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Imago Dei: ¿Qué quiere Dios de nosotros?

13. agosto. 2009

(basada en Dios en la Biblia de Jonathan Kirsch)

Sus múltiples rostrosSus múltiples rostros

A lo largo de la historia humana uno de nuestros grandes anhelos ha sido averiguar qué querría Dios de nosotros, imaginar cuál sería la Imago Dei (Imagen de Dios), atisbar el divino rostro…

Para crédito de los autores originales de la Biblia (y los editores que compilaron sus escritos), pretendieron ofrecernos una vasta antología de relatos acerca de Dios, rica y diversa, y tuvieron la suficiente entereza para invitarnos a elegir entre las varias caras de Dios que ahí encontramos. La Biblia es también un esfuerzo por colmar con literatura el vacío en forma de Dios. Nunca muestra a Dios manifestándose a sí mismo en la forma del sol o de la luna, de piedra o de árbol, de toro o de serpiente. En realidad, la Biblia condena todas aquellas expresiones simbólicas de lo divino, tan comunes y tan socorridas durante las prácticas rituales del mundo antiguo, como una “abominación”. Entonces se nos deja con el mandato de vernos a nosotros mismos en la imagen de Dios, y con el impulso de verlo a él estrechamente parecido a nosotros.

Para el profeta Elías, quien suplicó a Dios se le revelara en toda su gloria así como lo había hecho alguna vez ante Moisés, Dios se manifestó con más elegancia e, incluso, apremio. En la cima de una montaña sagrada, escondido en la hendedura de una roca, Elías esperó la aparición prometida del Todopoderoso y la Biblia describe lo que vio:

«Y he aquí que pasó el Señor, y delante de él corrió el viento fuerte e impetuoso, capaz de trastornar los montes y quebrantar las peñas a su paso, pero no estaba el Señor en el viento; y después del viento vino un temblor de tierra, pero no estaba el Señor en el terremoto; y luego de éste vino un fuego, pero el Señor no estaba en el fuego; y tras el fuego, llegó un soplo de un aura apacible y suave».

Confieso que, por una razón completamente personal, yo encuentro en la representación de Dios referida como un “soplo de un aura apacible y suave” una resonancia profunda. Si alguna vez he experimentado la voluntad de Dios, fue el día que vi a un pequeño niño cruzando distraídamente una calle en hora pico y, sin pensarlo, paré mi carro, atravesé la vía en pleno tránsito, levanté al pequeño, lo llevé a un lugar seguro, regresé a mi carro y seguí mi camino. No estoy proponiendo que actué con heroísmo. Todo lo contrario; lo hice sin reflexión o intención verdadera. De alguna manera, sin saber por qué o cómo, me encontré llamado a hacer lo que podía para salvar al niño del peligro. Para decirlo de otra forma, un “soplo de un aura apacible y suave” me instruyó a que lo hiciera.

Si la Biblia define a Dios en modo alguno, la definición debe expresarse en el vocabulario de moralidad humana: “¿Y qué es lo que el Señor pide de ti? —preguntó el profeta Miqueas—. Sólo que obres con justicia y que ames la misericordia, y que andes solícito en el servicio de tu Dios”.

Al fin, la sola noción de Imago Dei —la aspiración humana de moldearnos a nosotros y a nuestras vidas según la imagen de Dios— debe reducirse a términos puramente humanos. Nikos Kazantzakis, autor de La última tentación de Cristo, narra la anécdota de un indigente que, así como Elías, suplicó se le permitiera mirar a Dios, aunque se preguntaba cómo podría verle sin que su luz divina lo cegara.

“Entonces, Dios se convirtió en trozo de pan, en vaso de agua fresca, en túnica tibia, en cabaña, en mujer que amamanta a un infante —escribió Kazantzakis—. ‘Te agradezco, Señor —murmuró—. Te humillaste a ti mismo por mí. Te transformaste en pan, agua, en túnica tibia y en mi esposa e hijo para que yo pudiera verte. Y te vi. ¡Hago reverencia y honro tu amado rostro de múltiples rostros!”

Además de sublime —yo siempre me estremezco al leer estas palabras: “…pan, agua, una túnica tibia y mi esposa e hijo”—, el relato expresa una verdad fundamental acerca de la forma del vacío en forma de Dios en su alma y en la mía.

Ver el rsotro de Dios es tabú

Ver el rsotro de Dios es tabú

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El cristianismo desmitologizado

30. noviembre. 2008

Revdo. Dr. Davidson Loehr, 24 de marzo de 2000.
Primera Iglesia UU de Austin, Texas
(Traducción Francisco Javier Lagunes Gaitán)

CENTRADO

A veces, desmitologizar la religión se siente como robar las historias a los dioses para luego negar la existencia de los dioses, en el cielo o en cualquier parte. Es seductoramente fácil permanecer superficiales y entregarnos a la autocomplacencia si despojamos a la vida de todas sus dimensiones ocultas.

Pero para ser honesto, nunca es así de fácil. Aún afrontamos la terrible fugacidad de la vida, una vida que se mueve tan rápido.

Como lo dijo el poeta Ezra Pound (1885-1972):

Los días no son del todo suficientes

y las noches no son del todo suficientes

y la vida se escurre como un ratón de campo

Sin [siquiera] agitar la hierba.

Y por ello oramos, en nuestros mundos desmitologizados, a los dioses que son ahora

más difíciles de encontrar, al espíritu de la vida, al amor, y a todo lo que cuenta. Oramos por ayuda

para poder vivir lentamente

y movernos simplemente

y vernos suavemente

para poder acoger al vacío

y dejar que el corazón cree un hogar para nosotros.

Amén.

SERMÓN

La semana pasada dirigí un programa del Seminario de Jesús [Jesus Seminar, un grupo académico, http://religioustolerance.org/chr_jsem.htm, que investiga, difunde y educa sobre el Jesús de la historia, por contraste con el Jesús de la fe, N. del T.] en la Iglesia Unitaria Universalista de Oak Ridge, Tennessee, así que tengo muy fresca la noción de cristianismo desmitologizado. Y a pesar de que son muchas sílabas para una sola palabra, desmitologizar nuestras religiones es una de las más importantes y más fieles cosas que necesitamos hacer si queremos que nuestras religiones sean más reales, y más relevantes para las vidas que vivimos en este siglo XXI.

¿Qué significa esto? A veces, solo significa sacar a los mensajes religiosos de sus envolturas míticas protectoras de manera que podamos ver qué -si es que algo- tienen que decirnos hoy.

Todas nuestras religiones occidentales nacieron en alguna clase de cuna, o en un pesebre. Nacieron dentro de la visión del mundo propia de su tiempo, que era muy diferente de la forma en que vemos nuestro mundo hoy en día. El cristianismo nació dentro de esta clase de pesebre. Hace dos mil años, nació dentro de lo que podríamos llamar la visión del mundo del antiguo entendimiento, la visión científica del mundo antiguo.

Los estudiosos llaman a la vieja visión del mundo el ‘universo de los tres relatos’. Es probablemente la visión del universo más intuitiva y acorde al sentido común que hemos tenido jamás. Todavía puedes experimentarla con sólo salir en un día claro lejos de la ciudad.

Mira a tu alrededor y verás lo que los antiguos vieron: la tierra se ve plana, como una pizza. Con solo pararte ahí, tu mirada llega más lejos de lo que la mayoría de la gente llegaba jamás a extraviar sus pasos, desde el lugar en el que había nacido. Precisamente arriba, puedes ver el domo del cielo. Lo llamaron el ‘firmamento’, porque pensaron que estaba hecho de piedra o de metal. Era tan pesado, que los griegos asignaron al dios más fuerte, Atlas, a sostenerlo. Había hoyos en el firmamento, por los que se filtraba la luz durante la noche, para formar los patrones de las constelaciones. Arriba, por sobre el domo celeste, era de donde provenía la luz y a donde se pensaba que residían, de alguna manera, los poderes y deidades ‘iluminados’.

Y abajo, por el fondo de la tierra estaba el lugar del fuego y el azufre. Si lo dudas, solo asómate a una erupción volcánica, y pregúntate a ti mismo de dónde salieron estas cosas. Era un mal lugar, el hogar probable de las fuerzas y espíritus malignos.

Nosotros los humanos éramos como juguetes a merced de las fuerzas del bien y del mal y nuestras plegarias suplicaban la ayuda a uno contra el otro

Era un universo bastante pequeño, realmente un asunto local. Estábamos nosotros, estaba el Arriba y estaba el Abajo.

Este universo del sentido común es la cuna en la que nació el cristianismo. Y las cosas fantásticas del Nuevo Testamento cobran una especie de sentido súbitamente literal cuando recuerdas esta vieja visión del mundo. Un pasaje dice que los cielos se abrieron y una voz tronó para decir “Este es mi hijo favorecido –lo apruebo plenamente” [Traducción de la versión del Jesus Seminar de Mateo 3.17] y puedes imaginártelo. Después de todo no era tan lejano. Podría abrirse, podrías imaginar que escuchas la voz. Otro pasaje habla de que Jesús descendió al infierno. Bueno, podrías imaginarte que se habría protegido de alguna forma del fuego y el azufre, pero -otra vez- no es tan lejano. Puedes imaginarlo. El cielo está arriba, el infierno abajo, y nosotros estamos en el escenario de en medio. Muy simple y claro.

No, el mundo nunca estuvo hecho de esa manera, ni ahora, ni entonces. Vivimos en un mundo que no tiene un ‘arriba’ y un ‘abajo’. Si esto te suena extraño, piensa en una fotografía de la tierra, tomada desde la superficie de la luna hace algunas décadas. Imagina que te encuentras allá, sobre la luna, y miras hacia la tierra que flota sobre el negro espacio. Entonces imagina esa gran voz que truena hacia la superficie de la tierra y pide a todos los terrestres que señalen hacia el cielo ¡Ahora visualiza mentalmente la imagen, y pregúntate hacia dónde apuntan! Localmente, todos piensan que apuntan hacia arriba. Pero desde donde tú estás, tú ves que todos apuntan hacia fuera, no hay ningún ‘arriba’.

Los tesoros de la religión fueron escondidos allá arriba, hace veinte siglos. Dios fue colocado allá arriba, sobre el cielo. Podría decirse que hace 2000 años escondieron el mensaje de la religión arriba del cielo para protegerlo y honrarlo.

La próxima semana es la Pascua, y el mensaje de la Pascua es un buen ejemplo. Alguien que muere, luego regresa a la vida y asciende hacia arriba, hacia los cielos. ¿Qué podría significar este mensaje en un mundo que no está hecho de esa forma? ¿Cómo debe entender esto la gente fiel y honesta? Y los relatos navideños sobre un hombre nacido de una virgen y un dios celeste ¿Qué significan? ¿Acaso tratarían de semen venido del cielo?

Dejar los mensajes de la religión atorados en estas visiones del mundo míticas obliga a nuestra fe a tratar de vivir en dos diferentes siglos al mismo tiempo -la vieja visión del mundo de los tres relatos, de hace 2000 años, y los entendimientos precisos que nos exige nuestra visión del mundo del siglo XXI.

¿En qué pedirías a los creyentes que creyeran? ¿En las enseñanzas religiosas, cualesquiera que sean, o en la forma en que la gente solía armar sus ideas sobre el universo? ¿En los mensajes de la religión, o en la ciencia del siglo XXI?

Hoy, tenemos que proteger y honrar los mensajes de la religión a través de ubicarlos en este mundo. Si no podemos encontrar lo sagrado en el aquí y el ahora, puede que no lo encontremos en ninguna parte.

En eso consiste la desmitologización. Nos dice que para ser fieles, para honrar el espíritu de la religión en el mundo moderno, necesitamos extraer su mensaje de sus antiguas envolturas protectoras míticas (quitarle las rueditas estabilizadoras infantiles a esa bicicleta) y ver qué es lo que tiene que decirnos hoy en día.

Ustedes saben que la religión por lo general no opera de esta manera. Los ortodoxos aún intentan proteger su vieja fe manteniéndola dentro de su visión mítica del mundo, como si fuera demasiado frágil y delicada para exponerla a la luz del día. Esto engaña a la gente que quiere ser engañada y a muchos que no. Pero no engaña a toda la gente, e incluso enfurece a muchos contra la hipocresía y la negación.

En el avión de regreso de Tennessee, el lunes pasado, leí un libro que hablaba de esto de formas que me sorprendieron. Se trataba una recopilación de escritos breves de más de 90 autores irlandeses (Sources: Letters from Irish People on Sustenance for the Soul, editedo por Marie Heaney). La editora les escribió para preguntarles qué nutría y sustentaba sus almas y me sorprendió mucho encontrar cuán pocos de ellos escogieron algo de su religión, y cuánta rabia todavía les producía ésta.

He aquí una respuesta típica, la de Martin Drury:

Por haber sido, aún en mis tempranos veintitantos, un devoto y obediente católico romano, todavía tengo presente el choque sísmico (y desde luego sigo sufriendo las consecuencias de esta conmoción) al percatarme de que se abría una gran grieta sobre la falla geológica que divide la práctica religiosa ortodoxa de la experiencia espiritual auténtica.

Deploro grandemente que aquellos que tan dispuestos se mostraron a reivindicarme para su iglesia fueran tan lentos para nutrir mi yo espiritual… Quienes se hicieron cargo de mi formación espiritual… no me dieron habilidades para trazar el mapa que guiaría mi jornada. Los [mapas] que he llegado a admirar y a confiar en ellos, y en los que encuentro verdadero apoyo, [son aquellos] empleados por artistas de todas las disciplinas.

“… Mi preferencia es por los [mapas] ambiguos de la literatura y por la celebración de la humanidad, más que por alguna divinidad remota”.

Este hombre ya no siguió engañado por su iglesia, y lo que resiente aquí son dos cosas: tanto la falta de verdad, como la carencia de fe de su iglesia. Carencia de fe. Resulta una acusación irónica contra una iglesia, pero pensémoslo con cuidado. ¿Qué refleja una mayor carencia de fe: abandonar la creencia en otro mundo, o dejar de creer en este mundo? ¿Qué tendrían que significar los mensajes religiosos si fueran sobre este mundo, más que sobre algún otro?

Una mujer que había dejado la iglesia la criticó por ofrecer una religión que no era real. Y ella ofreció como palabras de apoyo para su alma, no la Biblia, sino unos pocos párrafos tomados de un libro infantil, El Conejo de Pana (The Velveteen Rabbit). Hace mucho tiempo que leí ese libro, y no recordaba que hablara sobre cómo algunas cosas no pueden convertirse en reales. Escúchalo en la crítica de esta mujer irlandesa hacia su anterior iglesia:

El Conejo de Pana llegó en la mañana de navidad. El niñito lo amó -por al menos dos horas- pero con la emoción del día pronto lo olvidó. Por mucho tiempo, vivió con los otros juguetes en el armario -y eran un grupo muy mezclado: juguetes mecánicos mandones que eran muy superiores, llenos de ideas modernas y de palabras de tecnología. Incluso el Leoncito de Madera, quien debía ser más espabilado, fingía tener contactos en el gobierno. El Conejo de Pana se sintió muy insignificante. La única persona que fue amable con él era el Caballo de Cuero, que era muy sabio.

¿Qué es REAL?”, preguntó el conejo un día.

Real… es una cosa que te sucede cuando un niño te ama por mucho, mucho tiempo”, contestó el Caballo de Cuero, quien siempre era veraz. Dijo que a veces duele ser real -y que esto no siempre le sucede a los que se rompen fácilmente, o tienen orillas agudas, o a quienes hay que manejar con cuidado.

Para el momento en que eres REAL la mayor parte de tu pelo ha sido amorosamente desprendido, tus ojos te abandonaron y tus articulaciones se ponen muy flojas y se te ve mucho deterioro. Pero estas cosas no importan para nada, porque una vez que fuiste REAL no puedes ser feo -excepto para la gente que no entiende”.

Las religiones son también así. Si son demasiado frágiles, si se rompen con facilidad, o si deben manejarse con demasiada precaución, nunca podrás acurrucarte en ellas lo suficiente para hacerlas reales. Desmitologizar las religiones, quitarles sus viejas envolturas protectoras para hacerles un lugar entrañable en nuestras propias vidas, no es obra del diablo, se trata más bien de una bendición providencial.

Muchos de los encuestados irlandeses citaron a William Blake (1757-1827)  como a uno de aquellos cuyos escritos y conocimiento profundo alimentaron sus almas. Y en Blake también encontraron mucha ira por los engaños de la religión tradicional. Hacía mucho tiempo que no leía yo algo de William Blake, y me sorprendió leer algunas de estas líneas:

Una verdad dicha con mala intención

supera todas las mentiras que puedas inventar.

Y es correcto que así deba ser;

el hombre fue hecho para el gozo y la desdicha;

y cuando esto comprendemos bien

por el mundo vamos con seguridad.

No estamos hechos para el cielo, nos dice. No estamos hechos para un lugar perfecto en alguna otra parte. Estamos hechos para este lugar, el gozo y la desdicha entremezclados. Estos escritores estaban absolutamente comprometidos a enfocarse en esta vida, aquí y ahora, no en otra, en algún otro lugar, ni después. ¿Qué querrá decir esto la próxima semana cuando preguntemos qué mensaje encontrará la gente fiel en el viejo mensaje de la Pascua? ¿Para qué debemos buscar nueva vida? ¿para nuestras almas, o nuestra sociedad? ¿para nuestra religión? ¿para nuestras iglesias?

Otra mujer citó estas líneas del libro Veintiún poemas de amor, de la poetisa Adrienne Rich (1929-):

A los veinte, sí: pensamos que viviríamos para siempre.

A los cuarenta y cinco, quiero conocer incluso nuestros límites.

Te toco sabiendo que no nacimos mañana,

y de alguna forma, cada uno de nosotros ayudará al otro a vivir,

y en algún lugar, cada uno de nosotros deberá ayudar al otro a morir.

Y ahora más líneas de William Blake:

Cada noche y cada mañana

algunos a la miseria son nacidos.

Cada mañana y cada noche

algunos nacen a un dulce deleite.

Algunos nacen a un dulce deleite,

algunos nacidos son a una noche interminable.

Somos llevados a creer una mentira

cuando no vemos a través del ojo

que nació una noche para perecer en una noche…

Me impresionaron fuertemente las tres últimas líneas:

Somos llevados a creer una mentira

cuando no vemos a través del ojo

que nació una noche para perecer en una noche…

En otras palabras, Blake dice que no creamos en declaraciones de allá arriba, que no creamos en conocimientos que pretenden provenir de dioses, más que de mortales que nacieron una noche para perecer en una noche. He aquí este gran poeta de hace dos siglos que dice que nuestra religión no tiene que ayudarnos a llegar al cielo después de morir. Lo que la religión tiene que hacer -en palabras de Blake- es mostrarnos cómo:

Ver al mundo en un grano de arena

y al cielo en una flor silvestre,

abarcar al infinito en la palma de tu mano

y a la Eternidad en una hora.

En cada juicio por herejía se opondrían a esto. Negarte a creer en cosas a las que no puedes encontrar sentido ha sido peligroso, incluso tan recientemente como en el caso de los talibanes. En los juicios por herejía no les importa cómo vivieron los herejes, solamente si dijeron que creían el relato de un grupo religioso particular.

Pero pensemos sobre esto también. ¿Cómo a qué clase de inseguridad suenan tales amenazas?

-¿A la inseguridad de una deidad eterna y omnisciente que creó todo el universo y que sabe lo que piensas aunque tú no lo sepas? ¿Podría acaso un verdadero dios ser tan ignorante y mezquino?

-¿O a la inseguridad de los miembros de un club, cuya frágil y arrogante afirmación de poseer la verdad podría desmoronarse si tuvieran que admitir que su relato es tan sólo uno entre muchos y que la gente se la pasa bastante bien sin él?

Ningún dios que valga la pena castigaría a la gente por negarse a creer en viejos relatos aún cubiertos con sus antiguas envolturas míticas. Ningún dios que valga la pena nos recompensaría por dejarnos revisar el cerebro a la puerta de la iglesia. La gente fiel no tiene que recitar el relato de su grupo irreflexivamente. La gente fiel tiene que intentar y encontrar una fe por la que valga la pena vivir, una manera de verse a sí mismos y al mundo que pueda mostrarles “al mundo en un grano de arena y al cielo en una flor silvestre”.

Quienes pretendamos ser fieles hoy nos encontramos en una extraña e irónica posición. A través de la historia de las religiones occidentales, se ha enseñado a la gente que los beneficios de la religión sólo están disponibles para los fieles, los de adentro, los miembros del club.

Sin embargo, esta es una tercera cosa sobre la que vale la pena pensar, como encontré que todos estos escritores irlandeses reflexionaban. ¿Qué clase de verdad podría ser esa que sólo es verdadera y real, en exclusiva, para los miembros de un club? Cualquier cosa que sea realmente verdadera -en especial si se presenta como proveniente del dios que creó todo el dichoso universo- debería ser verdadera para todos. Las nociones religiosas profundas tienen que estar disponibles para todo el mundo. La gente insegura podrá ser seducida por credos, principios y confesiones de fe, pero no así los dioses, ni las religiones reales. La religión y la verdad no consisten en fingirlo así. Si el cristianismo, el budismo, o las otras religiones tienen algo que ofrecer a nuestras vidas, debe estar disponible para todos los que tengan ojos para verlo y oídos para oírlo.

Estamos en un lugar diferente ahora que donde estábamos en los tiempos antiguos. El significado de ser fieles ha cambiado. La verdadera fidelidad ya no significa más dejar de lado este mundo por la promesa de otro mundo, después y en alguna otra parte. Esto significa, como estos escritores irlandeses lo dicen una y otra vez, dejar de lado las pláticas sobre otros mundos, después y en alguna otra parte, para centrarnos en las promesas y retos de este mismo mundo, aquí y ahora.

Por esto es por lo que pienso que los religiosos liberales pueden ser la gente más religiosa actualmente. Según nuestra visión, podemos dejar atrás las envolturas míticas y otros brillos mundanos, y preguntarnos si es que esta o aquella religión puede ayudarnos, y cómo, a llegar a estar más vivos y concientes aquí y ahora, si nos puede ayudar a ver al mundo en un grano de arena y al cielo en una flor silvestre.

Los judíos tienen un relato sobre el día en que Dios decidió jugarles una broma a los humanos. Estaba desconcertado, así que como siempre hacía cuando se sentía desconcertado, llamó a su rabino favorito.

“Rabino”, dijo Dios, “Quiero jugarle una broma a la gente. Quiero esconderme de ellos a donde no me encuentren fácilmente, y no sé dónde esconderme. ¿Qué es lo que piensas: el lado lejano de la luna, los confines exteriores de la galaxia, qué piensas rabino?”

Y el rabino contestó: “Oh, no lo pongas tan difícil. Tan solo escóndete en el corazón humano. Es el último lugar en el que buscarán”

Así que ahí se escondió Dios. Y el rabino tenía razón, porque incluso al día de hoy difícilmente alguien piensa en buscarlo ahí”.

Hay una gran ironía en la religión actual. Hace muchos siglos, en el nacimiento de nuestras religiones occidentales, los profetas y los sabios de los que nacieron trataron de proteger la religión ocultándola arriba, sobre el cielo. Hoy, cuando necesitamos que nuestra religión sea real, esconderla arriba, fuera del alcance de la vista, es una sentencia de muerte para ella. Hoy, con el objeto de protegerla, con el objeto de hacer real nuestra fe, debemos encontrarla dentro de nuestro mundo, dentro de nuestros corazones.

Las tres religiones occidentales han visto esto:

  • Los judíos, con su relato de Dios escondido en el corazón humano.
  • Los cristianos, a través del dicho de Jesús de que el reinado de Dios no es algo que venga a la sazón, sino algo que ya está dentro o entre nosotros, si solo tuviéramos ojos para verlo.
  • Y los musulmanes, cuando su Qur’an (Corán) enseña que Dios está más cerca de nosotros que la vena en nuestro cuello.

La verdadera fidelidad que necesitamos hoy no es la confianza ciega en otro mundo, sino la fe en las posibilidades ocultas de integridad y redención que están en este mismo mundo. La verdadera fidelidad se aprende al abrir nuestros ojos a las glorias del mundo alrededor de nosotros y al abrir nuestros corazones para encontrar al dios que se oculta allí, al reinado de Dios oculto dentro y entre nosotros, a la espera de ser hecho realidad en nuestras propias vidas, de la misma manera en que el Conejo de Pana fue finalmente hecho real.

En un sentido, estamos terriblemente solos en nuestro mundo desmitologizado. Pero nuestro veneno puede ser nuestra cura, porque estamos solos juntos.

ORACIÓN

Anhelamos juntos el don de la

visión que pueda mostrarnos

a un mundo en un grano de arena

y al cielo en una flor silvestre,

que pueda ayudarnos a aprender a abarcar al infinito en nuestra mano

y a la Eternidad en una hora.

Sí, sabemos que los días no son del todo suficientes

y que las noches no son del todo suficientes

y que la vida se escurre como un ratón de campo

sin siquiera agitar la hierba.

Así que terminamos en oración silenciosa al espíritu oculto de la vida, al dios no encontrado que se esconde en nuestros corazones. Y decimos, Oh Dios, Oh espíritu de la vida, ayúdanos

a vivir lentamente,

a movernos simplemente,

a mirarnos suavemente,

a acoger al vacío,

y a dejar que nuestros corazones creen para nosotros.

Ayúdanos a hacer un hogar, justo aquí, dentro y por entre el incógnito reinado de Dios que yace escondido dentro de nuestros corazones, donde siempre ha estado oculto.

Oramos por esto, sólo por esto, aquí, ahora, juntos.

Amén.