Posts Tagged ‘Resurrección’

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Rita Nakashima Brock, Ph. D.: La cuestión de la cruz en el Viernes ‘Santo’

5. abril. 2010

La FBI recién irrumpió en un local de un grupo terrorista cristiano de origen nacional, la milicia cristiana Hutaree, en Michigan. ¿Cómo puede ser que los que se dicen seguidores de quien ofreció la otra mejilla y amó a sus enemigos hayan incubado semejante odio y violencia? Desdichadamente, el cristianismo occidental ha apoyado guerras santas por un milenio y esto está profundamente incrustado en lo que se predicará a los cristianos este Viernes ‘Santo’.

Muchos cristianos participarán en servicios en los que se resaltarán las palabras del Jesús agonizante durante su crucifixión. En un Viernes ‘Santo’, en 1095, los peregrinos de la Primera Cruzada —que se dirigieron a Jerusalén para recuperar para Cristo la ciudad— hicieron una pausa en su camino, en Renania, para la matanza de 10,000 judíos por ser ‘asesinos de Cristo’. Este enfoque en el genocidio de todos los ‘infieles’ se sustentó en la nueva idea que proclamaba que la crucifixión de Jesus habría salvado al mundo. Esta nueva idea se presenta en dos formas principales: una, impulsada por los evangelicalistas conservadores, y otra, por los cristianos más liberales.

En el año 1098 el Arzobispo Anselmo de Canterbury (1033-1109) resumió la idea evangelicalista de la salvación: proclamó que la crucifixión de Jesús habría sido querida por Dios para salvar al mundo. Su idea, ahora llamada ‘teología de la satisfacción substitutiva o expiación vicaria‘ proclamaba que la naturaleza pecaminosa de la humanidad había deshonrado a Dios y que había acarreado consigo una magnitud de deuda de pecado que era imposible pagar. Por ello Dios había enviado a Jesús en substitución nuestra como el único sacrificio sin pecado con la capacidad de redimir el pecado. Anselmo también enseñó una piedad de un crudo terror al infierno para hacer más persuasiva su visión —que, en mi opinión, sustenta la fe en una abnegación de la responsabilidad ética personal y en la cobardía.

El oponente de Anselmo, Abelardo, se preguntaba quién podría perdonar a Dios por asesinar a su propio hijo. Abelardo, el pensador preferido de los liberales, pensaba que el Dios de Anselmo no sería digno de adoración. Propuso una idea basada en el amor de Jesús demostrado en su disposición a morir. Jesús reconcilió a la humanidad con Dios a través de revelar la horrible magnitud de los pecados que lo mataron. Nos perdonó, a sus asesinos, incluso a la muerte. Al reconocer esto, nuestros corazones son transformados y llegamos a amar a Dios tan profundamente como Jesús nos amó. Estamos unidos en un amor autosacrificial. Esta versión de la expiación confunde la pasividad y la ausencia con el amor.

Semejantes interpretaciones de los hechos cristianos que recordamos este Viernes ‘Santo’ sustentan la idea de que Dios requeriría de la violencia para salvar al mundo. Si la gente cree que Dios usa la tortura y el asesinato, ¿cómo disuadirla de hacer lo mismo? O erróneamente responden al uso abusivo del poder con una abnegación hacia el poder. Confunden la resistencia no-violenta al mal con su aceptación.

Muchos cristianos de hoy se rehusan a asumir una fe que exija de nosotros estar agradecidos por la tortura y muerte de Jesucristo. Se nos acusa de querer un cristianismo ilusamente optimista sin la cruz. Y yo pregunto ¿cuál cruz? Las primeras imágenes de la cruz —que se remontan a mediados del siglo IV— simbolizan la resurrección, el árbol de la vida, el paraíso en este mundo y la transfiguración de la palabra por el Espíritu. Estas cruces no son sobre el sacrificio, ni la amortización de las deudas del pecado.

El cristianismo que es fiel hacia la vida de Jesucristo relata su muerte como una historia de resistencia ante el Imperio Romano, no como una historia de cómo el Imperio habría cumplido la voluntad de Dios. Roma usó la crucifixión contra los no-ciudadanos, los pobres y los esclavos. Más como un linchamiento que como una ejecución formal, comenzaba con formas de tortura horribles diseñadas para prolongar la dolorosa agonía por días. Una muerte rápida habría sido misericordiosa. Los cuerpos eran dejados expuestos a los elementos y eran devorados como carroña y se pudrían. No tenían lugar los entierros en esta forma de muerte. Era una muerte tan horrible que los escritores antiguos, con la excepción de Séneca, permanecieron en silencio al respecto, y las familias de las víctimas nunca volvían a mencionar los nombres de los muertos así.

Los evangelios construyeron una resistencia innovadora de resistencia a la crucifixión. Rechazaron el terror que producía la crucifixión y contaron la historia de otra manera, contra el principio del hecho histórico y con el principio del amor y la resistencia. Relataron que Jesús no había padecido rotura de huesos y habría muerto pronto. Que sus amigos habrían bajado su cuerpo intacto el día de su muerte le habrían dado un entierro apropiado. Que lo habrían vuelto a encontrar en el jardín, junto a la orilla, al partir el pan y decirles que prosiguieran su ministerio. Lo experimentaron como mucha gente y culturas experimentan a los que mueren, como todavía presentes en visiones, sueños y rituales. Estos detalles amorosos contaban que Roma había sido impotente para borrar a Jesús de la memoria, para negar su humanidad, o para terminar su trabajo por la justicia, sanación y paz.

Los primeros cristianos contaron el relato de la muerte de Jesús como una lamentación y una remembranza que resistió a Roma. Los escritores de los evangelios usaron la lamentación de los salmos para vincular su muerte con matanzas imperiales anteriores que habían acontecido a su gente. El Salmo 22, en labios de Jesús, evocaba vívidamente los amargos lamentos que incluye. Al usar literatura sagrada para exponer lo que la tortura le hizo a él y a su pueblo, los escritores de los evangelios trajeron su testimonio ante una más elevada corte de apelaciones que la de los semejantes a Pilatos y entretejieron a Jesús en una historia de violencia contra todos los que abogan por la justicia. Su relato afirmó la presencia divina en la carne humana, en el Jesús que les mostró cómo vivir antes de su muerte y les reveló un amor más fuerte que la muerte, la tortura y el sufrimiento. En el Nuevo Testamento, el apostol Pablo sostuvo que Jesús habría muerto una vez para derrotar a los poderes de la muerte, que no tenían poder sobre él, pero los cristianos adoraron al Jesús resucitado.

La crucifixión fue pensada y realizada para salvar al Imperio —pero hubo quienes dieron testimonio del amor encarnado de Dios y quienes testificaron que la resurrección salvó a la iglesia. Si los cristianos rechazaron el propósito imperial de la crucifixión, hemos de romper el silencio siempre que la violencia se use para avergonzar, producir temor, fragmentar a la comunidad humana, o suprimir nuestro trabajo por la justicia económica, el cuidado de la salud y la paz. Debemos ofrecer un camino para sostener esta vida con sabiduría sobre el mal, con pena por todo lo que destruye y con un muy profundo amor por la vida.

La teología de la redención dice: “Jesús murió para que pudiéramos vivir”. Esto sugiere que la tortura y el asesinato lamentados en este Viernes ‘Santo’ habrían sido ‘buenos’. Los cristianos que sustentan su poder en el duelo divino amoroso del Viernes, mantienen la vigilia hasta el amanecer del Domingo, y dicen con alegría, “Jesús vivió para que todos pudiésemos vivir”.

Algún material para esta reflexión fue tomado de mi libro: Saving Paradise: How Christianity Traded Love of This World for Crucifixion and Empire, en coautoría con Rebecca Parker (Beacon, 2008, savingparadise.net).

Tomado de:
http://www.huffingtonpost.com/rita-nakashima-brock-ph-d/on-good-friday-did-god-us_b_519347.html

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Dar a luz lo sagrado

26. marzo. 2009

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Davidson Loehr, ministro, Ph.D. (Traducción Francisco Javier Lagunes Gaitán) 31 de marzo de 2002, Primera Iglesia Unitaria Universalista de Austin, Texas


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Apertura

Este es uno de los dos periodos vacacionales religiosos oficiales del año, cuando mucha gente al despertarse debe tratar de recordar, otra vez, cómo encontrar una iglesia. Ambos periodos vacacionales, Navidad y la Pascua (domingo de resurrección), son casi festivales seculares. En los EUA, la Pascua es más rápidamente identificada con los conejitos de Pascua, los huevos coloridos y los conejos de chocolate que con cualquier mensaje religioso. Y como esas golosinas, las súperanunciadas vacaciones piden a gritos dulzura y nimiedades, una tarjeta de felicitación de Hallmark, nada demasiado pesado, tan solo un bombón de Pascua antes del almuerzo.

Ya que ésta también es una iglesia, hemos prometido buscar aquella clase de verdad de dos filos que es capaz, tanto de consolar a los afligidos, como de afligir a los cómodos.

Así que nos reunimos para ver cuán fieles podemos ser a nuestro llamado religioso, así como a los complejos y ambiguos símbolos de la Pascua. Es bueno estar juntos otra vez, porque…


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Invocación

Es un Tiempo Sagrado, este

Y un Espacio Sagrado, este

Un lugar para preguntas más profundas que las respuestas,

Una vulnerabilidad más poderosa que la fuerza,

Y una paz que sobrepasa todo entendimiento,

Es un Tiempo Sagrado, este.

Iniciémoslo juntos en una canción.

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Centramiento

Ofrezcamos una plegaria de Pascua.

Dios de nuestros anhelos ocultos, encuéntranos donde hemos muerto y restáuranos. Corazón del universo, sintamos de nuevo tu pulso dentro de nosotros. Sintámonos conectados otra vez con otros, con nosotros mismos, con nuestros propios corazones y almas. Espíritu de la vida, encuentra a nuestros espíritus e insufla vida dentro de ellos. Algo en nosotros, en nuestras vidas, en nuestro mundo, murió este año. Ayúdanos a traer el milagro de la resurrección aquí, ahora. Espíritu de la vida, Dios de nuestras almas interiores, corazón del universo, escucha nuestras plegarias, tócanos en aquellos lugares en los que la vida se ha ido, para que vivamos de nuevo. Y que seamos tus ojos, tus oídos y tus manos para alcanzar los sufrimientos de otros. Que seamos agentes de compasión y gracia en este mundo, frecuentemente demasiado severo y demasiado solitario. Ofrecemos esta plegaria con la esperanza de que incluso aquí, incluso ahora, el milagro de la resurrección pueda encontrarnos.

Amén.

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Sermón

Por todo este mundo el día de hoy, unos mil millones de cristianos volverán a contar la misma historia, de un hijo de Dios que fue crucificado y resucitó y quien, si creemos en el relato, puede ser nuestro salvador personal.

Cualquiera que hubiera vivido en el primer siglo habría conocido una buena cantidad de historias similares sobre dioses que murieron y luego resucitaron. Conocerían la historia de Dioniso, nacido de una virgen y del gran dios celeste Zeus, cuyos seguidores se reunían anualmente para comer carne y beber sangre, que simbolizaban la carne y sangre del dios muerto y creían que les impartían su espíritu. Conocían el relato egipcio de Isis/Ast y Osiris/Asir, en el que Osiris/Asir fue asesinado, resucitó mucho después, se apareó con Isis/Ast, quien dio nacimiento al bebé Horus. Todo el mundo conocía la imagen de Isis/Ast sosteniendo al bebé Horus: fue el modelo para las imágenes cristianas de la virgen María sosteniendo al bebé Jesús. Y la gente conocía las historias de otros dioses muertos y resucitados, incluyendo a Tammuz, o Adonis y Atis/Córibas.

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Todas estas historias pertenecían a un género literario nacido de la antigua visión científica del mundo de hace 2000 años, en la que la bienaventuranza estaba justo arriba sobre el cielo, el infierno justo bajo la tierra, y todo el universo era un asunto local. En semejante lugarcito, los dioses podían rutinariamente tener deportivos intercambios con las hembras humanas, y los cuerpos podrían bien regresar a la vida, o flotar hacia arriba del cielo para vivir por siempre.

De esta manera, por todo el mundo mediterráneo de hace dos mil años la gente también se reunió anualmente para volver a contar estos antiguos relatos.

Pero por todo el mundo actual —si bien en cantidades mucho menores— hay estudiosos bíblicos y religiosos que saben que éste era un mito. El mito no tenía nada que ver con el hombre Jesús, quien sin duda quedaría horrorizado por un relato que lo transformó en la figura de un salvador que habría enseñado que el reinado de Dios sería una cosa sobrenatural que supuestamente él traería a los fieles.

Así que hay una clase particular de tensión implicada al trabajar con símbolos y mitos antiguos del tipo de los relatos de Pascua. Esto significa que todo aquel que predique sobre estos mitos y símbolos el día de hoy debe decidir cómo manejarlos —cuán honestamente, cuán profundamente, cuán cuestionadoramente— además de cómo y cuánto respetarán a su audiencia. Esta es la clase de tensión que involucra predicar sobre las vacaciones populares empapadas en siglos de mito que popularmente resulta demasiado superficial para ser religioso.


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El tratamiento normal que se da a estos problemas consiste en ignorar el relato ultramundano y convertir palabras tales como “resurrección” en metáforas generales. Si están entre las diecisiete personas en Austin que leen las páginas de religión del periódico dominical, habrán visto que eso fue lo que hicieron los clérigos que escribieron ayer. Bob Lively dio a “resurrección” el significado de “amor”, y dondequiera que vio al amor florecer se regocijó en el milagro de la “resurrección”. Y el obispo Greg Aymond trató el asunto con una poca más de profundidad al hacer equivaler la “resurrección” a una renovación de la esperanza. Es también lo que yo hice en la plegaria de centramiento de esta mañana. Así que no me parece que sea algo inusitado. Pienso que es una pequeña parte de lo que necesitamos hacer con esta sobresaturación de símbolos.

Pero no es suficiente. Esto reduce el mensaje de la religión a la blandura de una tarjeta de felicitación de Hallmark. Y tiene el imperialismo arrogante del que los mejores pensadores cristianos han tratado de desprenderse —al reclamar esta experiencia humana común para el vocabulario cristiano.

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¡Vaya por Dios!: en el hinduismo llegaron al mismo punto de encontrar una reconexión donde daban por perdida la posibilidad de cualquier conexión, y no necesitan la noción cristiana de ‘resurrección’ para lograrlo. Ellos lo entendieron, dentro de la integridad orgánica del hinduismo, como que la realización de su ātman —de su alma individual— es desde luego una parte integral de Brahmā —el poder universal sustentador y creativo.

Los budistas pueden llegar a la misma clase de paz y entenderlo así de simple como un “despertar” de las ilusiones que los habían hecho más miserables hasta entonces. Y los naturalistas pueden expresar la misma experiencia de manera igualmente apropiada, aunque tal vez con menos poesía. “Siento mayor conexión con el mundo”, podrían decir. “Me sentí descolocado y desorientado, fuera de lugar, pero ahora me siento como una parte legítima de la totalidad gloriosa del mundo alrededor de mí, y me siento menos ansioso, más pleno. La vida es mejor ahora”. Así que objeto ambos tratamientos, tanto el oportunista superficial, como el de la arrogancia teológica de pretender que la ‘resurrección’ es un concepto necesario, en vez de uno meramente cristiano.


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Hay otro camino para cruzar este pantano simbólico, igual de antiguo. Exige más de nosotros, y se deshace de la capa de azúcar tradicional en que las vacaciones populares están inmersas. Pero pienso que nos podría llevar a una reflexión más seria y podría impartirnos, a nosotros y a nuestro tema, más orgullo. Se trata de hacer la distinción entre la religión de Jesús y la religión sobre Jesús. Los estudiosos se han percatado de esta distinción por mucho tiempo, pero usualmente la esconden tras algunas palabras en clave para iniciados:

  • Algunos hablan del “Jesús de la historia” contra el “Cristo de la fe”;

  • Otros hablan de “Jesús” contra “el Cristo”;

  • O del “Jesús pre-Pascua” y el “Jesús post-Pascua”.

Todas estas clases de palabras en clave se refieren al hecho de que las religiones, los mensajes del Jesús de la historia fueron salvajemente diferentes de los mensajes atribuidos al “Jesúcristo” de la fe tradicional. Pero como es embarazoso decirlo, tanto los maestros como los predicadores religiosos han colaborado en una conspiración de silencio por muchos siglos para mantener estas distinciones tan dañinas (o provocadoras de pensamientos) lejos de tus tiernos oídos.

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Ustedes saben más de la religión sobre Jesús, que es conocida sólo como cristianismo. Ofrece enseñanzas de un Jesús sobrenatural que de alguna manera fue el hijo de Dios, quien realizó sorprendentes milagros, fue asesinado, luego “se levantó” de entre los muertos, según la enigmática frase de los autores del Nuevo Testamento. La mayoría de los estudiosos bíblicos que conozco tienen claro que ningún escritor del primer siglo quiso dar a entender literalmente la resurrección de un cadáver. La interpretación generalizada sobre esta cuestión es que decir que Dios “levantó” a Jesús significa que lo que Jesús enseñó sobre el reinadó de Dios era correcto.

Comparto esta convicción. No fue original, pero sí profunda, tanto entonces, como ahora. Así que esta Pascua quiero traerles el mensaje de Jesús para que luego decidan por ustedes qué clase de Pascua les enorgullecería intentar y celebrar. En otras palabras, mi táctica aquí es tomar las tensiones intrínsecas a los símbolos de la Pascua y pasárselas, de manera que puedan sentir la tensión, y puedan decidir qué estilo y profundidad de ‘Pascua’ quieren celebrar. No se preocupen: el sufrimiento, según he escuchado, puede ser terapéutico.


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La religión de Jesús

La religión de Jesús fue tan diferente de las enseñanzas tradicionales del cristianismo como puedas imaginarte. Pero para entenderla, tienes que entender la clase de mundo en el que nació Jesús.

Irónicamente, la Galilea del primer siglo tenía mucho en común con nuestra sociedad actual —más de lo que tenía en común con los EUA de hace cincuenta años. Tres siglos de invasiones, por los ejércitos de Alejandro Magno (356AEC-323AEC) y las subsiguientes legiones romanas, habían destruido todos los centros de culto y templos que habían dado estabilidad a una buena variedad de comunidades étnicas y religiosas. Para el primer siglo no había un centro compartido, ni una identidad colectiva. Galilea estaba llena de gente que no constituía “un pueblo”.

Las leyes sociales o las restricciones alimenticias de un grupo —los judíos, por ejemplo— resultaban extrañas o nada atractivas para otros grupos cercanos —los griegos, por ejemplo. Incluso el simple trato social era más difícil de lo que nos resulta a nosotros hoy. Una familia griega invita a la tuya para el equivalente del primer siglo de una barbacoa. Dado que ustedes son importantes para ellos, invierten dinero extra para comprar algo de mariscos y carne de cerdo de primera calidad. Pero como ustedes son judíos, sus leyes alimenticias les prohíben comer mariscos y carne de cerdo.

En docenas de maneras, Galilea era una tierra del caos, donde las perspectivas de llegar a formar ‘un pueblo’ a partir de este desorden disparatado estaban en alguna parte entre escasas y nada.

En tiempos así de caóticos, parece haber dos clases de soluciones propuestas, así se propusieron aquí. La primera fue la más extrema, propuesta por Juan el Bautista. Juan pensó que la situación era imposible ya de arreglar. Ni siquiera Dios podría resolverlo, pensó él. Así que la única respuesta era que Dios iba a destruir todo el mundo, a aniquilar a todos en él —bueno, excepto a aquellos que creyeran en lo mismo que Juan el bautista creía, desde luego— y así empezar de nuevo.


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Juan contaba con una creciente y ferviente multitud que se reuniría al este del Jordán para esperar el signo del fin del mundo, cuando se suponía que actuarían contra los romanos.

Si conoces algo sobre los romanos, sabrás que esta no era una táctica muy inteligente. Ellos fueron muy eficientes, los romanos. No hubieran gastado 60 mil millones de dólares para bombardear mil millas cuadradas de montañas con la esperanza de matar a 7 u 8 civiles. En vez de esto, ellos capturaban a la cabeza del movimiento y lo mataban.

Pero el asesinato de Juan el Bautista fue devastador para sus seguidores. Significó que el mensaje de Juan, el entendimiento que Juan tenía sobre lo que era ‘el reinado de Dios’, era erróneo. De otro modo, Dios no hubiera permitido que Juan muriera así. Tal era el pensamiento sobrenatural, o supersticioso, del primer siglo.

Juan el bautista fue mentor y maestro de Jesús. Jesús fue uno de sus seguidores. Y no mucho después del asesinato de Juan, Jesús aparece por primera vez como líder carismático, muchos de los anteriores seguidores de Juan lo siguieron.

Pero el mensaje de Jesús era muy, muy diferente. La solución de Juan había sido esperar que un ente sobrenatural arreglara el mundo por medio de destruirlo. La noción de Jesús del Reinado de Dios no implicaba una acción por parte de una entidad sobrenatural. Jesús pensó que debíamos recuperar el mundo fragmentado arreglándolo.

Lo que definía todas las líneas de enemistad entre los diferentes grupos eran las reglas de identidad de cada grupo —reglas que los hacían especiales sólo a través de convertir a los otros en inapropiados. Jesús enseñó que la gente debía desobedecer y subvertir las identidades excluyentes. Él y sus seguidores mendigaban sus alimentos diarios —un poco de este mendigar se hizo famoso como parte del ‘Padre Nuestro’. “Come lo que se pone ante ti”, instruyó a sus seguidores judíos. ¡Si los griegos te ofrecen marisco o cerdo, cómelo! ¡No permitas que ninguna autodefinición, inclusive tu identidad como judío, te separe de otros!

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Solo una identidad era permisible en la noción de Jesús del Reinado de Dios: se nos ordenó vernos mutuamente solamente como hermanos y hermanas, como hijos de Dios. Una y otra vez él frustró a sus seguidores más supersticiosos, quienes todavía esperaban que continuara las enseñanzas de Juan el Bautista. No: el Reinado de Dios no es algo que venga a la sazón. No puedes señalarlo y decir “aquí y allí”. Ya está aquí, dentro y entre ustedes. O como lo dijo él en el Evangelio de Tomás, el reinado de Dios se extiende sobre la tierra y los humanos no lo ven. Está todo aquí —al menos potencialmente— y nosotros no tuvimos, o no tenemos, ojos para verlo u oídos para escucharlo. ¡Cuántas veces les dijo a sus discípulos que no lo habían entendido!

No hay magia aquí, ni la intervención de nadie. Dios ya hizo su parte. La pelota está en nuestra cancha, y Dios espera que actuemos para traer el Reinado de Dios a la tierra. Y lo hacemos simplemente al cambiar nuestros corazones y nuestras acciones hacia los otros. Punto. Amén. Fin del sermón, fin de la religión. Jesús nunca prometió el cielo, ni amenazó con el infierno. Él no habló de una vida después de la vida, sólo de ésta. Y él no habría dejado que la gente se quedara con la creencia de que podían esperar pasivamente que una deidad sobrenatural arreglara las cosas.

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La negación de Jesús

Todos los estudiantes de las escrituras cristianas conocen esta frase que se refiere a su apóstol Pedro, quien pareció categóricamente incapaz de entender el mensaje de Jesús. Fue a Pedro, recordemos, a quien Jesús dirigió su frase más furiosa: “Quítate de mi vista, Satanás” (Marcos 8.33), Pedro, como la mayoría de (o tal vez todos) los discípulos de Jesús, quería escucharlo predicar el mensaje claro y definido del fin-del-mundo de Juan el Bautista, y no quería escuchar que este emocionante reinado sobrenatural de sus expectativas sería reemplazado por una clase muy terrenal de mundo en el que ellos simplemente debían convertirse en agentes activos del amor, en vez de en profetas poseedores de superioridad moral para predicar la destrucción masiva a la que solo ellos sobrevivirían.

El estudioso católico Thomas Sheehan lo ha expresado de una manera acertadamente crítica cuando dice que “Pedro continuó su negación de Jesús con la creación del cristianismo”. El cristianismo comenzó como una religión de reversión hacia la fórmula pagana de la salvación por una deidad sobrenatural que demandaba de nosotros sólo que creyéramos el relato y siguiéramos a los líderes. Esta era precisamente la imagen contra la cual Jesús predicó en su ministerio.


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Pablo, el inventor del cristianismo

La mayoría de los estudiosos del Nuevo Testamento que conozco [el autor es integrante del grupo de estudio académico de los documentos sobre Jesús de los 3 primeros siglos, Jesus Seminar] están de acuerdo en que la versión del cristianismo que terminó siendo adoptada como normativa fue desarrollada, en su forma y mensaje por Pablo. Pablo nunca conoció a Jesús, y parece no haber conocido las enseñanzas —ya que nunca menciona ninguna— sobre la noción central de Jesús del Reinado de Dios. En cambio, Pablo enseñó, más a la manera en que Juan el bautista lo hizo, que el fin del mundo estaba por llegar y que Jesús el Cristo sería la salvación de los fieles de una manera sobrenatural.

Siento, con muchos otros, que Pablo reemplazó la mundana religión de responsabilidad de Jesús, con una religión simplista sobrenatural moldeada a partir de los cultos paganos en boga, especialmente los cultos griegos del misterio —y más particularmente del culto del mitraísmo. Y siento que la crucifixión real de Jesús no vino de los romanos, sino de Pedro, Pablo y de quienes establecieron lo que llegó a ser el cristianismo normativo.

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Muchos otros se han percatado de esto, y muchos otros se han sentido furiosos y traicionados sobre esto. Uno de ellos fue el novelista griego Nikos Kazantsakis (1883-1957). Puede que conozcan, ya sea su libro, o la película basada en el libro de La última tentación de Cristo. En este libro, el autor crea una iracunda y maravillosa escena imaginaria entre Jesús y Pablo. Cuando Jesús se encuentra al inventor del cristianismo, Jesús le dice, ¡Tú! Así que tú eres el que ha inventado todas esas cosas sobre mí. ¡No son ciertas! La respuesta de Pablo es básicamente: ¡Oh! ¿Así que tú eres Jesús? Gusto en conocerte, ¿A quién le importa? Le di a la gente la religión que ellos necesitaban, y no te necesitan.

Conozco a estudiosos paulinos que piensan que el retrato de Kazantzakis sobre Pablo es tan preciso como es posible. Incluso los defensores de Pablo (y tiene muchos) usualmente reconocen su megalomanía.

Hay incluso reacciones más extremas contra la traición de la religión de Jesús por la religión sobre Jesús. Tal vez la más famosa, y mi favorita, proviene de un libro de Fiódor M. Dostoievski (1821-1881), Los hermanos Karamazov, en el capítulo titulado “El gran inquisidor” aparece Jesús en el tiempo de la inquisición, y representa esta sorprendente —y de nuevo, iracunda— escena entre Jesús y el Gran Inquisidor, en la que Jesús no dice nada. Pienso que Dostoievski entendió perfectamente la religión de Jesús aquí, y pienso que su ira hacia la religión inventada sobre Jesús atina bastante cerca del blanco también:
Sello de la Inquisición Española

Tú les prometiste el pan del cielo. ¿Crees que puede ofrecerse ese pan, en vez del de la tierra, siendo la raza humana lo vil, lo incorregiblemente vil que es? Con tu pan del cielo podrás atraer y seducir a miles de almas, a docenas de miles, pero ¿y los millones y las decenas de millones no bastante fuertes para preferir el pan del cielo al pan de la tierra? ¿Acaso eres tan sólo el Dios de los grandes? Los demás, esos granos de arena del mar; los demás, que son débiles, pero que te aman, ¿no son a tus ojos sino viles instrumentos en manos de los grandes?… Nosotros amamos a esos pobres seres, que acabarán, a pesar de su condición viciosa y rebelde, por dejarse dominar. Nos admirarán, seremos sus dioses, una vez sobre nuestros hombros la carga de su libertad, una vez que hayamos aceptado el cetro que — ¡tanto será el miedo que la libertad acabará por inspirarles! — nos ofrecerán. Y reinaremos en tu nombre, sin dejarte acercar a nosotros. Esta impostura, esta necesaria mentira, constituirá nuestra cruz.

Hay sobre la tierra tres únicas fuerzas capaces de someter para siempre la conciencia de esos seres débiles e indómitos —haciéndoles felices — : el milagro, el misterio y la autoridad. Y tú no quisiste valerte de ninguna. El Espíritu terrible te llevó a la almena del templo y te dijo: “¿Quieres saber si eres el Hijo de Dios? Déjate caer abajo, porque escrito está que los ángeles tomarte han en las manos.” Tú rechazaste la proposición, no te dejaste caer. Demostraste con ello el sublime orgullo de un dios; ¡pero los hombres, esos seres débiles, impotentes, no son dioses! Sabías que, sólo con intentar precipitarte, hubieras perdido la fe en tu Padre, y el gran Tentador hubiera visto, regocijadísimo, estrellarse tu cuerpo en la tierra que habías venido a salvar. Mas, dime, ¿hay muchos seres semejantes a ti? ¿Pudiste pensar un solo instante que los hombres serían capaces de comprender tu resistencia a aquella tentación? La naturaleza humana no es bastante fuerte para prescindir del milagro y contentarse con la libre elección del corazón, en esos instantes terribles en que las preguntas vitales exigen una respuesta. Sabías que tu heroico silencio sería perpetuado en los libros y resonaría en lo más remoto de los tiempos, en los más apartados rincones del mundo. Y esperabas que el hombre te imitaría y prescindiría de los milagros, como un dios, siendo así que, en su necesidad de milagros, los inventa y se inclina ante los prodigios de los magos y los encantamientos de los hechiceros, aunque sea hereje o ateo. […]

Y te repito que mañana, a una señal mía, verás a un rebaño sumiso echar leña a la hoguera donde te haré morir, por haber venido a perturbarnos. ¿Quién más digno que Tú de la hoguera? Mañana te quemaré. “.

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El Gran Inquisidor de Dostoievski y el Pablo de Kazantsakis son importantes para leerlos y enseñarlos, porque se cuentan entre las voces educadas que no han sido parte de la conspiración del silencio. Presentan el contraste entre las enseñanzas difíciles del hombre Jesús —la religión de Jesús—, por un lado, y las inconmensurablemente más fáciles enseñanzas del cristianismo —la religión sobre Jesús, por el otro. Y su ira no proviene de una falta de sensibilidad religiosa, sino más bien de la abundancia de ésta. Están furiosos porque creen, como yo, que una religión menor (el cristianismo) desplazó a una religión grandiosa (la religión de Jesús). Esto nunca será repetido con excesiva frecuencia ni lo suficientemente al grano: En oposición directa a las enseñanzas de Jesús, el mito del ‘Cristo’ condujo a la gente a un retroceso hacia la creencia pagana y primitiva en la salvación a través de la expiación vicaria por un dios salvador sobrenatural que rescataría a la gente y la exoneraría, y que tan solo exigiría a cambio su obediencia irreflexiva. Las enseñanzas de Jesús —hasta el punto en que fueron alguna vez entendidas— resultaron demasiado difíciles. Debía haber una ruta más simple y menos dolorosa si es que el cristianismo habría de ser la fe universal que visualizaban algunos partidarios fanáticos como Pablo —aunque, en el proceso, traicionaron todo aquello que Jesús consideró sagrado.

En el tiempo de Jesús resultaba poco comedido exigir tanto de la gente —de gente que parece preferir el milagro, el misterio y la autoridad antes que hacerse cargo de su vida y sus circunstancias, y asumir su responsabilidad. Él fue rudo. Sus propios discípulos no lo entendieron, y Pedro, como es ampliamente conocido, no quería escuchar esto. Si la gente quiere milagro, misterio y autoridad, Jesús ciertamente no les ofreció mucho.

Él dijo que Dios hizo su parte y que ahora era su turno de actuar.

El cristianismo —la religión sobre Jesús— es en última instancia demasiado fácil. No es digna y merecedora de alguien llamado un hijo de Dios. No es digna de aquellos que podrían considerarse gente de Dios. No es un camino espiritual que cualquier Dios que valga la pena hubiera señalado con urgencia. Fue la creación de Pablo y otros hombres, pero no de un profeta o sabio de primer orden.

Pero sí que hubo un profeta y sabio de primerísimo rango implicado en esta historia. Era un judío marginal y simple de Galilea que hemos aprendido a llamar Jesús. Él enseñó un camino estrecho, no uno amplio, y predicó un Reinado de Dios que nosotros, y solo nosotros, podríamos hacer presente en la tierra tan pronto, o tan tarde, como encontremos el valor de actuar como hijos de Dios, de ver a todos los demás como hijos de Dios, y de actuar en consecuencia. Puede suceder en cualquier momento, aquí y ahora. Puede suceder en Israel, si las dos partes cambian el centro de su fe. Puede suceder en Irlanda del Norte, si ambas partes dejan de definirse a sí mismas como protestantes y católicos, y en cambio se definen sólo como hermanos y hermanas. Puede suceder en Austin, puede suceder en tu vecindario, y en tu vida.

Pero solamente si crees. No, no tienes que creer en nada sobrenatural, no tienes que creer en nada a lo que no encuentres un sentido. Tú tienes que creer que la única identidad de la que la gente adulta religiosa debería estar orgullosa es la identidad de verse a sí mismos y a los otros como hermanos y hermanas, e hijos de un Dios de amor. Sólo eso.

Hoy, hemos traducido la promesa y el mandamiento en flores, flores para que se lleven a casa y reflexionen sobre ellas*. Cositas pequeñas y frágiles de gran belleza y vulnerabilidad, tan frágiles como la paz, tan frágiles como el amor. Llévenselas a casa. Las flores están en sus manos. Así también está la esperanza de tu vida, y el futuro del mundo. Aquellas palabras difícilmente parecen adecuadas, sin embargo. Algo más poético y poderoso se requiere. Jesús lo llamó el Reinado de Dios. Esto es mucho mejor, y más cercano.

La esperanza del Reinado de Dios está en nuestras manos, como siempre ha estado. El sueño ha yacido sin roturar por mucho tiempo. Muchos dirían que ha muerto. Es la Pascua, y el sueño está en nuestras manos. Pensemos en resucitarlo.

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*Esta iglesia celebra una Comunión Floral el domingo de Pascua. Se pide a la gente que traigan una flor, que se deposita en canastas. Al final del servicio, se llevan al frente de la iglesia las canastas con flores y la gente toma una para llevarla consigo a su casa.