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La experiencia de la Pascua: La transformación de un gran escéptico

9. abril. 2009

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Materiales litúrgicos para el 15 de abril de 2001. Revdo Mark Belletini, Ministro de la Primera Iglesia Unitaria Universalista de Columbus, Ohio (Trad. Francisco Javier Lagunes Gaitán)
http://firstuucolumbus.org/sermons/mb20010415.htm

Palabras de apertura (lectura antífona)

Estamos aquí
para celebrar nuestras vidas y la Vida misma,

sea que florezca en delicadas flores de primavera
o brote con fuerza en mujeres, hombres y niños

que protestan a favor de la paz y por un mundo más justo.
El aleluya de esta Pascua es un llamado a un brote semejante,

una invitación a tal florecimiento.
Es un llamamiento en palabra, signo y música

a rehusarnos a sentir vergüenza por nuestro gozo y nuestro amor
Y así mismo, a todo lo largo de nuestro tiempo de adoración

(unísono) Que nuestra razón y nuestra pasión nos mantengan veraces hacia nosotros mismos, auténticos los unos hacia los otros, y fieles hacia aquellas visiones compartidas de lo que podemos llegar a ser juntos…

Afirmación

Regocijo pascual, tomado de “Sermons of the Big Joy”, James Broughton, 1994:

Sacúdete los escrúpulos.
Organiza tus sueños.
Profundiza tus raíces.
Extiende tus ramas.
Confía en las aguas profundas
y pon rumbo hacia la apertura,
aun si tú visión
te hunde.

Deja tu adicción
a la mofa y a la queja.
Abre un puesto de observación.
Baila en el borde.
Corre con tu fuego arrasador.
Estás más cerca de la gloria
al saltar un abismo
que al tapizar un bache.

Nada de pachorras.
Nada de dudas
Con toda intrepidez
Camina hacia la claridad.
En cada encrucijada
Prepárate
a toparte con lo asombroso.
Sólo el amor prevalece.

En ruta hacia el desastre
persiste en los cánticos.
Eleva tu aquello inefable
fuera de lo mundano.
¡Nada perece;
nada sobrevive;
todo se transforma!
¡Luna de miel con el Gran Gozo!

adoratrices

Llamado al gran silencio

La gloria silenciosa del amanecer
por el borde del bosque verde obscuro
se entreteje con cantos de pájaro.
El silencio de la rosa roja que florece
se entreteje con los gritos de los niños que juegan cerca.
El silencio de la luz de las estrellas tras las nubes
se entreteje con el zumbar de un avión detrás de ellas.
El silencio de la página blanca
se entreteje con las negras notas de un himno coral,
y así permite llevar la música de generación en generación.
El silencio de quien sufre se entreteje con lágrimas.

El silencio y el ruido están entretejidos para siempre.
El universo entero se tensa al tejer lo que no puede ser rasgado.

Ahora la quietud se entremezcla con el alboroto, la vida con la muerte,
la caída con el ascenso, todo opera en conjunto para hacer una integridad,
una maravilla, los emblemas del Gran Gozo mismo.

Bendito sea entonces el silencio que sigue a estas palabras, y que precede a otras palabras. Sin él, el todo estaría arruinado, las canciones serían mero ruido, la trama de la creación estaría hecha jirones. Por lo tanto, ofrezco acoger al silencio como presencia, no como ausencia, pues no habría universo sin él.

(Sonido de campana)

Algunos en esta congregación viajan esta semana.

Otros reciben a familiares y amigos en su casa. Otros, como Lisa Cox, yacen en camas de hospital, llevados y traídos entre el sueño y la angustia. Algunos tendrán una cena especial esta tarde, otros darán paseos, otros podrían leer solos, contentos por unos pocos momentos de recuerdo y soledad. Sea lo que sea que hagamos, todos estamos conectados, entretejidos en un todo, e incluso la ausencia es una presencia para nosotros. Por lo tanto nos sentamos juntos esta vez para traer a nuestra mente la muy real comunión de la que somos parte, nombrando en nuestros corazones, o en voz alta ante la comunidad, como lo deseemos, a todos aquellos que están presentes para nosotros en nuestros afectos, nuestros recuerdos, y nuestras luchas.

(momento para nombrar a personas significativas a las que les agradecemos o que nos preocupan)

La primavera también es un tejido de recuerdo y esperanza, de verde y rosa, de alabanza y anhelo. La Pascua es un tejido que despilfarra aleluyas con flores increíbles, brisas fragantes, y la sangre que se derrama en la fiebre primaveral.

Hoy es la primavera del espíritu, el cambio del corazón prófugo hacia la vida, el canto, el canto y el canto del Gran Gozo en el corazón de todas las cosas.

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Primera lectura

La lectura de hoy proviene de la autobiografía del ganador del Premio Nobel y destacado filósofo, matemático y autor, Bertrand Russell (1872-1970), escrita en 1946. Cabe hacer notar que cuando Lord Russell usa la frase “educación de la escuela pública” se refiere al sistema británico que conoció en su tiempo.

“…Cuando llegamos a casa, encontramos que la Sra. W. experimentaba un ataque de dolor inusualmente severo. Ella parecía aislada de todos y de todo por paredes de agonía, y la sensación de la soledad de cada alma humana me abrumó súbitamente. Prácticamente desde mi matrimonio, mi vida emocional había sido calma y superficial. Me había olvidado de todas las cuestiones profundas, y me contentaba con alguna agudeza poco seria. Repentinamente el suelo debajo de mí pareció desplomarse, y me encontré en una región completamente diferente. En cinco minutos, atravesé por reflexiones tales como las siguientes: la soledad del alma humana es insoportable; nada puede penetrarla, excepto la más elevada intensidad del tipo de amor que los maestros religiosos han predicado; cualquier cosa que no surja de este tema recurrente es dañina o, en el mejor de los casos inútil; se sigue que la guerra es errónea, que la educación de la escuela pública es abominable, que el uso de la fuerza debe desaprobarse, y que, en las relaciones humanas, uno debe penetrar el núcleo de la soledad de cada persona y hablarle a eso. Al final de esos cinco minutos, me había convertido en una persona completamente diferente. Por un momento, una especie de iluminación mística me poseyó. Sentí que conocía los pensamientos más íntimos de toda la gente que encontraba en la calle, y aunque se trataba, sin lugar a dudas, de una figuración, de hecho logré un contacto más estrecho del que había tenido previamente con todos mis amigos y muchos de mis conocidos. Habiendo sido un partidario del Imperio, me convertí por esos cinco minutos en… un pacifista. Durante años sólo me habían importado la exactitud y el análisis, de repente me encontré lleno de sentimientos semi místicos sobre la belleza, y con un intenso interés en los niños y un deseo casi tan profundo como el del Buda por encontrar alguna filosofía que hiciera soportable la vida humana. Me poseyó una extraña excitación, que contenía un inmenso dolor pero también algún elemento de triunfo a través del hecho de que podía dominar el dolor, e hice, conforme lo pensaba, una entrada hacia la sabiduría. La visión mística que imaginé que poseía en ese momento se ha desvanecido casi completamente, y el hábito del análisis se restableció. Pero algo de lo que pensé que vi en ese momento ha permanecido siempre conmigo, y fue la causa de mi actitud durante la primera guerra, de mi interés en los niños, de mi indiferencia hacia los pequeños infortunios, y de un cierto tono emocional en todas mis relaciones humanas.”

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Segunda lectura

Un maravilloso poema de Rosario Castellanos (Ciudad de México 1925-Tel Aviv 1974), escrito en 1960: Presencia

Algún día lo sabré. Este cuerpo que ha sido
Mi albergue, mi prisión, mi hospital, es mi tumba.

Esto que uní alrededor de un ansia,
De un dolor, de un recuerdo
Desertará buscando el agua, la hoja,
La espora original y aun lo inerte y la piedra.

Este nudo que fui (inextricable
De cóleras, traiciones, esperanzas,
Vislumbres repentinos, abandonos,
Hambres, gritos de miedo y desamparo
Y alegría fulgiendo en las tinieblas
Y palabras y amor y amor y amores)
Lo cortarán los años.

Nadie verá la destrucción. Ninguno
Recogerá la página inconclusa.
Entre el puñado de actos
Dispersos, aventados al azar, no habrá uno
Al que pongan aparte como a perla preciosa.
Y, sin embargo, hermano, amante, hijo,
Amigo, antepasado,
No hay soledad, no hay muerte
Aunque yo olvide y aunque yo me acabe.

Hombre, donde tú estás, donde tú vives.
Permaneceremos todos.

Sermón: La experiencia de la Pascua: La transformación de un gran escéptico

Mi abuelo, Nazzareno (‘Nazareno’) Belletini, habría sabido valorar el poema de Rosario Castellanos, esto es, si hubiera aprendido a leer poesía, lo que nunca hizo. Estaba demasiado ocupado con su jardín y su bodega de vinos como para hacer alguna lectura, demasiado ocupado creando la poesía de los tomates rojos, el verde obscuro del romero, el verde brillante de la espinaca, el rosado azuloso de los arbustos bola de nieve y el rubí profundo del vino, para encontrar alguna vez gran satisfacción en la clase de poesía hecha sólo con palabras. “Este cuerpo que ha sido mi albergue, mi prisión, mi hospital, es mi tumba”, escribe Castellanos. ¿Por qué le habría gustado a mi abuelo este poema? Porque recuerdo un día de Pascua, cuando yo tenía diez años, cuando sin querer lo escuché hablarle a mi padre sobre todas las cosas, sobre la muerte. “Oh, la muerte no me preocupa”, dijo él. “Como yo la veo, la vida es en mucho como pasar el día arreglando el jardín. Excavas, y azadonas, y podas, y deshierbas. Hueles los botones que florecen e imaginas cuán dulces sabrán los tomates en tu plato. Entonces, al final del día, yaces en tu lecho, satisfecho. Jalas la colcha por sobre tus hombros, y sientes que el sueño se posa cálido y pesado sobre ti”.

Nadie sabe realmente si se levantará por la mañana, pero sin embargo estamos contentos de dejar atrás nuestros achaques y dolores, y nos abandonamos lentamente al sueño para descansar y dormir.Cuando me llegue mi turno de morir, algún día”, siguió mi abuelo, “será lo mismo. Excepto que el día en que yazga en la misma tierra en la que crecen mis tomates, y deje que la tierra misma sea mi cobija. Estaré feliz de quedarme dormido, sin pensar, como siempre, en levantarme –o no– por el clima, simplemente satisfecho de que viví, creé y amé”.

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Recuerdo cómo me sorprendió que dijera eso. Quedé aturdido hasta el centro de mi ser de diez años. Después de todo, en mi escuela dominical de la iglesia se nos enseñaba que la muerte era algo de lo que había que preservarnos. Se nos enseñaba que la muerte daba un ‘aguijonazo’, como un alacrán y que todos los seres humanos estarían felices de tener la oportunidad de vivir para siempre. Mi abuelo, sin embargo, no parecía querer vivir para siempre. Y eso simplemente me asombró.

Ahora que, debo decirles que mi abuelo nunca leyó un libro, en especial ningún libro de filosofía de Bertrand Russell. Estoy seguro de que él nunca escuchó siquiera la palabra ‘filosofía’. Nunca asistió a una escuela un sólo día de su vida. Creció con gran pobreza en la comarca montañosa de Modena, Italia, en una pequeña villa llamada Fannano.

Cuando era él todavía un niño, dejó Italia y trabajó con su hermano Pipa en una mina de carbón en Córcega. Los dos hermanos se arrastraban sobre su vientre diariamente por un pasadizo de menos de medio metro de alto. Ellos hicieron esto por años, a cambio de ganar unos cuantos centavos. Él inmigró a los EUA cuando joven, a los 17 años, sólo para terminar trabajando acá en peligrosas minas, también. Sus pulmones quedaron negros como el alquitrán por toda una vida de ese trabajo. Frecuentemente estaba enfermo debido a su trabajo. Incluso perdió uno de sus ojos.

Pero fue más que un hombre de trabajo. Él fue un hombre de penas. Miren, cuando vino a este país dejó a sus padres y nunca volvió a verlos o a hablar con ellos. Sin estudios, tuvo que abrirse camino en un país con un idioma y costumbres extraños. Él y mi abuela siempre fueron muy pobres. Pienso que probablemente se den cuenta de que su vida no fue fácil. Y aun así, a pesar de esto, no pasó sus días a la espera de otra vida, de ser indultado de la muerte, de una resurrección salvadora prometida para algún día. Y esto me asombró. Mi abuelo no había terminado de hablar con mi padre. Parecía haber supuesto, de alguna forma, que Jesús debía haber sido un campesino pobre de las montañas, más o menos como él. Esta es la razón, supongo, por la que terminó su conversación con mi padre ofreciéndole esto: “Estoy seguro de que Jesús debe haber sido un muy buen hombre. Pero cuando lo asesinaron”, dijo él, “su cuerpo también lo pusieron bajo la cobija de la tierra, y ahí es donde terminó”. Obviamente, el relato tradicional de la Pascua no tenía sentido para él.

No tiene sentido para mucha gente moderna, como ustedes lo saben bien. Para nosotros, los modernos Unitarios Universalistas tampoco aunque con frecuencia somos mucho más educados y afortunados que mi abuelo ya que hemos compartido la opinión de mi abuelo sobre la Pascua por muchos años.

Oh, ha habido algunas excepciones, lo sé. Siempre ha habido una amplia variedad de creencias entre nosotros sobre tales cosas. Y sí, algunos individuos encuentran importante afirmar que algo bueno le sucede a la gente luego de morir, como lo mantuvieron tan elocuentemente nuestros antepasados Universalistas[1] por cientos de años [preconizaban que un Dios de amor era garantía de la salvación universal de todas las almas].

Pero tengo claro, por lo menos, que la gran mayoría de nosotros no dedicamos mucho tiempo a imaginar una vida después de esta, como quiera que sea concebida. Parece que nos enfocamos principalmente en este lado —antes de la tumba— sin que nos importe tanto lo que suceda finalmente a los individuos después de morir. Y yo, al menos, considero que esta es una posición profundamente espiritual, y sí, incluso religiosa.

Ahora que, cuando pienso personalmente en Jesús, el hombre cuyo nombre se asocia tanto al día de Pascua, tiendo a no pensar en su triste y cruel muerte, o en su sospechosamente escandaloso y altamente fabulado nacimiento. Como mi abuelo, imagino su vida, sus horas diarias, no su muerte perturbadora. Pienso en su pasión ética. Pienso en su vida deliberadamente pacífica. Pienso en su llamado a todos los que lo escuchaban, en su invitación a transformar así la sociedad, las penurias de la pobreza, la enfermedad, y para que la crueldad cultural ya no llevara la voz cantante y distorsionara la poderosa y central realidad del amor… un amor que se refleja principalmente en amabilidad y compasión. Y con todo y mi típica visión Unitarios Universalistas atípica sobre el domingo de Pascua, siempre me intrigó el relato de la transformación que representa la Pascua.

¿Lo ven? Así como mi abuelo, no encuentro personalmente que mi muerte deba ser remediada con la resurrección, como sea que la definamos. Como la mayoría de los Unitarios Universalistas modernos, mis experiencias de vida me han vuelto receloso de aceptar relatos con resonancias fuertemente teológicas como si fueran alguna clase de historia sensata, lo que es esencial para mi bienestar personal y espiritual.

Pero no puedo negar que bajo todos los asombrosos relatos de la Pascua, con sus contradicciones y desaciertos, hay un registro auténtico de una asombrosa transformación que te cambia la vida.

No que transforme un cuerpo crucificado en algo reluciente.

No de una tumba ocupada que se haya quedado vacía. Sino de la transformación de un grupo de campesinos sin estudios en un grupo de predicadores pacifistas que llegarían a desafiar el poder y las convicciones de un imperio basado completamente en la esclavización incuestionada de al menos la mitad de la población de esa época.

Como la mayoría de los estudiosos modernos, no tengo duda sobre que Jesús fue un maestro, uno amado por sus estudiantes. Debo señalar, sin embargo, que los estudiosos cristianos modernos como John Dominic Crossan[2], por ejemplo, sugieren que este maestro maravilloso fue asesinado súbita e inesperadamente. Fue asesinado, no debido a algún veredicto repentino o a una traición, sino simplemente debido a la ordinaria, anticlimática y bien engrasada maquinaria burocrática del gobierno, que no toleraba oposición alguna. No hubo nada heroico sobre la muerte de este maestro. La suya fue una típica, si bien completamente injusta, crucifixión de un no-ciudadano de las provincias del Imperio Romano, ejecutada por un gobernador particularmente inflexible y malhumorado.

Para sus estudiantes que lo amaban, desde luego, se trató de un drama. Quedaron absolutamente devastados.

Pienso que puedo imaginar cómo se habrá sentido esta devastación en parte, debido a que no puedo creer que haya sido muy diferente de la que sentí luego de que mi mejor amigo Esteban, en California, murió luego de un terrible periodo de un sufrimiento completamente increíble[3]. Él era algo como un maestro para mí también, y para Ricardo, su compañero de vida.

Luego de su muerte quedé casi paralizado. Apenas pude levantarme de la cama durante semanas, incluso meses. El hecho de que predicara los domingos durante ese periodo podría considerarse honestamente un milagro.

Un día, algunos meses después del entierro de Esteban, al caminar por un sendero en el Parque Golden Gate con muchos pinos torcidos verde obscuro, de la especie Monterey, la sensación de la presencia de mi amigo me abrumó repentinamente. Comencé a sentir como si su vida viviera en mí, como si su notable temeridad en situaciones sociales circulara por mis venas.

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Supe en mi corazón que esta fuerza podría estar conmigo, también, durante ciertas situaciones difíciles. Sabedor, luego de todos esos años de conversación profunda, de la profunda soledad que realmente zumbaba encubierta bajo su extravagante amor por los demás, comencé a desear comunicarme con los demás y ayudarlos de nuevas maneras, al mirar lo mejor que podía en lo más profundo de su alma, no a sus caras sonrientes que dicen: “Oh, todo está muy bien”.

El sol comenzó a ponerse al oeste del parque hacia el plateado Pacífico. La primera estrella despuntó en un cielo azul violeta. Y me pareció, al ver esta estrella enmarcada por las ramas obscuras de un pino, que sería casi tan fácil para mí escoger esta estrella y sostenerla en mi mano, como sería alcanzar una piña del árbol. El universo se hizo muy pequeño por un momento. Tuve una sensación de iluminación mística, un sentimiento de que un vínculo iba de mi corazón hacia todos y todo lo demás. Me sentí infundido de una calidez y una maravilla que era puro gozo.

Me sentí como paralizado, en esa surgencia oceánica de la maravilla, por el sentido de la presencia de Esteban, mi mejor amigo.

Me di cuenta de que su amor por mí, su profunda y auténtica relación conmigo y con su pareja y compañero de vida y todos sus otros amigos, también era la mejor y más auténtica parte de mí, y que nada podría quitarnos eso.

Luego de este momento, me sentí como una persona algo diferente. Empecé a ser menos afectado por la gente que trataba de lastimarme, o por quienes intentaban usarme de alguna manera. Empecé a intentar encontrar otras maneras de responder, aparte de la ira y la arrogancia autocomplaciente. Traté de relacionarme con estas personas de manera más compasiva, más desde un sentido de paz en mi corazón, en vez de desde un deseo de venganza. No negaba que la gente me lastimara —¡háganme favor!— como hice estoicamente en otro tiempo. No, sentía el dolor profundamente y me desangraba emocionalmente por los cuatro costados. Pero entonces, con todo cuidado me rehusé a pagar con la misma moneda.

Cuando leo la sección de la Autobiografía de Bertrand Russell que escucharon esta mañana, comienzo a pensar en el significado de la Pascua bajo una luz, precisamente, la luz de mi propia experiencia mística en el parque.

Pues, se los aseguro, pese a las tontas y muy negativas definiciones de lo místico que se encuentran frecuentemente en la prensa popular, e incluso entre los religiosos liberales, la palabra ‘místico‘ tiene un sentido muy positivo. La palabra místico significa más profundamente… aceptar la sabiduría de la experiencia sin limitarla con el concepto; esto significa aceptar y ser conmovidos por la maravilla de la comunión interior antes de intentar una interpretación que necesariamente la desvirtuará. Pienso que el Dr. Einstein, lo dice bien en su famosa cita:

La emoción más sutil de la que somos capaces es la emoción mística. Aquí yace el germen de todo arte y ciencia verdadera. Todo aquel para quien este sentimiento le sea extraño, que no sea capaz de asombrarse y viva en un estado de miedo es un hombre muerto. Saber que lo que es impenetrable para nosotros realmente existe y se manifiesta como la más alta sabiduría y la belleza más hermosa y que sólo sus formas más groseras son inteligibles para nuestras pobres facultades –este conocimiento, este sentimiento… este es el núcleo del verdadero sentimiento religioso. En este sentido, y sólo en este sentido, me considero un hombre profundamente religioso”. Albert Einstein, 1947.

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Lord Russell (quien ciertamente no era cristiano, como lo deja muy claro en su famoso ensayo Por qué no soy cristiano) una vez escribió un libro titulado ‘Misticismo y lógica’ en el que critica fuerte las inexactitudes de tales sentimientos místicos.

Encomia a la lógica severa como lo mejor de ese par.

E incluso en su autobiografía, Lord Russell afirma que un solo arrebato de éxtasis místico de cinco minutos de duración, detonado por estar en presencia una persona sufriente, una cierta “Sra. W.”, transformó su vida hasta el fin de sus días.

De repente se encontró lleno de un sentido de conexión íntima con todas las cosas. Se dio cuenta de que se había transformado, en un muy breve momento de revelación mística, de ser un comprometido partidario del Imperio Británico pasó a ser un pacifista.

El pacifismo y su renuencia a apoyar la violencia, aunque no tan rigurosa como la del Sr. Gandhi (1869-1948), fue parte de su vida hasta el día de su muerte, de acuerdo con todos sus biógrafos. Las relaciones de Russell con las otras personas se volvieron más cálidas, más genuinas. Su amor por los niños se profundizó especialmente. Él, el gran agnóstico, con una actitud marcadamente negativa hacia todas y cada una de las religiones, súbitamente habla con añoranza del “amor que los maestros religiosos han predicado”. Incluso compara su revelación como algo similar al tipo de Iluminación por la que luchó el gran Buda.

Lord Russell usa una notable imaginería en su descripción de su experiencia mística. Escribe: “Repentinamente el suelo debajo de mí pareció desplomarse, y me encontré en una región completamente diferente”.

¿Debo acaso suponer que al gran genio matemático, Bertrand Russell, realmente le quitaron el suelo debajo de sus pies, o que fue transportado por un ángel hacia otra tierra? No, no, desde luego se trataba claramente de metáforas, de figuras discursivas, de formas poéticas de hablar sobre sentimientos de comunión y de transformación ética que son imposibles de describir con palabras.

Pero me parece que tal imaginería no está realmente muy lejos de la imaginería de los relatos del Evangelio sobre la Pascua, que habla de cosas igualmente concretas… la tierra que se sacude cuando Jesús muere, una gran piedra que se desplazó de la entrada de la tumba.

¿Acaso tratarán de convencerme de que quienes escribieron estos relatos de verdad usaban el lenguaje de manera completamente diferente a la de Bertrand Russell? ¿Podrán hacerme creer que cuando dijo que la tierra se hundió debajo de él, se trató solamente de una metáfora, pero cuando ellos dijeron que la tierra se sacudió, no lo era?

El “joven sentado en el lado derecho” del sepulcro en el evangelio de Marcos, dice a las mujeres dolientes que llegaron para llorar su pena que no deben buscar “algo vivo entre las cosas muertas”. El Jesús resucitado se ha ido a otra región, “hacia la Galilea”, dice el joven. “Vayan y digan a sus discípulos… que él va delante de vosotros a Galilea”.

¿Y qué hay a su regreso a Galilea? Pueden imaginárselo, ¿no es así? Sus familias, sus barcas, sus redes de pesca anudadas, sus vidas cotidianas, sus niños, los pesados impuestos del gobierno, y las ordinarias tonterías burocráticas de la época. Eso es lo que los espera en Galilea. No un cuerpo resucitado, algo más muerto que vivo, sino algo completamente vivo… ellos mismos al vivir sus vidas.

Ellos mismos se transformaron por sus meditaciones místicas y metafóricas sobre el sufrimiento de su maestro. La experiencia de Lord Russell fue también detonada por el sufrimiento de un ser humano, de una cierta Sra. W.

Mi abuelo conoció el sufrimiento, también; vio bastante de ello.

Además de la parte que le correspondió, si la mitad de los relatos con los que fui criado fue medio cierta. Pero yo solamente lo conocí como a alguien completamente vivo, vivo en su jardín, vivo en su bodega de vinos, vivo con sus nietos a quienes lanzaba por los aires, vivo en su amor por mí.

Pero él creyó que cuando muriera, su capacidad de decir, ‘Soy Nazzareno’ sería enterrada con él bajo la tierra. Y aunque no tenía ninguna duda de que yo seguiría vivo luego de su muerte, y de que mi capacidad de decir, “Soy Mark” podría y probablemente surgiría de la parte más profunda de su alma.

¿De su alma? Sí, su alma… su capacidad de amar y de sostener relaciones que nos rediman.

De una manera similar, uno de los predicadores pioneros de la idea de resurrección[4] llegó a sus conclusiones sobre lo que tal idea podría significar al perseguir (es decir, inflingir sufrimientos) sobre varios de los discípulos de Jesús. Escribió sus cartas sobre sus ideas mucho antes de que cualquiera hubiera sugerido la metáfora de la tumba vacía.

En una experiencia mística que tuvo, imagino que oía una voz que le preguntaba, “¿Por qué me lastimas así?” “No te lastimo”, dijo el predicador. “Oh sí, pero yo soy Jesús, y cuando lastimas a mis discípulos, me lastimas a mí”.

Es claro para mí que este predicador nunca entendió la resurrección como un hecho literal, sino como el reconocimiento convincente y transformador de la vida de que todos estamos profundamente conectados los unos con los otros, y de que lastimar a cualquiera es lastimar a todos.

En cualquier caso, como yo lo veo, si la sobrevivencia de mi propio ‘Yo soy’ fuese tan importante, ¿De qué ‘Yo soy’ se trataría? ¿Del incómodo de 10 años? ¿Del dudoso de 30 años? ¿Del doliente de 40 años? ¿Del trabajador dedicado de 51 años de edad? ¿Del eco vacío de mi mente desmontada por el Alzheimer a los 90 años?

No, la parte más profunda de mí no es cuando digo, ‘Yo soy’.

La parte más profunda de mí es cuando me relaciono amorosamente contigo, conmigo mismo, con los árboles, con la tierra, con el recuerdo de un amigo bienamado, con el recuerdo de un gran maestro ético.

Y ese amor, esa relación, es lo que me sobrevive, es lo que surge en el aleluya “por siempre jamás, Amén”.

Como Rosario Castellanos nos lo recuerda en su poema, “No hay soledad, no hay muerte aunque yo olvide y aunque yo me acabe. Hombre, donde tú estás, donde tú vives. Permaneceremos todos”. Sobrevive en nuestras relaciones, en nuestra comunión de relaciones, no en nuestro idiosincrásico ‘Yo soy’.

La Pascua no es para mí un domingo particular de abril o marzo. El día de la Pascua, el Gran Gozo, es cuando ya no pienso más que mi yo es más importante que la trama de la red, la red, la comunión de relaciones transformadoras entre las que vivo. Es elegir, al menos, vivir cada momento de mi vida, sentirlo todo, amarlo todo, y rehusarme a lastimar o a controlar a otros como si yo fuera más importante que ellos. Insistir en vivir de cualquier otra manera, según me temo, es no vivir en absoluto. Y como el hombre en la tumba preguntó: “¿Por qué alguien buscaría lo que está vivo entre los muertos?”

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Notas:

[1] El Universalismo fue una rama del cristianismo sobrenatural que enseñó que luego de la muerte, todos eventualmente alcanzarían a ir al cielo, que Dios era demasiado bueno para castigar a cualquiera por toda la eternidad. Conforme la gente comenzó a perder interés en el “infierno”, hace cosa de un siglo, los usamericanos también empezaron a descubrir religiones de allende los mares. Entre más religiones estudiábamos, más veíamos que, aunque eran completamente diferentes, todas parecían preocupadas con cosas similares: sentido y propósito en la vida, preocupación por la ‘vida eterna’ (en su sentido literal de ‘vivir por siempre’ o en su sentido liberal de ‘vivir en armonía con valores eternos’), y así sucesivamente. Aparentemente todos los caminos religiosos no llevaban al mismo lugar, sin embargo, conducían a lugares muy parecidos. De aquí surge el nuevo significado de ‘universalismo’, referido a esta idea de que una gran variedad de caminos religiosos son formas de vida aceptables y dadoras de vida”. Revdo. Dr. Davidson Loehr

[2] John Dominic Crossan, católico. Profesor Emérito de Estudios Religiosos, Universidad DePaul, Chicago. Ha escrito veinte libros sobre el Jesús histórico en los últimos 30 años, entre ellos: ‘El Jesús histórico’ (1991), ‘Jesús: Una biografía revolucionaria’ (1994), ‘¿Quién mató a Jesús?’ (1995), y ‘El nacimiento del cristianismo’ (1998). Fue codirector del grupo académico interdisciplinario no-denominacional Jesus Seminar, y anterior director de la Sección del Jesús Histórico de la Sociedad para la Literatura Bíblica, una asociación académica internacional para el estudio de la Biblia.

[3] La hagadá de Ricardo, por Mark Belletini, narrada por Katie Lee Crane. Este relato es una hagadá contemporánea ‘La haggadá de Ricardo’. No es fácil de escuchar, pero es importante de recordar:

Sucedió en un apartamento en la Calle de Noe, en San Francisco, en la primera noche de Pésaj, la Pascua Judía. Es el relato de una Séder —o cena ritual de Pésaj— sin comida. Había tres hombres adultos en el apartamento. Esteban acababa recién de llegar a casa después de algunas semanas en el hospital. Había sufrido una grave reacción alérgica a un medicamento, lo que le provocó que perdiera su piel. Perdió sus encías, sus uñas, sus párpados, su lengua, su cuero cabelludo —cada centímetro de piel que cubría su cuerpo se había descarapelado. Y, como parte de la respuesta alérgica, el cuerpo de Esteban se escoció a sí mismo. Fue como si toda la superficie de su cuerpo estuviera cubierta con quemaduras de segundo grado. Nadie había sobrevivido nunca a esta horrible experiencia. El caso de Esteban era el peor registrado en su tipo. Y aunque Esteban sobrevivió y estaba en casa, estaba débil y con gran dolor.

Su amante y compañero de vida, Ricardo, estaba al lado de su cama. También Mark. Mientras Esteban dormía, Marky Ricardo fueron a la cocina a tomar un descanso. Ahí, entre pilas de correspondencia sin abrir, revistas, diarios y envases vacíos de jugo, se sentaron juntos, tranquilamente. Hablaron de cualquier cosa. Entonces Mark recordó que era la primera noche de la Pascua.

Mark sabía que ambos hombres se reunían con otros amigos para la cena de la Séder de Pésaj. De repente, Mark preguntó, —“¿No vas a ir a ninguna Séder?”

Y Ricardo, quien primero abrió los ojos sorprendido sin mirar a ninguna parte por un momento, respondió suavemente: —“¿Para qué, Marcos? Ahora estamos en nuestra Séder —tú y yo— aquí, en esta mesa”.

—“¿No saboreas las hierbas amargas, y la sal en tu lengua? ¿Acaso no comprendes que el pan que comimos esta noche nunca se esponjará? ¿No te das cuenta que caminamos por un páramo desolado y que no sabemos hacia dónde vamos? ¿Acaso no sabes que esta ES la Pascua?”

¿Qué hizo que esa noche fuera diferente de otra noche?

Dos hombres, miembros integrales de la familia de Esteban, estábamos reunidos alrededor de una mesa de Formica, en un apartamento en la calle de Noe, y sollozamos … y recordamos.

Como millones que han sido separados, rechazados, torturados, oprimidos, perdidos o arruinados, como millones que no tuvieron nada qué comer, ni un lugar para la cena ritual, ellos regresaron al antiguo relato de esperanza.

Volvieron a revivir el relato de la libertad. Y se reconfortaron allí, en esa mesa.

* ‘Hagadá’ es, en el judaísmo, el cuerpo de la erudición rabínica no jurídica, que incluye leyendas, anécdotas y parábolas que sirven para ilustrar los principios religiosos y éticos de la ley tradicional compilados en el Talmud y el Midrás durante los primeros siglos de la era cristiana. El término Hagadá sirve también para designar el libro de oraciones que se utiliza en el Séder, o cena ritual de la Pascua judía.

[4] Alusión a Saulo de Tarso, luego conocido como San Pablo.

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