Dios’. Cada vez mas a lo largo de los años me sentí atraída por la definición de Jesús de esa energía, con la que él sintió una relación muy íntima y personal, misma que llamó ‘Abba’ (cuya traducción literal del arameo sería ‘papi’ o ‘papito’) o ‘Padre’, así como ‘mi Señor’. Así que mi pregunta cambió de ‘¿Existe Dios?’ a ‘¿Cómo puedo comportarme como si Dios existiera; como si la justicia, la sanación, el perdón y el amor radical incluyente fueran la más profunda realidad dentro de la que vivimos, nos movemos y tenemos nuestro ser?’ ‘¿Cómo vivir como si…?’

La mayoría de los días no logro hacer un trabajo del todo bueno. ¡Casi nunca me describo a mí misma como ‘cristiana’, incluso aunque considere que sigo el Camino de Jesús, porque pienso que probablemente habrá 3 ‘cristianos’ de verdad en el mundo y han de ser budistas, probablemente (quiero decir, ya escucharon el la lectura del Evangelio de Mateo que acabamos de hacer)! Me tomo las enseñanzas de Jesús demasiado en serio como para reclamar ese título y no me impresionan en general quienes hacen eso (aunque ciertamente algunos sí que me impresionan). La definición normativa de cristianismo no me incluye a mí, ni a mi teología cristiana liberal, en la medida en que requiere afirmar ciertas verdades teológicas que nunca creeré, así como comprometerse con ciertos prejuicios que nunca tendré. Los cristianos liberales creen, por ejemplo, que todos y cada uno de nosotros somos responsables por nuestros pecados y defectos. La muerte de un hombre nunca podrá redimirnos a todos. Ni un Dios de amor exigiría el asesinato de ‘Su’  hijo unigénito con el objeto de hacer posible la salvación. Esto nos parece un insulto al atributo más obvio y más digno de veneración de la realidad última, que es el Amor divino (y que es una vieja creencia, tanto universalista, como unitaria).

Además, ¿cómo podríamos pensar que sólo una cierta porción del mundo poseería la sabiduría última a través de esta manifestación de santidad? Yo no lo creo.

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Creo que Jesús estaría perplejo ante la situación actual del cristianismo. No, nunca insistiré lo suficiente sobre esto. Un personaje de la película de Woody Allen, “Hannah y sus hermanas” lo expresó de la mejor manera: “Si Jesucristo regresara hoy y viera todo lo que se ha cometido en su nombre, nunca dejaría de vomitar”. Porque en verdad él decía constantemente que el quid de la vida espiritual es transformar el corazón, de manera que se fortalezca para el trabajo en el mundo –para la sanación, para alimentar, para regresar a otros a la vida cuando se les margina, hiere y desanima. Acumular nuestros tesoros en el cielo y no tratar de comprar una sensación de seguridad por reunir cosas. ¿Y a qué dedican su tiempo millones de cristianos? A las compras. A juzgar a otros, en directa oposición a lo que Jesús enseñó. A alegar sobre las formas supuestamente apropiadas de sexualidad sobre las que Jesús nunca dijo una bendita palabra. A obsesionarse por las prácticas de adoración cuando Jesús dijo que salieras, amaras a tu vecino y dejaras de vivir de la letra de la ley religiosa.

Jesús fue un humanista. Tal vez esta es la razón por la que muchos  humanistas en las comunidades unitarias universalistas se sienten tan ofendidos ante la perversión de las eneseñanzas de Jesús y su vida, porque en él reconocen a uno de los suyos –a un místico ciertamente, pero a uno de los suyos– y son presa de ira y duelo al ver su mensaje humanista básico alienado y distorsionado. Él vivió y enseñó una forma esencialmente humanista de religión –una religión que destacó las relaciones humanas, la responsabilidad humana y la capacidad humana de ser manos del amor divino de los unos por los otros.

Espero que compartan conmigo estas dos ideas finales que les ofrezco. La primera es que por mi estudio de las Escrituras Cristianas, creo cada vez más que la intención de Jesús fue enseñarnos cómo usar apropiadamente el poder; que es unificar a la gente, sanar, levantar, servir, salvar vidas, bendecir y dignificar a toda la gente. Todo esto resultó algo extremadamente subversivo bajo el régimen imperial de Roma que vivió Jesús, que se fundaba completamente en el ‘poder sobre’ y en que las jerarquías superiores impusieran su voluntad sobre sus subordinados. Y sigue siendo increíblemente subversivo también para nuestra propia cultura –y muy complicado–, en la que los césares son cristianos (lo que sucede por casi todo el mundo occidental).

Finalmente, me gustaría decir una palabra sobre la cruz vacía, que en mi corazón evoca el sentimiento totalmente opuesto al de la dolorosa imagen de la cricifixión, a Jesús agonizante. La cruz es un símbolo antiguo que antecede al cristianismo –es una representación de la unión cósmica del reino divino y el reino de la realidad material. Para mí, es un símbolo de una clase de alegría rebelde, un saludo poderoso a ese poder subversivo que mencioné hace un momento y una manifestación de lo que el viejo himno llama”bendita certeza”. Para mí, dice: Si vives tu vida de acuerdo a tu más profundo llamado y si vivies el llamado con perfecta integridad –¡con tu mejor integridad!– y si no sólo sabes quíen eres, sino de quién eres, nunca podrás ser víctima. No importa lo que los poderes establecidos escojan hacer y no importan las circuntancias que te impongan, hay una realidad intocable en el centro de tu persona –una realidad eterna– y esa realidad es el amor. Es tu derecho de nacimiento y no puede ser arruinado por manos humanas o negado a ti por cualquier cosa que ocurra en tu vida. Y como reza la vieja canción de gospel, “Ain’ t that a good news?” [¿Acaso no es esa una buena noticia?].

Pienso que lo es. Y conforme lucho por encontrar un final apropiado y contundente para este sermón, miro a Jesús riéndose de mi en la pared. Y dice, “¡Weinstein…ya fue suficiente de pensar y hablar! Diles esto: se amarán los unos a los otros como yo los he amado, y ya canten el himno de cierre”.

Ese es mi Jesús.

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1Dije en este momento que mi padre no tenía un rabino. Pero olvidé lo que me enteré por mi madre apenas el año pasado: que mi padre había asisitido a la iglesia unitaria por un tiempo, antes de que comenzaran a salir él y mi madre.