Archive for the ‘Discernimiento’ Category

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En la casa de Dios hay muchas moradas

18. julio. 2010

Por Scotty McLennan (tomado del libro Christian Voices in Unitarian Universalism. Contemporary Essays, Kathleen Rolenz Ed., Skinner House, 2006)

Mi crianza fue como cristiano presbiteriano conservador, en el Medio Oeste. Para la época en que fui a la universidad, sin embargo, me identificaba como ateo, principalmente debido a que no podía entender cómo era que un Dios justo y amoroso podía permitir todas las cosas terribles que parecían tener lugar en el mundo, especialmente la muerte de recien nacidos y niños inocentes en desastres naturales. Éstos incluso eran llamados “actos de Dios”. Así que así los asumía.

Al llegar a la universidad como estudiante de licenciatura, a mediados de la década de 1960, sin embargo, encontré a un dinámico capellán universitario que también era presbiteriano. Ofrecía algo que llamaba “Seminario para los Descreídos Amigables”. Eso pareció describirme bastante bien; era un descreído, pero realmente no me sentía enojado por ello. Era un ateo amigable y plácido, pero al mismo tiempo, no podía evitar obsesionarme completamente con las grandes preguntas existenciales sobre el sentido de la vida. ¿Por qué estamos aquí? ¿Por qué les pasan cosas malas a las personas buenas? ¿Qué sucede luego de morir? ¿Qué sucedió con nosotros antes de que naciésemos? Así que tomé el seminario.

El capellán me abrió hacia una visión mucho más liberal del cristianismo, así como de las otras religiones mundiales como el hinduísmo y el budismo. Para fines de mi primer año me inscribí en un programa teológico de verano en la India, donde viví con un sacerdote brahmán hindú y su familia. Cada mañana me levantaba con el sonido del canto de los nombres de las 108 deidades, que podía escuchar a través de la pared de mi habitación, contigua a la habitación puja, o capilla, dentro de la casa del sacerdote. El incienso flotaba a mi alrededor y llenaba mis pulmones, así que me sentía espiritualmente transportado, incluso antes salirme del mosquitero para iniciar el día. Pasé mucho tiempo dedicado a leer y hablar en la India. Aprendí a meditar con el sacerdote y viajé a varios templos y santuarios hindúes. Escuché mucho sobre un santo hindú, Mahatma Gandhi, debido a que mi anfitrión era un activista de la no-violencia que había participado en la lucha por la liberación nacional de la India contra el dominio imperial británico.

Una de las mayores sorpresas de mi tiempo en la India fue que un sacerdote hindú conociera la Biblia mejor que yo; incluso tenía un ejemplar junto a su cama. También se había leído el Corán de los musulmanes de principio a fin y frecuentemente recitaba algunos de sus pasajes. El sacerdote parecía igual de familiarizado con las escrituras budistas. Hablaba de muchos avatara, o encarnaciones de la divinidad a través de la historia —entre los que incluía a Krishna, el Buda y Jesús. Al sentarme con las piernas cruzadas con mis ropas típicas hindúes, mi dhoti y kurta de algodón, comencé a pensar, “Quizás este sea el camino hacia la madurez espiritual: Estar abiertos a todas las tradiciones religiosas. Seleccionar y escoger lo que me parezca verdadero en cada una”. Aunque el sacerdote insistía mucho en que había que tomar un camino, seguir una disciplina, comprometerse con un maestro y con un conjunto de enseñanzas. “Hay muchos caminos bien marcados hacia la montaña espiritual”, decía él, “y todos llegan hacia la cima, pero has de seguir un camino, y no puedes estar en más de uno al mismo tiempo”.

Al final del verano, decidí que quería convertirme al hinduismo. La mañana en que se lo dije al sacerdote, su respuesta me sorprendió completamente. “¡No, no!”, me increpó, “No has entendido lo principal de todo cuanto te he enseñado. Te criaste como cristiano y sabes mucho sobre ese camino. Es la religión de tu familia y de tu cultura. Es tu ética y tu visión del mundo. No sabes casi nada del hinduismo. Regresa y sé el mejor cristiano que puedas ser”.

Yo estaba disgustado. “Pero no creo que Jesús haya sido más divino que Krishna o el Buda”, declaré. “Y los cristianos con los que crecí te condenarían por conocer a Jesús y no aceptarlo como tu único Señor y Salvador”. La respuesta del sacerdote fue simple: “Entonces regresa y encuentra una manera de ser un cristiano abierto y no-exclusivista, sigue los pasos de Jesús pero valora positivamente los pasos de otros en sus propios caminos”. Entre más pudiese aprender de los caminos de otros, me explicó, más progresaría en mi propio camino y profundizaría en mi entendimiento de él. Esas palabras han seguido siendo para mí como las órdenes de marcha para la vida.

A mi regreso le conté lo que había aprendido al capellán de la universidad, pero no pareció entenderme del todo. El cristianismo, me recordó, ha insistido históricamente en la divinidad única de Jesucristo. Le expliqué que yo consideraba a Jesús mi propio avatar, mi señor y salvador personal, pero que estaba convencido de que otras figuras históricas como Krishna y el Buda habían estado igualmente llenas del espíritu de Dios y fueron legítimamente señores y salvadores de mucha gente. También sentía que seguir en contacto con otras tradiciones energizaría mi fe cristiana. El capellán me recordó la afirmación de Jesús en el Evangelio de Juan de que era el camino, la verdad y la vida, y de que nadie podría llegar a Dios si no era a través de él. Yo le respondí que en el mismo capítulo de Juan Jesús insiste en que en la casa de Dios hay muchos lugares habitables. Seguramente en muchas de esas moradas habrían de alojarse Krishna, el Buda y otros avatara.

Luego de muchas discusiones en esta línea, este capellán cristiano convencional me presentó el unitarismo universalista (UU). “¡Ve y analiza esa denominación!”, casi me gritó un día de exasperación. “Al parecer ellos piensan y hablan como tú. Ese es el hogar para ti”. Dijo que era una tradición libre, que valora positivamente las religiones del mundo y que no había ningún dogma o doctrina que sus integrantes tuviesen que aceptar obligatoriamente. Es decir, que había gente que ponía diferentes adjetivos junto a su unitarismo universalista —lo que incluía a judíos, cristianos, budistas, humanistas y agnósticos. Todos eran bienvenidos en el movimiento UU.

Comencé a leer sobre el unitarismo universalista y a asistir a una iglesia UU local. Estaba tan complacido… En realidad fue evidente que había encontrado mi religión, aunque no estaba seguro de que me sostuviera más allá de mis días cuestionadores en la universidad. Y heme aquí, todavía en él casi 40 años después. Irónicamente, sin embargo, he tenido algunos problemas a lo largo de los años en que me he identificado como cristiano dentro del unitarismo universalista. “¡Cristianismo!” me han dicho algunos UU. “Eso es exactamente de lo que tratamos de huir al hacernos UU. Si lo que quieres es cristianismo ¿por qué no te vuelves como presbiteriano, o algo así?” Semejante respuesta siempre me desconcierta. “Es una larga historia”, suelo decir con cierto desfallecimiento, tentado a contarles sobre las palabras de transformación de mi capellán presbiteriano a un adolescente sobre una tradición que valora positivamente todas las religiones del mundo y que está libre de dogmas o doctrinas obligatorias para sus integrantes. En vez de ello, por lo general les comento que nuestros principios hablan de las enseñanzas cristianas como de una de las fuentes de nuestra fe y añado que en la casa de Dios hay muchos lugares habitables. Intento vivir tan plenamente como me es posible en uno de ellos, agradecido de ser parte de una tradición que reconoce cuán grande es en realidad la casa.

Scotty McLennan ha sido ministro UU desde 1975 y es el fundador del Ministerio Legal Unitario Univesalista, situado en un barrio de bajos ingresos en Boston. También es Decano de Vida Religiosa en la Universidad de Stanford, y es autor de Encontrar tu propia religión: Cuando la fe en la que creciste ha perdido su sentido, y coautor de Iglesia en domingo, trabajo el lunes: El desafío de fusionar los valores cristianos en la vida de negocios.

Este docuemtno puede descargarse gratuitamente como PDF imprimible de 3 páginas de:

http://www.docstoc.com/docs/47464073/Scotty-McLennan—En-la-casa-de-Dios-hay-muchas-moradas

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Imago Dei: ¿Qué quiere Dios de nosotros?

13. agosto. 2009

(basada en Dios en la Biblia de Jonathan Kirsch)

Sus múltiples rostrosSus múltiples rostros

A lo largo de la historia humana uno de nuestros grandes anhelos ha sido averiguar qué querría Dios de nosotros, imaginar cuál sería la Imago Dei (Imagen de Dios), atisbar el divino rostro…

Para crédito de los autores originales de la Biblia (y los editores que compilaron sus escritos), pretendieron ofrecernos una vasta antología de relatos acerca de Dios, rica y diversa, y tuvieron la suficiente entereza para invitarnos a elegir entre las varias caras de Dios que ahí encontramos. La Biblia es también un esfuerzo por colmar con literatura el vacío en forma de Dios. Nunca muestra a Dios manifestándose a sí mismo en la forma del sol o de la luna, de piedra o de árbol, de toro o de serpiente. En realidad, la Biblia condena todas aquellas expresiones simbólicas de lo divino, tan comunes y tan socorridas durante las prácticas rituales del mundo antiguo, como una “abominación”. Entonces se nos deja con el mandato de vernos a nosotros mismos en la imagen de Dios, y con el impulso de verlo a él estrechamente parecido a nosotros.

Para el profeta Elías, quien suplicó a Dios se le revelara en toda su gloria así como lo había hecho alguna vez ante Moisés, Dios se manifestó con más elegancia e, incluso, apremio. En la cima de una montaña sagrada, escondido en la hendedura de una roca, Elías esperó la aparición prometida del Todopoderoso y la Biblia describe lo que vio:

«Y he aquí que pasó el Señor, y delante de él corrió el viento fuerte e impetuoso, capaz de trastornar los montes y quebrantar las peñas a su paso, pero no estaba el Señor en el viento; y después del viento vino un temblor de tierra, pero no estaba el Señor en el terremoto; y luego de éste vino un fuego, pero el Señor no estaba en el fuego; y tras el fuego, llegó un soplo de un aura apacible y suave».

Confieso que, por una razón completamente personal, yo encuentro en la representación de Dios referida como un “soplo de un aura apacible y suave” una resonancia profunda. Si alguna vez he experimentado la voluntad de Dios, fue el día que vi a un pequeño niño cruzando distraídamente una calle en hora pico y, sin pensarlo, paré mi carro, atravesé la vía en pleno tránsito, levanté al pequeño, lo llevé a un lugar seguro, regresé a mi carro y seguí mi camino. No estoy proponiendo que actué con heroísmo. Todo lo contrario; lo hice sin reflexión o intención verdadera. De alguna manera, sin saber por qué o cómo, me encontré llamado a hacer lo que podía para salvar al niño del peligro. Para decirlo de otra forma, un “soplo de un aura apacible y suave” me instruyó a que lo hiciera.

Si la Biblia define a Dios en modo alguno, la definición debe expresarse en el vocabulario de moralidad humana: “¿Y qué es lo que el Señor pide de ti? —preguntó el profeta Miqueas—. Sólo que obres con justicia y que ames la misericordia, y que andes solícito en el servicio de tu Dios”.

Al fin, la sola noción de Imago Dei —la aspiración humana de moldearnos a nosotros y a nuestras vidas según la imagen de Dios— debe reducirse a términos puramente humanos. Nikos Kazantzakis, autor de La última tentación de Cristo, narra la anécdota de un indigente que, así como Elías, suplicó se le permitiera mirar a Dios, aunque se preguntaba cómo podría verle sin que su luz divina lo cegara.

“Entonces, Dios se convirtió en trozo de pan, en vaso de agua fresca, en túnica tibia, en cabaña, en mujer que amamanta a un infante —escribió Kazantzakis—. ‘Te agradezco, Señor —murmuró—. Te humillaste a ti mismo por mí. Te transformaste en pan, agua, en túnica tibia y en mi esposa e hijo para que yo pudiera verte. Y te vi. ¡Hago reverencia y honro tu amado rostro de múltiples rostros!”

Además de sublime —yo siempre me estremezco al leer estas palabras: “…pan, agua, una túnica tibia y mi esposa e hijo”—, el relato expresa una verdad fundamental acerca de la forma del vacío en forma de Dios en su alma y en la mía.

Ver el rsotro de Dios es tabú

Ver el rsotro de Dios es tabú